• Alejandro Deustua

La “Renuncia” de Castro y la Posible Apertura de Cuba

La renuncia de Fidel Castro a la presidencia de su país no es, ni de cerca, el equivalente caribeño de la caída del muro de Berlín. Ese bastión de la Guerra Fría que es Cuba lo seguirá siendo todavía aunque bajo términos que pudieran ser atribuidos al gran Churchill bajo otras circunstancias. En efecto, esta renuncia “no es el fin. Ni siquiera es el principio del fin. Pero puede ser el fin del principio”.


La evidencia al respecto es clara: Castro ha renunciado a la Jefatura del Estado, pero no al liderazgo (que políticamente ha sido confirmado con su “elección” parlamentaria y que podía reflejarse en una cierta membresía en el Consejo de Estado) y mucho menos a su autoridad.


Luego de casi medio siglo de dictadura sangrienta, de infiltración subversiva en América Latina que costó la suspensión de Cuba la OEA, la división regional, la perversión de la izquierda razonable y la intervención maligna en gobiernos contrarios y afines (el caso de Allende), Castro y su régimen conocen bien los detalles del juego de poder. Si esa experiencia lo llevó a probar lamentable fortuna en el juego extra -regional (África) y en el de las grandes potencias (al punto de llevar al mundo al filo de la guerra nuclear bajo dirección soviética), el régimen también ha aprendido el juego de la sobrevivencia superando el trance de la constante presión norteamericana y el cambio del sistema internacional. Y lo ha hecho con el pequeño triunfo que implica la factura de un pseudosímil regional que quisiera fungir de heredero: Hugo Chávez y su régimen.


En el interim el régimen cubano ha construido un poder totalitario que sucederá a Castro quizás intentando reformarse a sí mismo. En efecto, una combinación de fuerzas que conjugan la vieja con la nueva guardia del Partido Comunista cubano lo heredará temporalmente probablemente bajo la dirección de Raúl Castro. Teniendo en cuenta la edad de este eventual sucesor familiar (quien podría señalar el camino de la apertura), el proceso de delegación del poder a las nuevas generaciones seguirá el curso biológico. Entonces quizás a su fin se podrá impulsar una mayor reforma sobre un camino previamente abierto por la “nomenclatura”. Ese proceso no seguirá el camino soviético de intensa y simultánea reforma política y económica. El colapso de la URSS y la debacle estratégica que ésta significó para Cuba no es repetible por razones de cálculo y también psicológicas. De allí que la referencia china que promocionó la apertura del mercado mientras el poder del Partido se mantuvo incólume será probablemente la huella a seguir.


Siguiendo ese ejemplo, la futura y lenta aparición de clases medias y los reclamos de libertad que ésta normalmente plantea, contribuirán a abrir la anacrónica fortaleza cubana. A ello coadyuvará la creciente necesidad de inversión extranjera, de comercio exterior y de comunicación con el mundo que hoy, oscurantistamente, el comunismo cubano niega a sus ciudadanos.


El compás de este camino previsible dependerá fundamentalmente también de la influencia coercitiva o estimulante de Estados Unidos. Al respecto es claro que bajo la actual administración el denominado “bloqueo” no terminará. Y si culmina en el próximo gobierno, no será sin lograr a cambio mayor agilidad en la apertura política (específicamente, en el ámbito de las libertades fundamentales).


Este camino será tortuoso pero ciertamente será más ordenado que el cambio rápido y, quizás violento, que algunos patrocinan. En efecto, el resentimiento larvado en los cubanos exiliados y en muchos de los que hoy que no pueden cruzar libremente las fronteras de su propio país, encierra violencia potencial que, dejada a su suerte, puede convertir a Cuba en un polvorín caribeño cuya onda expansiva se sentiría en el resto de la región.


De allí que la negociación progresiva con el régimen ya no para comerciar o invertir sino para cambiar sus fundamentos será quizás la vía elegida por las principales potencias regionales y la de los demás miembros de la comunidad internacional.


Todo ello podrá arruinarse, sin embargo, si herederos mesiánicos como Chávez intentan prolongar el rol castrista para ejercer esa opción totalitaria desde el norte de Suramérica. En el caso de que el ejercicio de ese rol se cumpla o se lleve a cabo la mimetización del heredero bolivariano en su mentor totalitario, la región estará frente a un nuevo escenario que habrá que confrontar mediante la cooperación, esperamos, con los vecinos y socios razonables en el ámbito hemisférico.


En ese tránsito la vieja izquierda tratará de encumbrar la imagen de Castro y su proyección política. La nueva izquierda, sin embargo, deberá saber evaluar bien las pruebas materiales del abuso totalitario que emergerán progresivamente. Si el dictador escapa a la condena penal, su herencia política seguramente no podrá liberarse de su carácter criminal. El destino de Fidel Castro no es la gloria.


Ello debe ser bien entendido por las autoridades de la OEA que parecen haber olvidado los compromisos de defensa de la democracia representativa. En efecto, el hemisferio americano tiene interés en la apertura de Cuba. Que éste se lleve a cabo con alguna dimensión de éxito dependerá también de la acción concertada, plena o parcial, en el ámbito interamericano. Si en ese proceso aparecen interlocutores especiales o no, es otro asunto. Pero la OEA no puede abandonar su obligación de promotor la democracia en Cuba y lograr, luego la reincorporación de la isla post-castrista al sistema interamericano.



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