• Alejandro Deustua

La Crisis China

La súbita caída de la bolsa de Shanghai (-9% en un día) ha mostrado la vulnerabilidad del mercado de valores de la mayor economía emergente y el alcance global de esa debilidad financiera.


En efecto, lo que algunos denominan benignamente como una corrección del mercado bursátil chino ha impactado seriamente las plazas norteamericanas (una reducción de 200-300 puntos en el Dow Jones), las bolsas europeas (un reducción de entre -2% y -3%) y los mercados latinoamericanos (desde el Merval -4.87% y el Bovespa -3.95%, hasta los índices General y Selectivo de la Bolsa de Valores de Lima con -2.09% y -2.20%, respectivamente).


Pero la crisis bursátil china ha tenido un par de consecuencias mayores: el incremento del riesgo (TE) como factor determinante de las decisiones económicas (que, luego de un período de aversión, había disminuido, de manera cuasi aventurera en ciertas economías emergentes, especialmente las asiáticas) y la activación influyente de las vulnerabilidades económicas norteamericanas que, tras ser reiteradas por personalidades como Alan Greenspan, retroalimentaron el impacto de la caída.


El primer efecto puede ser saludable para la economía mundial en tanto una mayor conciencia del riesgo debiera reducir la disposición a la especulación en los mercados bursátiles y minimizar el peligro de que una nueva "burbuja" financiera asiática pueda "reventar" trayéndose abajo buena parte del fuerte crecimiento de esas economías.


Esta conclusión sería más consistente, sin embargo, si los especuladores no hubieran intervenido en la "corrección" de la forma en que, en apariencia, lo hicieron: la bolsa de Shangai subió fuertemente los días previos para caer fuertemente el martes 27 en acción atribuida por no pocos a los multibillonarios fondos de cobertura.


Para que ello ocurriera con estos efectos el margen especulativo debió haber sido muy grande. Sin embargo la sobrevaluación del mercado chino no ha sido aún dimensionada. La noción más próxima sobre esa medida es la que perciben los reguladores chinos que, al tanto del exceso de liquidez en esa plaza, dejaron saber que adoptarían algún tipo de mecanismo regulatorio. Ello disparó la actividad especulativa con los resultados conocidos.


Pero si éstos son percibidos sólo una "corrección" en la plaza de Shangai es de suponer que la toma de ganancias y las ventas masivas no han concluido allí, que los grandes márgenes de apuesta que aquélla ofrece siguen presentes, que, por lo tanto, la inversión retornará a ese mercado (es decir, no se dirigirá de manera permanente a otras plazas) y que la contienda entre altos niveles de especulación y requerimiento regulatorio se mantendrá todavía por un buen rato manteniendo la oportundidad de grandes beneficios para los inversionistas.


Ello ocurrirá en tanto haya certeza de que los fundamentos de la economía china se mantienen y de que ésta seguirá creciendo en una vecindad menor de la enorme tasa de 10%.


Sin embargo, a pesar de este pronóstico benigno, el shock de Shangai ha anunciado al mundo que uno de los motores de crecimiento de la economía global ha inaugurado, en ese mercado bursátil, una fuente de vulnerabilidad no prevista.


Este riesgo no sólo se agrega a las fuentes existentes de desbalance económico mundial sino que ha probado que su mecanismo de transmisión es directo y potencialmente más perverso que el de la crisis asiática de 1997 por la rapidez de su contagio.


En efecto, mientras que en esta última el proceso fue rápido pero progresivo abarcando, sucesivamente, a cinco países de la región y luego esparciéndose por el mundo, en el caso actual el efecto global ha sido inmediato. Si ello es indicador de la gran integración de los mercados de valores quizás muestre también, más claramente, la rapidez con que opera destructivamente el mecanismo psicológico (en este caso, la dimensión de la corrida vendedora) que parcialmente los dinamiza.


Para mercados volátiles como los latinoamericanos, éstas no son buenas noticias. Aunque ahora estos mercados están mejor protegidos por un alto nivel de reservas, superávits de cuenta corriente y tasas de cambio flexibles, el hecho de que el mecanismo de transmisión no sea el comercio ni el financiamiento (en 1997 parte del problema fue la afluencia de capitales de corto plazo) acorta la rapidez de llegada de la crisis y expone más abiertamente los mercados bursátiles a su impacto.


Como dijimos, una de estas modalidades es el incremento de la disposición vendedora que se traduce en salida de capitales y "corrida hacia la calidad". Ello se ha probado cierto nuevamente en esta oportunidad. Y si bien el destino de esos capitales puede ser los metales (que, en el caso del oro, podría favorecer a la economía peruana), uno preferido sigue el mercado de bonos del Tesoro norteamericano como ha sido evidente ahora.


Si esa dinámica muestra la confianza circunstancial de los inversionistas en la economía norteamericana, ésta puede no ser, sin embargo, una predisposición de largo plazo teniendo en cuenta que el temor a una recesión en los Estados Unidos contribuyó también, en apariencia, a la ola vendedora.


A ello ayudaron dos factores. Primero la opinión de Alan Greenspan quien, sin aludir a las políticas del FED, anunció la posibilidad de una recesión (técnicamente definida como la contracción económica por dos cuatrimestres consecutivos) en Estados Unidos este año. Aunque la posibilidad anunciada no lo fue en términos de probabilidad, algunos economistas estimaron esta última en el rango de 20%-30% (NYT).


Esa estimación se basa en un segundo factor: la certeza de que el mercado inmobiliario norteamericano está seriamente afectado (incluyendo los mecanismos hipotecarios) y el fuerte decrecimiento de mercado de bienes durables en enero (-8%) lo que afecta seriamente al sector manufacturero (NYT). Si el primer síntoma confirma el temido y largamente anunciado quiebre de la burbuja inmobiliaria, el segundo complica las bases mismas del sector real de la economía norteamericana. El escenario recesivo no ha cuajado allí, pero sus síntomas están más presentes coincidiendo con la crisis bursátil china y haciendo más visibles los límites del ciclo expansivo de la mayor economía nacional del mundo.


Frente a este panorama, los gobiernos latinoamericanos deben adoptar las mayores precauciones económicas y políticas. Las estimaciones hiperoptimistas de principios de año deben ser razonablemente corregidas, el crecimiento debe ser protegido, el balance entre disciplina económica y gasto debe atenderse con mayor seriedad y la bolsa de valores debe adoptar las previsiones del caso.


Y en lo que toca a los organismos financieros multilaterales, éste es el momento de activar los mecanismos de prevención de crisis que se debieron haber diseñado luego de la secuencia crítica de la segunda mitad de la década pasada. Hasta ahora no sabemos si la necesidad de diseñar mecanismos de prevención colectiva ha sido satisfecha. Esperamos que la lección de los 90 haya sido aprendida.



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