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  • Alejandro Deustua

Los Problemas de Octubre

12 de octubre de 2005



El mes de octubre concentra celebraciones que reflejan buena parte de nuestra identidad nacional. Si la peculiaridad de nuestra convicción católica se expresa masivamente en los festejos del Señor de los Milagros, nuestro pasado épico es concitado por la memoria de Grau y nuestro mestizo carácter occidental renueva su sello en el aniversario del descubrimiento americano.


Teniendo en cuenta la complejidad que para cualquier colectividad presenta la historia de su relación con Dios, la guerra y la cultura, entre los peruanos ésta se presenta, en este mes generalmente sombrío, de manera celebratoria antes que introspectiva. Por lo tanto la dimensión afirmativa de esta identidad prevalece a pesar de que, por lo menos en lo que toca a nuestra relación con la guerra (y el poder) y la cultura (y el espíritu), ésta se presente de manera ambigua jalonada por un par de dualidades por lo menos.


Si en el caso de la guerra, la figura de Grau exalta el heroísmo y, por tanto, la redención en el marco de la derrota, la figura del contrario (Chile) recuerda al viejo enemigo que, sin embargo, hoy es exageradamente reconocido como el modelo político y económico suramericano. En el tránsito del sigloXIX al siglo XXI esa polaridad, que implica contraposición de imágenes, no parece resuelta en nuestro imaginario colectivo.


De esta manera hoy parece más difícil procesar una relación bilateral que ha pasado de la confrontación por la sobrevivencia a la competencia por el dominio marítimo y, más tarde, al incremento de la cooperación . Ese tránsito, en el que Chile sigue siendo un competidor multidimensional pero también un cooperante, no se ha instalado aún en la conciencia nacional. A clarificar la realidad de esta interdependencia contribuye el epistolario de Grau (citado por Basadre) otorgándole a esa relación un fundamento de aproximación que proviene desde los albores de la Guerra del Pacífico.


En efecto, en carta remitida por el Caballero de los Mares a su cuñada, doña Manuela Cabero de Viel, casada con chileno, Grau decía: “Te aseguro, querida hermana, que cada día estoy más contrariado por no ver un término a una guerra que siempre he considerado como fratricida o guerra civil” (Basadre, Historia de la República del Perú). Es posible que con Chile no halla fraternidad y es evidente que persiste la competencia, pero ciertamente tenemos hoy una relación de cooperación política, económica y de seguridad mejor que cualquiera en el pasado. Para evitar la desigualdad en la distribución de beneficios propia de un punto de partida fuertemente desigual, lo que podemos –y debemos hacer- es reducir las asimetrías que la reiteran en lugar de concentranos en ellas para vapulear al viejo enemigo. Ello implica exigir de los chilenos –a sus insituciones y organzaciones- similar disposición de ánimo para resolver asuntos pendientes, negociar nuevos entendimientos y resover crisis periódicamente emergentes. Al hacerlo no traicionamos nuestra memoria sino que avanzamos con ella en lugar de someternos a su pretérito y bélico estancamiento. Nuestro carácter occidental, de otro lado, tampoco es sometido a prueba introspectiva en los sucesivos octubres sino a la celebración del descubrimiento, de la “raza” o de la ”hispanidad”. Ello, a pesar de que el resumen de ese carácter –nuestra relación con Occidente- también sea difícil de resolver en tanto nuestra identidad pretende seguir escindida entre el “indigenismo” (que algunos quieren resucitar por razones políticas) y el “europeísmo” (renacido en las corrientes extremas de la denominada “globalización”). En efecto, envuelta en la emergencia de nuevas “identidades” étnicas estimuladas por reivindiciones ilegales –como la de la protección de la hoja de coca-, aparecen organizaciones que cuestionan su calidad mestiza y su heredad occidental (esa que marca la religión católica, la lengua española, los apellidos peninsulares y los valores humanitarios y republicanos). Y junto a ellas, revestidas de aparente identidad cosmopolita que aprovecha el mercado y el territorio nacionales desde la perspectiva transacional, aparecen castas que malentienden la interdependencia confundiéndola con “globalización”. Aunque la XV Cumbre Iberoamericana que ser realiza en estos días en Salamanca probablemente no resolverá el problema, los 22 Jefes de Estado que participan en ella ciertamente sí contribuirán a enfatizar que la organización cultural de la América Latina sigue ligada a España y Portugal y, por tanto a Occidente. Para que ese propósito civilizatorio se aligere del muy justificado desprestigio burocrático que las cumbres acarrean, su nueva institucionalidad debe mostrarse eficiente por lo menos en la proyección de la “comunidad iberoamericana” al mundo. Ese esfuerzo culturalmente colectivo no es excpecional y más bien tardío si se tiene en cuenta los avances de la Francofonía y de la Mancomunidad Británica. Esa proyección contribuirá a resolver el conflicto entre la dimensión pluriculrural latinoamericana y la identificación con la civilización occidental.

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