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  • Alejandro Deustua

La Dra. Bachelet y la continuidad en Chile

18 de enero de 2006



En una demostración de que la continuidad es entendida colectivamente como la via del éxito y del progreso Michelle Bachelet ha ganado la contienda elecoral chilena reiterando un registro conservador: la persistencia del triunfo de la Concertación desde que Chile retornó, en 1989, a la democracia.


Sin duda que el hecho de que una mujer haya sido electa como jefe de Estado en ese vecino es una señal de cambio cultural (no analizaremos ahora esa dimensión modernizante del sistema político), pero la continuidad se refuerza en Chile por dos razones adicionales.


Primero, porque la opción de cambio está institucionalmente incorporada en la continuidad que ofrece la Concertación (la Democracia Cristiana, es decir, el centro o centro derecha, ha proporcionado, después de Pinochet, dos presidentes –Aylwin y Frei- y el Partidos Socialista, de centro-izquierda- otros dos –Lagos y, ahora, Bachelet-). Segundo, porque, en efecto, quienes hayan estado atentos a los debates electorales podrán dar fe de que entre los programas del señor Piñera y la señora Bachelet no pareció existir diferencia sustantiva sino de énfasis.


Ello muestra que la continuidad política chilena está hoy sustentada en uno consenso básico sobre el rumbo del Estado. Dentro de él hay disensos de enfoque pero no de principios. Fuera de él los disensos son minoritarios (como lo demostró la escasa votación del señor Hirsch). Aunque éstos puedan incrementarse en el futuro (p.e. si la Concertración se rompe o si la marginación de parte de la sociedad chilena se incrementa o si algún shock externo induce la disociación interna), lo previsble es que la sociedad y el Estado chileno han encontrado un rumbo del cual pocos desean apartarse. Uno de los rieles de esa ruta es la política económica. La reforma neoliberal de los 70 y 80 no ha sido fundamentalmente alterada por el liberalismo más socialmente orientado de los 90 y del primer quinquenio del siglo XXI. A pesar de la crisis de los 80, la apertura de la economía y el crecimiento a través de exportaciones no ha sido cuestionado mientras que la acumulación de capital en Chile –que no es un mercado grande- ha permitido constituir a sus agentes en fuertes inversionistas regionales. Ello no ha implicado la cancelación del rol del Estado. Menos cuando casi el 50% de las exportaciones chilenas (el cobre) dependen de la empresa pública Codelco ahora valorizada en alrededor de US$ 25 mil millones.


El segundo riel de la ruta chilena está asentado en su proyección externa. Los requermientos de la economía y su orientación política han generado en Chile un fuerte consenso en torno al modo de inserción internacional. Éste es diversificado de acuerdo a los requerimientos del mercado y es fortalecido mediante políticas de mejoramiento de acceso uno de cuyos instrumentos son los acuerdos de libre comercio. Sin embargo, aunque la diversificación de los mercados de destino pareciera pareja, la tendencia al comercio intrargional (los intercambios com América del Sur y del Norte sumados) va en en aumento siguiendo la tendencia hemisférica. La política exterior chilena contribuye a ello guiada por una convicción occidental distinguida por su particular relación con Estados Unidos, la Unión Europea y, en menor grado, con Oceanía y por una referencia: Chile parecer tener como aspiración a sociedades liberales como las de los países nórdicos, Irlanda o Nueva Zelandia. Es en ese contexto que la política exterior chilena privilegia oficialmente la cuenca del Pacífico y a Suramérica como su ámbito de inserción primario. Sin embargo, la compleja relación con Argentina, Bolivia y Perú parece osurecer la opinión pública chilena sobre la materia inhibiendo una mejor articulación vecinal que todos deseamos mejorar. Finalmente, el piso en que se arraigan los dos “rieles” de la moderna ruta chilena al progreso es la democracia representativa. A diferencia de lo que ocurre en el ámbito andino donde la crisis de esta forma de oganización del Estado es desbordadada por la disconformidad social, la emergencia de líderes carismáticos y la erosión de los partidos como vías de representación, la democracia chilena se asienta en su dimensión institucional (que hoy quisiera resolverse en un cuasi bipartidismo), en líderes que son producto de esa cualidad y de la práctica de gobierno central o local.


Ello facilita la gobernabilidad y el trato de la marginalidad, tarea en que el gobierno de la Dra. Bachellet se empeñará para que la continuidad siga siendo una fórmula de éxito aunque el próximo gobierno pueda no provenir no de la Democracia Crisitiana ni del Partido Socialista.

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