• Alejandro Deustua

La Politica Exterior Norteamericana: Segunda Instancia

A pesar de su disposición al uso de la fuerza, no es posible entender la política exterior norteamericana al margen de sus fundamentos idealistas y, por tanto, morales. En el siglo XX éstos fueron expresados, por señalar sólo una cotas, por Wilson y su compromiso frustrado con la seguridad colectiva, por Kennedy y su imposible predisposición a cargar cualquier peso y pagar cualquier precio en defensa de los valores norteamericanos o por Carter que inscribió la agenda de derechos humanos en la crudeza de la Guerra Fría. Y sin embargo, los liberales de hoy día -por definición idealistas-, hacen la crítica del discurso inaugural de la segunda administración del presidente Bush- enfatizando la ausencia de realismo y los peligros que ello conlleva. Uno podría esperarse esta reacción de exponentes del realismo ilustrado, como Kissinger, o del realismo periodístico como Will o Krauthammer, pero no de liberales del New York Times y menos de los latinoamericanos convencidos de las bondades ideológicas de la reforma en la región. La propuesta de política exterior de la segunda administración Bush es en efecto profundamente idealista y peca en ello no por su vocación kantiana -la expansión ilimitada de la "libertad", es decir, del núcleo liberal - sino por el eventual sobre dimensionamiento de sus objetivos en relación a sus capacidades. La imprudencia implícita en la propuesta podría no ser asunto nuestro sino fuera por el efecto de arrastre que ejerce la primera potencia especialmente en caso de fracaso. En consecuencia es necesario indagar sobre cuánto de cálculo hay en el idealismo del segundo Bush y si aquél lo es puridad. A la primera pregunta responde el discurso del presidente norteamericano con el privilegio retórico de la "influencia" sobre la fuerza como medio prioritario de proyección del interés nacional. La capacidad limitada de la misma -aunque "considerable"- ha sido específicamente aludida ilustrando la alerta presidencial sobre la naturaleza relativa de su poder y las complicaciones del recurso indiscriminado de la coacción. La segunda manifestación de cálculo ha sido presentada por la señora Rice en el Congreso norteamericano al referirse a potencias como China con la que, a pesar de la plataforma estadounidense de promoción activa de la democracia, reconoce ciertos intereses comunes y diferencia de valores. La tercera expresión de cálculo proviene del campo de batalla -las dificultades de las fuerza armadas norteamericanas para desplegar la cantidad de tropa requerida- y de las realidades del presupuesto de defensa que aún creciendo, está obligado a recortes de mediano plazo. En cuanto a la "pureza" de la propuesta idealista, debe llamar la atención que ésta derive no sólo de valores sino de la cruda sensación de vulnerabilidad norteamericana marcada a fuego por la barbarie del 11de setiembre de 2001. El idealismo basado en la necesidad de atenuar la vulnerabilidad deja de ser "extremo" si, además, Bush ha considerado necesario precisar que la seguridad norteamericana está ineludiblemente ligada a la seguridad de los demás concluyendo de ello, y no a la inversa, que la "libertad" de su país depende de la "libertad" de los otros. Es en este marco que el concreto interés nacional -visión muy realista de la política- aparece ligado a la defensa de los principios tradicionales como mecanismo de defensa frente a la "ideología del odio" que traduce el terrorismo y las dictaduras. Por lo demás, la señora Rice ha dejado claro en el Congreso de su país que, aunque el "tiempo de la diplomacia ha llegado" (en intento genéricamente conciliatorio), la base para la acción continúa estando en las pautas de la Estrategia de la Seguridad Nacional de setiembre del 2002. La "impureza" del idealismo destacado en el mensaje del señor Bush está a la vista. En consecuencia, su marco debiera contribuir a tranquilizar a los realistas. Más preocupante que esta disquisición sobre la perspectiva de la política exterior del señor Bush debe ser la percepción norteamericana de que el mundo ha entrado en una nueva era estratégica equivalente a la lucha contra el totalitarismo que precedió y sucedió a la Segunda Guerra Mundial. Sin duda que el terrorismo -o mejor, los grupos terroristas- constituyen una amenaza letal para la comunidad internacional y que éste se alimenta del resentimiento y la tiranía. Lo que no es diáfano para otras percepciones es que esa tiranía remanente (específicamente la de Corea del Norte, Irán, Cuba o la de los gobiernos de buena parte del Medio Oriente) constituya una ideología orgánica equivalente al fascismo o al comunismo del siglo XX y que, por tanto, sean, en su especificidad, una amenaza sistémica como lo fue para Occidente el Eje o la órbita soviética en su momento. Sin desmerecer el potencial de amenaza antioccidental que encierran los gobiernos totalitarios (especialmente cuando se saben minoritarios), difícilmente éstos articulan hoy un conjunto ideológicamente identificable o constituyen una alianza funcional como ocurrió en el siglo XX. Considerar a esos estados como un bloque es una percepción no sólo no compartida por muchos sino que puede derivar en un error estratégico mayor (tal como el que propone inconsistentemente un balance de poder favorable a la "libertad"). Éste puede erosionar la vinculación de los Estados Unidos con sus socios y debilitar la mejor planteada propuesta diplomática norteamericana de organizar, consolidar y fortalecer la comunidad democrática internacional como el gran lineamiento de política exterior de los próximos cuatro años expuesto por la señora Rice.

