• Alejandro Deustua

La Necesidad de Realismo en las Negociaciones Comerciales Multilaterales

El Director General de la OMC Pascal Lamy culminará su mandato el 31 de agosto de este año sin que la Ronda Doha, convocada en 2001 para liberalizar adicionalmente el comercio mundial (especialmente en los sectores de agricultura, servicios y propiedad intelectual), se haya reactivado o que lo haga con perspectiva de éxito. Tal fracaso es producto de las específicas divergencias de intereses entre los principales negociadores pero también de su contexto relevante.


El Sr. Lamy ha destacado al respecto, en reciente visita a la India (1), el rol fragmentador del cambio estructural del sistema internacional luego de que el optimismo vinculado al derrumbe del bloque comunista derivara en nuevas fricciones sistémicas. La crisis económica en Occidente ha acelerado esa tendencia centrífuga.


En este contexto de erosión de expectativas coincidentes, el Sr. Lamy reflexiona sobre la necesidad de unas negociaciones comerciales multilaterales más pragmáticas para mejorar la gobernanza del comercio internacional. Según él, éstas debieran tener en cuenta la influyente dinámica de un nuevo tipo competencia sistémica y los intereses de las economías emergentes. El propósito: lograr, luego de un necesario período de transición, una convergencia necesaria entre las potencias emergentes con las normas con que las economías desarrolladas aspiran a interactuar.


Este tipo de negociaciones debe articular dos prioridades. Primero, la del multilateralismo comercial que permite un orden más estable y efectivo sobre la realidad cada vez más compleja de la inmensa cantidad de acuerdos bilaterales de libre comercio que hoy se negocian (y el desorden normativo que crean). Y, segundo, la de la cooperación global sobre el conflicto que la fragmentación expresa (y que, sin embargo, ocurre en la red de interdependencia más vasta que ha conocido la historia).


El supuesto es aquí, por cierto, que esa gobernanza multilateral sea compatible con el proceso de rápida multipolarización.


Como es evidente, éste es un problema de carácter estructural antes que geopolítico. En efecto, el diagnóstico del Sr. Lamy se refiere a la fricción entre los estados que emergen y los que no desean perder status –o que decaen- antes que a la redistribución de poder entre diferentes escenarios geográficos. Por ello es que la solución a la problemática que se plantea en el documento “Putting geopolitics back at the trade table” no es la más adecuada para definir la realidad que él avizora como titular de la OMC.


En efecto, el Sr. Lamy no expresa preocupación por el traslado del centro de gravedad del poder mundial del Atlántico al Pacífico ni por la pérdida relativa de gravitación europea (o eventualmente, norteamericana) como centros de influencia. Y tampoco le preocupa la eventual formación de distintos bloques geográficos sean estos abiertos o no. Al respecto, al Sr. Lamy le interesa más la redistribución de poder entre potencias como Turquía, Indonesia, Nigeria, India, China y Brasil que emergen y potencias que han traspasado ya su ciclo zenital como Estados Unidos, Japón o la Unión Europea.


En ese marco estructural antes que geopolítico en el que se acentúa el predominio de las nuevas capacidades de los estados, el Sr. Lamy propone, de manera contradictoria, una solución de pseudobloques (o de bloques no geográficos en una versión contemporánea del viejo Norte-Sur) en que la los países desarrollados asumen sus obligaciones y responsabilidades histórica y los emergentes comprometen las suyas en procura de nuevos estándares comunes en el largo plazo.


A pesar de esta inconsistencia, el mérito del reconocimiento de las capacidades nacionales (es decir, del rol del Estado nación) en la gobernanza del comercio es doble: el de otorgar un renovado valor al interés nacional de los estados en función de la jerarquía de poder en un contexto de fragmentación pero de aún vigorosa interdependencia, y el de reconocer que existe una predisposición en las potencias mayores a entender ese desafío como uno de uno de cuasi suma 0 (al respecto, el Primer Ministro británico David Cameron ha sido explícito al reconocer que el problema mayor de la Unión Europea proviene de la competencia que plante el Este y el Sur y que el Reino Unido no está dispuesto a perder status).


Reconocida esta nueva situación estratégica (y, por tanto, revisada la percepción idealista sobre gobernanza global del comercio como si nada hubiera ocurrido), el Sr. Lamy considera, sin embargo, que ésta no puede abandonarse a su propia inercia y al conflicto resultante.


Al respecto replantea el valor del comercio internacional y de sus instituciones como generadores de paz y de riqueza (sus atributos clásicos) en términos de un más necesario y específico crecimiento nacional. El Director General de la OMC otorga a esta finalidad un valor estratégico mayor en tanto que el crecimiento no es sólo esencial para el desarrollo sino para atenuar conflictos en situaciones internas y externas proclives a él (el caso del Medio Oriente, entre otros es un ejemplo).


