• Alejandro Deustua

Argentina y el Retorno del Viejo Orden

Las recientes elecciones primarias argentinas han producido un resultado tan sorprendente como regresivo. La sorpresa, encaramada en el 47% con que el peronismo ha triunfado de manera no prevista por la generalidad de las encuestas, puede propinarle a la Argentina y a la región en octubre próximo un golpe antiliberal y una renovada patente rioplatense para el retorno de la arbitrariedad y la corrupción en la gestión pública.


Con ese margen, que multiplica con gran frustración económica el poder del núcleo duro del peronismo tradicional (un tercio de los votos), esa agrupación podría ganar la próxima primera vuelta y América Latina confrontar una nueva distribución de poder.


El trayecto hacia el retorno del viejo orden regional empezó con la elección mexicana de López Obrador, quien considera que su gesta populista debe conducir a su país a una “cuarta transformación” y al abandono de la defensa colectiva de la democracia en el caso de Venezuela al margen de la propia despreocupación económica. Siguió con el fracaso en el derrumbe de la dictadura de Maduro. Y prosigue ahora su camino en Argentina. y en el Perú gracias a la gran inestabilidad económica y política que el gobierno peruano ha decidido crearse. El círculo podrá cerrará en las próximas elecciones bolivianas en las que, probable e ilegalmente, Evo Morales se volverá a reelegir.


Consolidado el predominio liberal en el Pacífico Sur, se esperaba que éste arraigara su progreso también en el Atlántico. Esa evolución pareció abrirse paso en el Brasil con el fin del ciclo socialista del Partido de los Trabajadores. Su trayectoria, sin embargo, no pareció tan sólida debido a la proclividad militarista del nuevo gobierno y a su dimensión de ultraderecha que tan mal nombre otorgan al liberalismo.


Por lo tanto, el éxito de la “nueva era” que prometía el gobierno de Macri antes del triunfo de Bolsonaro, era indispensable para el afianzamiento económico ordenado y la gobernabilidad transparente, efectiva y moderna en la región.


Pero el gran costo que ha producido el programa económico argentino mediante el gradualismo primero y el ajuste después amparado por un rescate del FMI de US$ 57 mil millones, está cobrando su precio en una sociedad sensibilizada aún por la gran crisis de finales del siglo pasado e inicios de éste. Aquélla acabó con las militancias incontrovertibles, salvo en el caso del núcleo duro del peronismo populista –Cristina Fernández y su tercio de votos- y su predisposición al dispendio, a la corrupción desenfadada y al gobierno sectario, ineficiente y oscurantista que estaría de regreso si el candidato a la presidencia Alberto Fernández administra bien su ventaja y Macri no logra reinstalar en la sociedad argentina la urgencia de la disciplina y de la apertura.


Aunque en un escenario eventual existe la posibilidad de que la magnitud de la crisis (una gran sequía de divisas por fuerte baja de la demanda externa, 50% de inflación, 32% de pobreza, 88% del PBI en deuda externa propensa al default a lo que se añade degradación crediticia –Moody’s pasó la deuda argentina de BBB a C-, una devaluación de 16 a 60 pesos por dólar en 4 años con un 30% adicional en las primarias y una caída aún mayor en la bolsa -y todo reflejándose en una contracción de -2.5% el año pasado y -1.3% a la baja en éste) lleve al potencial triunfador Sr. Fernández a buscar consensos para estabilizar la economía. Un paso en ese sentido parece haberse producido en una primera aproximación con el Sr. Macri. Pero la inercia contraria que genera la Sra. Fernández plantea serias dudas al respecto.


Por lo demás, el mentado pragmatismo del Sr. Fernández debe aún probar que se ha desligado de la extraordinaria afinidad que mantuvo como primera figura administrativa en los gobiernos de los esposos Kirchner. Aunque todo es posible al amparo de las necesidades de la propia redención, parece difícil que esa filiación, cuya expresión económica es la extrema heterodoxia mientras su manifestación gerencial lleva la marca de un laissez faire en malos manejos, pueda revertirse plenamente.


Especialmente si el Presidente Macri ha adoptado ya políticas de transferencias extraordinarias (control de precios, reducción de impuestos a las pymes, eliminación del IVA a la canasta básica entre otras medidas) que el peronismo aumentará y en cuyo manejo es imbatible.


Ello indica que cualquier negociación con el FMI por el peronismo no pasará por el ajuste salvo que un milagro se produzca. Y mucho menos en circunstancias de fuerte desaceleración global cuya tendencia pone en los titulares de los medios especializados el riesgo de una recesión global en el corto o mediano plazos.


Por lo demás, las admoniciones del gobierno brasileño, que no se orientan a la persuasión racional del eventual nuevo gobierno argentino sino a promover al actual bajo consignas apocalípticas contra el probable triunfador, parecen francamente contraproducentes.


Antes que el apoyo de Bolsonaro, el Sr. Macri requiere de una medidas excepcionales negociadas con el FMI de extraordinario calibre dirigista y de resultados inmediatos en el control de la inflación y del valor de la moneda, para tener una oportunidad en octubre próximo. Además ayudaría una buena exhibición de obra pública y un discurso milagroso -suyo y de su compañero de campaña, el peronista Miguel Ángel Picetto- que recupere los votos que han fugado hacia el peronismo empujados por bolsillos rotos.


En cualquier caso, los países de la Alianza del Pacífico –menos México- deben estar prontos a defender sus posiciones. Lamentablemente, nuestras autoridades no parecen entenderlo.


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