Si la propuesta de la futura Secretaria de Estados es, en esencia, la definición de Occidente traducida en su versión liberal (la diferencia entre un Estado y otro está menos en su poder que en el trato a sus ciudadanos), ésta debe cuidarse de generar más diferencias que convergencias por distorsiones perceptivas y de implementación. En lo que toca a América Latina, sin embargo, en tanto esa propuesta constituye también la definición de un ámbito al que pertenece y un llamado a la cooperación, ésta debe ser recogida. Los latinoamericanos, que tenemos serios problemas institucionales y de gobernabilidad, hemos suscrito hace tiempo ya la "cláusula democrática" (la práctica de la democracia como condición de pertenecía a nuestras propias organizaciones regionales y única forma de gobierno) como un interés primario. Mal haríamos en, consecuencia en debilitar o desconocer ese vínculo sólo porque es propuesto esta vez por Estados Unidos. Ciertamente, América Latina, salvo por la mención específica a México y la tangencial a Colombia, no ha merecido mayor preocupación del señor Bush o de la señora Rice. Esta postergación del status regional -que se reitera desde que se planteó la Iniciativa de las Américas en 1991- es compensada, sin embargo, por la disposición de la primera potencia a procurar el fortalecimiento democráctico a través de la lucha contra la pobreza y la corrupción y la promoción de la gobernabilidad. Esa amplia propuesta de cooperación debe ser aceptada e innovada de nuestra parte con la especificación de nuestros intereses concretos en esta materia. Por lo demás, a la luz del enfoque de seguridad norteamericano, la región tiene una gran oportunidad de establecer mejores y más reconocidos niveles de vinculación con Estados Unidos en tanto el escenario de la lucha contra el terrorismo le es más cercano que el más pasivo y distante de no proliferación de armas de destrucción masiva. Los escenarios sobre los que es necesario estar alertas son el cubano y el venezolano y los eventuales vacíos de poder que puedan producirse en la subregión andina. Y en el ámbito económico, teniendo en cuenta que el departamento de Estado adoptaría con la incorporación del señor Zoellick una actitud política más volcada al comercio, la negociación de los TLC brindará a los lo que los sucriban una mejor interacción. La proliferación de estos instrumentos tenderá a facilitar las negociaciones en la Ronda Doha y a compensar la a ausencia eventual del ALCA. Frente a la carencia de ese instrumento, el MERCOSUR -como ya lo ha dejado entrever el ministro de Industrias brasileño- tenderá también a establecer algún tipo de arreglo con Estados Unidos. Ello, sin embargo, limitará adicionalmente la discrecionalidad del manejo de las políticas económicas de nuestros países e inhibirá diagnósticos específicos a la problemática de la región (sobre los que es necesario trabajar). El problema de implementación de la política exterior norteamericana tiene dos pilares. El primero es el de la pérdida de credibilidad del gobierno del señor Bush derivada de las fallas de información con que se promovió la legitimación del uso de la fuerza en Irak y de la absoluta prescindencia de excusas o explicaciones que Estados Unidos debe a sus aliados y a quienes lo apoyaron en este riesgoso empeño. Un buen resultado en el proceso de estabilización democrática de Irak, que siempre será sangriento, y el avance sustantivo en la aproximación palestino-israelí puede, sin embargo, compensar la pérdida de liderazgo.

El segundo es la falta de sustento interno derivado tanto de la división de la opinión pública norteamericana en torno a su propio gobierno como de la seria erosión de los fundamentos de su economía derivada de los "deficits gemelos" (cuenta corriente y fiscal), la devaluación del dólar y la insuficiencia del ahorro interno. Para corregirlos no hay idealismo que valga.

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