• Alejandro Deustua

La Negociación Comercial con la UE: Una Turbulencia Que Debe Ser Superada

Luego de mucho bregar, la Comisión Europea comunicó, a través de cartas dirigidas a los presidentes de Perú y Colombia, su disposición a iniciar negociaciones bilaterales de sendos acuerdos de libre comercio en el marco de un convenio de asociación con la CAN.


El Perú había intensificado sus gestiones en torno a esta alternativa luego de que Bolivia insistiera en bloquear tal posibilidad en el ámbito andino. Esta opción fue la elegida luego de que la indefinición del esquema de “arquitectura variable” andino se interpretara en función de los tiempos de la negociación: ésta se conduciría al ritmo de los países que desean avanzar en un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea y no al paso de los que lo desean menos. Ello implicaba la opción bilateral sin quebrar la coordinación en otras áreas.


Sin embargo, en la reciente cumbre andina realizada en Guayaquil, a la que concurrió el Presidente del Perú, pero no el de Colombia, los mandatarios andinos decidieron, en apariencia (no ha habido hasta ahora un comunicado oficial), volver a plantear a los europeos un esquema de negociación conjunta con diferentes tiempos pero sin hacer mención alguna a negociaciones bilaterales país-bloque.


Es más, los presidentes andinos habrían optado por instar a la Unión Europea a que replantee el formato negociador en una cumbre iberoamericana a realizarse próximamente en América Central. Esta decisión ha generado gran confusión en un escenario de por sí complejo (p.e., el que implica el cambio del mandato negociador europeo y el de la desavenencia ideológica en la CAN) en un contexto de fuerte incertidumbre económica.


Por lo demás, el cambio de gabinete en el Perú (que implica un cierto cambio del centro de gravedad ideológico en el gobierno) o el hecho de que la reunión se haya celebrado en Guayaquil a invitación del Presidente Rafael Correa no son explicación suficiente para mostrar falta de consistencia en una decisión de interés nacional ya tomada en relación a Europa.


En efecto, si la presencia de una nuevo Primer Ministro muestra una mayor disposición a priorizar la solución de la problemática social del país, esa variación no obliga a cambiar la orientación de la inserción externa del Perú.


Por lo demás la incierta decisión de la cumbre andina no puede explicarse por la disposición presidencial a no alterar la buena relación con el Ecuador o el ánimo del Presidente Correa. Si ello ha ocurrido, el Perú estaría emitiendo una señal de inconsistencia en objetivos de política exterior ya definidos y en plena ejecución en función de requerimientos importantes pero fuertemente imbuidos de valor onomástico (por ejemplo, la celebración el próximo 26 de octubre del décimo aniversario del tratado de paz de Brasilia o la inminencia de una reunión de gabinetes de los dos países).


De otro lado, la relación con el Ecuador es suficiente sólida mientras que el Presidente Correa ya ha dado muestras de su decisión de no apelar al bloqueo de los intereses peruanos de proyección extraregional (p.e., en el caso de la flexibilización de las norma andinas para implementar el acuerdo de libre comercio con Estados Unidos).


Y en lo que toca a Bolivia, la diferencia de visiones del mundo y de políticas consecuentes entre ese gobierno y el peruano no puede ser más evidente. Tanto que a nadie se le ocurre que Bolivia desee ahora negociar un acuerdo de libre comercio “capitalista y neoliberal”.


Por lo demás, el gobierno ya adoptado una posición en relación a la CAN: si el escenario geopolítico andino compromete naturalmente nuestros intereses vitales, la calidad de integración que éste presenta no supera la de una zona de libre comercio. Si, en consecuencia, el Perú no se desligará de la entidad, tampoco quedará limitado por ella para progresar en su interacción global. Esta posición ha sido varias veces reiterada por el Ejecutivo.

Y nadie puede pensar seriamente que las proximidades de una recesión en Europa puedan ser un factor determinante para que el Perú dé un giro radical a su política de moderna interacción con el mayor grupo de integración regional del mundo (cuya crisis probablemente será superada en un año o dos) o del modus operandi al respecto sin avisar de ello a la contraparte con la antelación del caso.


Si Canadá está dando pasos para iniciar una negociación similar a la que plantea el Perú cuando su interacción con Estados Unidos (65% de su PBI depende del comercio con la primer potencia) lo expone a una más rápida transmisión de la fenomenología recesiva, ¿por qué el Perú, cuyo comercio está bien diversificado y busca diversificarse aún más, debería hacer lo contrario?

De otro lado, la posibilidad de que el gobierno se plantee un retiro del escenario global para encerrase excluyentemente en una región que ya tiene encomiable prioridad natural está siendo desmentida por el progreso de las negociaciones comerciales con China.

En consecuencia, la confusión que ha generado el Ejecutivo durante su participación en la cumbre andina de Guayaquil debe ser aclarada a la brevedad antes de que las tendencias a la autarquía de ciertos vecinos se encaramen en ella, nuestra disposición a la apertura quede en cuestión y los interlocutores decidan que el 2009 no será el año en el que el Perú pueda concluir un sustancial acuerdo económico con la Unión Europea.



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