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  • Alejandro Deustua

USA: Mucho Debate, Poca Diferencia

A pesar de la bruma estratégica que envolvió el debate electoral norteamericano se puede concluir que la disposición de los candidatos a lograr el objetivo bélico en Irak y a proseguir la lucha antiterrorista no está en cuestión. Independientemente de quién gane la elección Estados Unidos no se retirará de Irak sin lograr una verosímil reinstitucionalización democrática hacia fines del 2005 ni dejará de perseguir al radicalismo islámico. Pero también queda claro que la eficacia de ese logro dependerá ya no de cuánta cohesión nacional se disponga (la opinión pública está gravemente fracturada) sino de cuán manejable sea la división interna y cuánta convocatoria externa pueda lograr el próximo presidente a partir de fines de enero del próximo año.


Sin embargo, si es cierto que la esencia de la democracia –la contienda electoral entre propuestas o intereses divergentes- se ha mostrado en Estados Unidos en todo su mediático esplendor, la exacerbación de la falta de consenso doméstico estimulado por la polémica sólo puede despertar intranquilidad externa. En efecto, los aliados o antagonistas de la primer potencia pueden estar de acuerdo o no sobre la racionalidad de la acción bélica en Irak, pero para ambos grupos la incertidumbre que despierta el disenso interno despierta dudas sobre la orientación del liderazgo y la asignación de los recursos norteamericanos (¿menos o más recursos para la guerra?; ¿ mayor o menor diposición para restablecer el equilibrio económico norteamericano?; ¿mayor o menor compromiso con el desarrollo en los países menores?) y dudas sistémicas (¿la superpotencia unipolar tiene la capcidad hegemónica para establecer un orden básico en un escenario regional?) Más allá de la respuesta, la duda despertará nuevas tendencias centrífugas concentradas en la percepción de que el tránsito hacia un nuevo orden antes que la consolidación del existente, está apurando el ritmo. En este caso, el viejo debate sobre la eficacia del poder militar norteamericano como diferente de su potencial se pondrá, como en Viet Nam, nuevamente sobre el escenario.


Por ello es que las divagaciones sobre si el señor Bush enfatiza la exhibición de convicciones y principios, mientras que señor Kerry resultados y procesos (The Economist, The New York Times) como condiciones del liderazgo norteamericano puede parecer marginal. Más aún cuando ninguno de los candidatos ha puesto en debate la fuente de tanto desentendimiento sobre la guerra: la calidad de la inteligencia de que ambos dispusieron y por qué aquélla erró tanto sobre la posesión de armas de destrucción masiva por el régimen de Hussein (el fudamento del casus beli). Ninguno de los candidatos prefirió pronunciarse sobr esta falla estructural del sistema de seguridad colectiva global (la ONU, sus resoluciones y las hipótesis de sus miembros basadas en el supuesto generalizado de la existencia d esas armas) y el de la única superpotencia (cuyos responsables han renunciado bañados en agua de malvas).


Sobre el punto, la aproximación más cercana a este problema crucial fue la aseveración del señor Bush de que tanto él como su contrincante dispusieron de la “misma inteligencia” (y en base a ello el señor Kerry votó a favor del uso de la fuerza) y la afirmación del señor Kerry de que tal decisión debía medirse por el rasero de quién se equivocó menos (el que acompañó con el voto al Presidente o el Presidente que tomó la decisión final de ir a la guerra). De allí que los reclamos que muchos hemos realizado sobre la necesidad norteamericana de recuperar con urgencia la credibilidad y legitimidad de su acción política no se satisfagan sólo atendiendo a las virtudes del “mejor candidato” (cuestión siempre subjetiva), sino corrigiendo el sistema de inteligencia global (en la ONU) y nacional (en Estados Unidos) y fortaleciendo verosímilmente las instituciones que la producen con el aval de los Jefes de Estado. Y sobre este asunto, que concierne a todos, los candidatos no han dicho nada. Al no hacerlo, el problema de seguridad que ellos han preferido enfatizar sólo se reduce a quién puede usar mejor el poder cuando la eficacia de una de sus expresiones, la fuerza, está en duda.


Sobre este tema, sin embargo, el debate ha sido esclarecedor. Para ambos candidatos, en mayor o menor grado, el sistema multilateral sigue siendo importante (aunque para el señor Bush la ONU no cumple con sus propias Resoluciones), la guerra es un instrumento de última instancia (orden, que según el señor Kerry ha sido invertido), la guerra preventiva es una práctica y un derecho (ambos coinciden en esto), la necesidad de aliados es fundamental (para el señor Kerry ello implica una efectiva distribución de costos, para el señor Bush una honrosa demostración de apoyo), la diplomacia sigue siendo un instrumento fundamental de política seguridad (para el señor Bush fracasó en Irak, pero no en Corea del Norte; para el señor Kerry se equivocó en ambos escenarios) y la discusión sobre el uso de la fuerza depende de las necesidades y circunstancias (el señor Bush prefirió una fuerza suficiente en lugar de una fuerza abrumadora mientras el señor Kerry prefiere un adecuado planeamiento que el señor Bush afirma que sí existió).


En este ámbito, ninguno de los dos candidatos enfatizó otro punto central: si la discusión sobre la legalidad del uso de la fuerza para iniciar la guerra en Irak puede estar en cuestión (asunto debatible), la legalidad de la situación presente es irrebatible en tanto está regida por Resolución 1546 del Consejo de Seguridad que establece un cronograma para la reinstitucionalización de ese país, llama a los Estados miembros a cooperar en el empeño, encarga a las fuerzas interventoras –a través de la solicitud del gobierno iraquí- la adopción de todas las medidas necesarias para establecer el orden y la seguridad en el área y promueve un rol fundamental par la ONU en el proceso.


Por lo demás, es muy significativo que el debate sobre política exterior se limitara al tema de seguridad y más específicamente al caso Irak, del terrorismo y la no proliferación. Aunque a la luz de las circunstancias ésto es explicable, establece claramente cuáles serán las prioridades de la próxima administración. La guerra contra las organizaciones terroristas de alcance global continuará, como debe ser. Para ello efectivamente se requerirá de la cooperación de todos los Estados, especialmente de los más afectados (como el Perú, que debe concurrir más activa y visiblemente). Pero la postergación de los problemas de desarrollo, que retroalimentan los problemas de seguridad, sería un error mayúsculo de la primera potencia. El presidente del Banco Mundial, el señor Wolfenson, acaba de hacerlo saber. Pero los candidatos parecen entender que este tema no acarrea votos. Al sugerirlo se están olvidando peligrosamente del resto del mundo.

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