• Alejandro Deustua

Nicaragua: El Sandinismo de Regreso

Daniel Ortega, una de los políticos más identificados con la última etapa de la Guerra Fría en América Latina, acaba de ser elegido para gobernar Nicaragua cuando su país y vecinos aspiran a la modernidad.


Si el señor Ortega está al tanto de los nuevos requerimientos democráticos y de desarrollo de su Estado y su entorno no lo sabemos. Pero si sigue anclado en el pasado, Nicaragua y Centroamérica corren el riesgo de perder otro cuarto de siglo. Especialmente si el líder sandinista sigue la huella anticapitalista, antinorteamericana y antipartidista que sostiene el ideario de su agrupación (el viejo Frene Sandinista de Liberación).


Al revés de lo que sostiene Jorge Castañeda sobre la desafiliación de ciertas izquierdas de la geopolítica, la elección de Ortega sí plantea el riesgo de una alteración estratégica en Centroamérica. Ello puede ocurrir si el presidente electo opta por acercar a su país a la influencia antisistémica venezolana. Si la dimensión antiyanqui del pasado combatiente de Ortega se deja ganar por ese centro de influencia, la relación de poder entre Venezuela, Cuba y Nicaragua tenderá a alterar la inserción occidental de Centroamérica en momentos en que Estados Unidos está militarmente sobreextendido y políticamente debilitado. Si Ortega da ese paso estará cometiendo un grave error al sacrificar el provenir de su país para beneficiar la influencia caribeña de Venezuela. Ésta repercutirá, a su vez, sobre la relación de Venezuela con Bolivia en el corazón suramericano. Por lo demás, si el presidente electo de Nicaragua escoge ese rumbo comprometerá también el sistema de integración centroamericano que, sobre la base de políticas liberales, está generando crecimiento en el istmo (que es menos intenso que el suramericano). Y, en consecuencia, pondrá en riesgo la compleja red de interdependencia que esa subregión ha tejido con Occidente. En efecto, Nicaragua forma parta del CAFTA que entró en vigencia este año consolidando el mercado norteamericano para las exportaciones centroamericanas. Ese mercado, que ya era dominante en la zona, es vital para la subregión. Más aún cuando frente a la escasa inversión, las exportaciones y la maquila son el motor del crecimiento en ella y en Nicaragua en particular. Por lo demás, si Ortega decidiera asociarse estratégicamente con Venezuela estará poniendo en cuestión el buen desarrollo del Plan Puebla-Panamá que da organicidad a Mesoamérica (la conjunción de Centroamérica con el sur de México) a través de una serie de proyectos de integración física, cooperación económica y lucha contra la pobreza. Y de paso, arruinaría la continuidad integracionista de los países latinoamericanos del Pacífico. La disonancia nicaragüense con esos procesos de integración probablemente arriesgaría también los términos de la negociación del acuerdo de asociación política de Centroamérica con la Unión Europea y perjudicaría la negociación de un acuerdo de libre comercio con Canadá.


Bajo estas condiciones de “desenganche”, la posibilidad de que Nicaragua diseñe para sí misma un escenario de conflicto no sería desdeñable. Con una atingencia: este escenario no consistiría sólo en un renovado enfrentamiento con Estados Unidos, sino que atizaría la tensión de los diferendos que sostiene con Honduras, Costa Rica y Colombia en momentos en que Centroamérica ha elegido encaminarse por la ruta del desarme prudente y de una seguridad colectiva incremental. La inestabilidad que esa situación generaría en la región sería, entonces, mayor y postergaría irremediablemente aspiraciones nicaragüenses como la de constituirse en una alternativa a Panamá para la construcción de un canal transoceánico, entre otras. Si ello ocurre, Nicaragua probablemente sería privada de los beneficios que se derivan del status de País en Desarrollo Altamente Endeudado que implica condonación de la deuda externa siempre que el beneficiado ponga en marcha reformas estructurales que le permitan crecer sanamente. En tanto Nicaragua es, después de Haití, el país más pobre de hemisferio americano, ese pasivo adicional no sólo tendría un alto costo social sino que facilitaría una mayor dependencia del financiamiento venezolano que, probablemente, ya ha sido dispuesto.


En cambio, si Daniel Ortega, circunstancialmente aliado con el derechista y corrupto Arnoldo Alemán, decide no caer en estos riesgos y busca la cooperación de los partidos liberales, de sus vecinos, de Estados Unidos, del Brasil o de países como el Perú, los beneficios de la integración y de la modernidad llegarían con mayor prontitud a un Estado ya extremamente violentado. La red de seguridad y de integración de la que hoy disfruta no puede ser destruida en aras de un pasado de sufrimiento y fracaso.



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