• Alejandro Deustua

Un Nuevo Consenso para el Liderazgo del FMI y del Banco Mundial

Desde la forzada renuncia de Paul Wolfowitz a la presidencia del Banco Mundial y la de Rodrigo Rato al cargo de Director Gerente del FMI el debate sobre la legitimidad y eficacia del liderazgo de esas dos instituciones internacionales se ha incrementado.


Quizás motivado por la causa extrainstitucional de las renuncias (la del señor Wolfowitz por un caso que no quiso ser calificado de corrupción, la del señor Rato por razones familiares) y el sesgo escandaloso de la primera, el debate sobre la calidad personal del líder institucional ha ganado, además, notoriedad. Sin embargo, la discusión sobre el consenso que establece que el cargo más alto del FMI debe corresponder a un europeo mientras que el del Banco Mundial a un estadounidense tiene ya unas décadas que quizás puedan rastrearse hasta la quiebra del sistema de Breton Woods y la emergencia beligerante de los países en desarrollo en las décadas del 60 y 70 del siglo pasado.


Ello se explica porque ambos organismos siguen constituyendo los regímenes remanentes, aunque más importantes, de la postguerra encargados de mantener la estabilidad monetaria y promover el desarrollo globales. Y lo siguen siendo a pesar de que sus miembros se hayan más que cuadruplicado, sus escenarios originales sean hoy distintos (el BIRD ya no se ocupa de la reconstrucción y desarrollo de Europa, mientras el Banco proporciona créditos para la inserción de los países en desarrollo a los mercados y para reducir la pobreza en los mismos) y porque sus roles han cambiado (el FMI está más concentrado hoy en prevenir crisis financieras que en cautelar una desaparecida estabilidad de las balanzas de pagos con base en un tipo de cambio fijo ligado al patrón oro y al predominio del dólar).


A estos cambios que obligan a una revisión del viejo consenso, se suma la creciente presión por una distribución del poder institucional acorde con las realidades contemporáneas (que se confunden, en no pocos casos, con la pretensión inabordable de una "democratización de las relaciones internacionales"). Este escenario está marcado no sólo por una membresía que bordea los 185 en cada institución (vs. los 44 originales) sino también por la emergencia de nuevas potencias económicas que desbordan la clasificación de la ONU de países de mayor, mediano y menor desarrollo.


Por lo demás, en economías suficientes integradas a un mercado global la nacionalidad de los líderes institucionales parece un factor de poder de mucho menor relevancia en relación al tiempo cuando ese escenario era esencialmente internacional antes que moderadamente transnacional.


Y si la realidad de un poder económico internacional hoy mucho más disperso (que algunos encuentran "económicamente multipolar") mantiene, sin embargo, la relevancia del poder nacional, es evidente que los aportes que, en función de ese atributo, realizan los Estados al Fondo y al Banco distan de ser predominantes.


En consecuencia, la revisión del consenso sobre el liderazgo de esas dos instituciones ha dejado de ser una mera reivindicación para devenir en un requerimiento de participación eficaz orientado a producir, de manera más legítima, bienes públicos cuya cobertura hoy dista de ser ideal. Ese requerimiento, por lo demás, ya ha cuajado en un consenso alternativo que, sin embargo, como en el caso de la reforma de la ONU, sigue trabado por el peso de las potencias rectoras y por la resistencia burocrática al cambio.


En el caso del FMI y del Banco Mundial, estos últimos factores podrían ser mejor procesado que en la ONU porque la dimensión tecnocrática de su burocracia agrega un elemento funcional del que la ONU carece (en ella el juego de poder es real y cotidiano).


Sin embargo, en tanto esa característica no ha superado aún completamente la importancia del origen del líder, quizás el enfoque regional como alternativo al nacional podría ser una solución intermedia a este problema. En efecto, el liderazgo del Banco y del Fondo podría ganar en legitimidad si sus líderes pudieran ser originarios, de manera sucesiva, de diferentes regiones.


La solución mejor, sin embargo siempre será la que postule al mejor candidato. Para que ello ocurra deberá recordarse que el Fondo y el Banco son regímenes internacionales cuya naturaleza ha evolucionado de ser consensualmente impositiva a ser consensualmente compartida. Aunque el juego de poder persista en ellos, éste está atenuado por la coincidencia en sus principios y normas (que mutan lentamente) y por los mayores requerimientos de bienes públicos (estabilidad y desarrollo) que esos regímenes deben proveer.


El debate sobre la necesidad de alterar el consenso sobre el liderazgo del Banco y del Fondo debiera poder incluir estos elementos de juicio aunque su aceptación dependa del poder de sus miembros.



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