Aquí cabe una digresión: en un escenario de conflictividad creciente agravada por la crisis actual y la inequidad preexistente, esta preocupación por el crecimiento asociado al comercio internacional debió haber estado provista de estadística. Especialmente cuando el FMI muestra que el volumen del comercio mundial se ha debilitado considerablemente en 2012 (apenas se ha incrementado en 2.8% cayendo de 5.9% en 2011 para volver recién en 2015 al rango de 5% -5.5%- bien por debajo del 7.2% del 2007 justo antes de la crisis) y la OMC reconoce que la tendencia a promover o proteger el comercio con medidas de tipo de cambio o instrumentos no arancelarios ha ingresado en el terreno de un cierto proteccionismo que es necesario revertir.


Al margen de esta precisión, el Director General parece sugiere que si el crecimiento debe ser el foco del comercio, su eficiencia está condicionada no sólo por la institucionalidad requerida para su gobernanza sino por el cambio de modelos económicos si de lo que se trata es de terminar con la pobreza. Así, si en los países emergentes la exportación de materias primas puede ser un instrumento que genere divisas, el Sr. Lamy recuerda que la historia no registra casos de cancelación de la pobreza sin diversificación productiva (a cuyos procesos el comercio internacional agrega valor).


Por ello sugiere que la ONU se esfuerce a partir del 2015 (año en que, dicho sea de paso, que constituye la meta de los Objetivos del Mileno) a promover el crecimiento en los países en desarrollo. El comercio deber ser un instrumento fundamental en ese emprendimiento.


No porque el vínculo entre diversificación productiva, comercio y superación de la pobreza no sea nuevo esta reiteración deja de ser importante. Especialmente cuando altos funcionarios de países emergente consideran que criticar “el modelo primario exportador” es sólo una manía anacrónica y que una dosis de política industrial es herejía.


Esta disposición por el sentido común en la aplicación de principios de libre comercio es tan importante como el reconocimiento de que las negociaciones comerciales multilaterales deben conducirse tomando en cuenta el moderado realismo derivado de la emergencia de nuevos intereses nacionales (y que éstos interactúan en un escenario de interdependencia).


El resultado más apropiado de esa nueva predisposición política podía haberse expresado, por tanto, en recomendaciones sobre creación de comercio en las áreas donde operan regímenes preferenciales, en sugerencias para eliminar la discriminación a través de la multilaralización de acuerdos de libre comercio o estableciendo ciertos estándares de apertura para economías emergentes compatibles con sus necesidades de crecimiento.


En lugar de ello, el Sr. Lamy ha sido más modesto. En relación a las distorsiones producidas por las medidas anticrisis ha preferido recordar la importancia de acuerdos de facilitación de comercio que eliminen la densifican de obstáculos en las fronteras (que se han incrementado entre dos y cinco veces más a lo previamente acordado) y la necesidad de revertir el nuevo proteccionismo que representa alrededor del 3% del comercio total. Y en relación a las negociaciones comerciales multilaterales ha sugerido volver sobre el escenario de bloques que él parecía haber descartado al reconocer el rol de las potencias emergentes y no emergentes más importantes en esas negociaciones. En efecto, el Sr. Lamy ha planteado que esas negociaciones se realicen en base a tres principios: que los países emergentes acepten el alineamiento gradual de sus compromisos regimentales con los países avanzados según aquéllos vayan creciendo, que éstos acepten responsabilidad en la devolución (o creación) de equidad a las relaciones comerciales (de acuerdo a su responsabilidad histórica) y que los países más pobres sean asistidos para incorporarse mejor al sistema.


Esto está muy bien porque corresponde a una renovación del compromiso de la autoridad mayor de la OMC con el trato diferencial con propósitos de apertura. Y también porque ese tipo de trato tiende a olvidarse especialmente en la negociación de acuerdos de libre comercio. Pero, a la luz de la diversidad de intereses correspondientes a la emergencia de nuevas potencias, es posible que esos principios sean demasiado genéricos o que éstos no correspondan a las necesidades de estas potencias.


Ello no obstante, la nueva baraja está sobre la mesa: no habrá adecuada gobernanza comercial global si no se tienen en cuenta los intereses nacionales de las potencias y economías emergentes que se organizan en nuevos alineamientos. La era del consenso idealista ha terminado…por ahora.



WTO: Putting geopolitics back at the trade table Director General Pascal Lamy January, 2013


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