• Alejandro Deustua

Irak: El Gran Salto Adelante

Pocas veces un proceso electoral ha tenido tanta dimensión estratégica como el que ha concluido hoy en Irak para beneficio de ese país, de su región y del mundo. El electorado iraquí y quienes permitieron que este proceso se llevara a cabo han ganado una gran victoria contra el terrorismo global, ampliado la base de proyección democrática en el Medio Oriente y, por ende, mejorado el clima de negociación del conflicto principal de la zona: el palestino-israelí.


Este gran salto adelante en la estabilización del área es, sin embargo, proporcional a las tareas de reforma pendientes. Esto es, si la expectativa de consolidación institucional iraquí (empezando por un gobierno no interino), de establecimiento del marco jurídico que defina su soberanía (la Constitución) y de organización de la fuerza nacional que pueda implementarla ha aumentado sustantivamente, el realismo con que debe evaluarse un escenario aún convulso debe matizar el entusiasmo con la prudencia.


Y lamentablemente aquí el realismo debe entenderse no sólo como el incremento de la posibilidad de ejercer soberanamente el poder sino como la capacidad para superar el desafío que el terrorismo seguirá planteando. Luego de la derrota sufrida hoy, éste puede escalar su barbarie en el propio Irak, ampliarla a los vecinos árabes tentados de producir también reformas políticas y/o descarrilar el proceso de entendimiento entre palestinos e israelíes que ya empieza a cuajar. En consecuencia la capacidad política iraquí incrementada hoy seguirá requiriendo de una imprescindible dimensión militar. Y ésta exigirá la continuidad de la presencia de las tropas de la Coalición (que seguirán desplegadas no sólo por la razonable decisión de sus líderes sino por mandato de la ONU y la voluntad iraquí).


A estos efectos –y los de asistir en la consolidación de la reforma política y la reconstrucción económica-, es esperable el incremento de la participación de la comunidad internacional cuya renuencia ha crecido hasta ahora a pesar de que el propio Consejo de Seguridad ha establecido la responsabilidad comunitaria de participar. Ahora que lo iraquíes han votado, los que retiraron tropas quizás deseen replantearse las formas de ayuda, los que están ayudando fuera de Irak (con el entrenamiento de policías, por ejemplo) quizás deseen hacerlo dentro y los que no están cooperando, como los suramericanos, quizás pudieran reconsiderar su distanciamiento atendiendo sus propios requerimientos de influencia extraregional o siguiendo el ejemplo de los centroamericanos.


Al respecto la falta de una pública explicación norteamericana sobre la desinformación que condujo a la guerra del 2003 seguirá siendo un obstáculo. Pero los resultados que está produciendo el cambio de un régimen que fue considerado universalmente como una amenaza internacional no pueden ser arriesgados por la carencia de apoyo internacional. La perspectiva de reforma y estabilidad en el Medio Oriente, el impacto positivo que ésta tendrá en el trato del principal conflicto de la zona –el palestino /israelí- y la cuota de seguridad que su solución puede traer al mundo vale el esfuerzo.


Aunque la cooperación convivirá allí, como en otras partes, con el balance de poder necesario, la cooperación es imprescindible para que el balance genere, como debe, estabilidad y equilibrio en la zona y promueva la unidad nacional de todos los Estado que forman parte de ella. La cooperación externa será también indispensable para que los nuevo términos de interdependencia que surjan en el área generen beneficios sin cambiar el mapa político del Medio Oriente, salvo por el caso de la emergencia del Estado Palestino. Si la comunidad internacional, especialmente la democrática, tiene un interés colectivo en que ello ocurra, ese interés no puede quedar subordinado a las perspectivas nacionales preexistentes a la emergencia de este nuevo escenario.


Menos aún cuando el rango de aceptación de la elección iraquí cubre un amplio espectro entre sus vecinos. En efecto, regímenes rígidamente autoritarios como Siria, han albergado la votación en su territorio de exiliados iraquíes a pesar de ser considerado base de operaciones de los “combatientes extranjeros”. Y la teocracia iraní la ha propiciado a la luz de la influencia que puede ejercer sobre la mayoría chiita en su vecino. Y la monarquía parlamentaria jordana ya considera como un dato de la realidad el debate de la apertura política en el Medio Oriente. Y el presidente de la Autoridad Palestina considera que el proceso iraquí mejorará el clima político de su gestión.


Aunque la suma de esas reacciones puedan no encontrar aún en la Liga Árabe una abierta disposición a sumarse al proceso democratizador, ciertamente va a modificar su conducta en el área. La comunidad democrática internacional debe asegurarse que lo haga sumándose efectivamente al proceso de apertura.

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