• Alejandro Deustua

Interpretación de la Nueva Política Exterior Chilena Publicada en Medio Europeos

En un contexto latinoamericano de deterioro de regímenes liberales, la política exterior chilena que gestionará el nuevo gobierno de la Presidenta Bachelet incluye sustantivas variaciones de prioridades y conceptos.


Éstas no son sorpresivas en tanto fueron anunciadas en el programa de gobierno de Nueva Mayoría. Pero la falta de sorpresa no indica ausencia de preocupación –o de curiosidad- si nos atenemos al resumen publicado ayer en El País por el Canciller Heraldo Muñoz.


La cuestión principal a evaluar es el planteamiento de una política exterior chileno que prioriza lo regional sin mención lo global.


Entendemos que un resumen periodístico exige sacrificios conceptuales. Pero obviar la interacción de la economía chilena con el comercio extra-regional, el esfuerzo realizado en las últimas décadas por mejorar esa dimensión de su inserción externa (especialmente a través de acuerdos de libre comercio) y dejar de lado las especiales relaciones que mantiene Chile con potencias mayores cuando ya ha logrado membrecía en la OECD indica que el sesgo regional del Canciller Muñoz o es editorialmente exagerado o su visión del mundo ha cambiado radicalmente luego de haber dirigido el principal organismo multilateral para el desarrollo.


Como esas explicaciones no parecen verosímiles, debemos entender que la prioridad regional de la política exterior es sólo un énfasis (por lo demás, compartido por casi todos los vecinos del área) en el artículo en cuestión.


Aún sí, llama la atención que la visión chilena de la región vaya más allá del reconocimiento del deterioro del consenso regional para dar por sentado que, históricamente y casi definitivamente, la región es política y económicamente “heterogénea” y que, por tanto, Chile actuará en ella con “pragmatismo” (un lugar común disfuncional cada vez más repetido en el mundo).


Si Chile, uno de los Estados líderes del liberalismo político y económico en América Latina (más allá del juicio de valor que merezca su origen pinochetista) cede esa referencia quizás lo haga por resignado reconocimiento del medio pero también por indisposición a pretender reorientar el escenario en lo que le fuera posible (situación bien distinta a la brasileña que, sin aceptar liderazgo alguno, éste le es reconocido de facto por terceros e intenta alineamientos ideológicos y realistas empleando para ello diferentes instrumentos).


Sobre esa realidad heterogénea, que alguno preferimos denominar fracturada, Chile pretenderá la integración (qué novedad).


Al hacerlo, la autoridad chilena olvida que desde la fundación de ALALC en 1960 la heterogeneidad política latinoamericana procuró la integración intentando la sustitución de importaciones (auspiciada por la CEPAL de Prebisch) al margen de la condición ideológica de sus integrantes sólo para fracasar una y otra vez o fracasar menos como hasta ahora. La integración requiere ciertas convergencias políticas y económicas como todo proceso más o menos exitoso muestra.


Por lo demás, el entendimiento chileno de región como “bloque” en un mundo de “bloques” no es acertado. Primero, porque un “bloque” no es una simple aglomeración geográfica de Estados y segundo porque la realidad dominante en el futuro no lejano podrían ser las relaciones trans-regionales (tal es el sentido de las negociaciones de los acuerdos transpacífico –del que Chile es actor germinal- y transatlántico).


Por lo demás, si Chile desea cambiar el énfasis económico de su política exterior a uno más integral necesita encontrar un eje articulador para no perderse en el camino. Proponer al respecto sólo alternativas sociales y culturales al margen de la variedad de problemas globales que nos conciernen regionalmente sin olvidarnos de los grandes problemas políticos y de seguridad del área es un guiño de ojo a la diplomacia de los pueblos y a su versión transnacional que debilita a los Estados, destruye su rol constructivo en el sistema internacional y genera, en gran escala, desarticulador y confrontacional populismo.


Y si es cierto que son varios los caminos que llevan al desarrollo, hay otros que conducen al despeñadero como es el escogido, con la complacencia regional, por el chavismo venezolano (decimos chavismo porque Venezuela ya no se define hoy por esa anomalía como lo demuestra la desesperada lucha de la población que se le opone). En consecuencia, no parce acertado que el Canciller de Chile ponga en un mismo plato todas las experiencias de desarrollo sin distinguir las que son viables de las que no lo son. Ello produce una sensación de incertidumbre política y económica que ni Chile, ni sus vecinos del Pacífico, pueden darse el lujo de motivar sin consecuencias.


Y en cuanto a la Alianza del Pacífico, si bien ésta es abierta y no se dirige contra nadie, su naturaleza y éxito potencial reside en su vocación democrática representativa, de economía de mercado y de acertada gestión pública. Estas calidades (que tienen una manifiesta dimensión ideológica que se escamotea como si fuera defecto) y el hecho de constituir geopolíticamente el fundamento marítimo de la región, son sus grandes activos. En consecuencia, no parece apropiado presentarla como una agrupación que carece de columna vertebral.


Sobre estos y otros puntos debiéramos esperar un corto y constructivo debate con Chile. Esperamos que éste, luego de La Haya (proceso del que queda pendiente por resolver adecuadamente el caso del “triángulo terrestre” peruano), no nos distraiga de los beneficios y escalas que pueden obtener los dos países (además de Colombia y México) mejor gestionados y con mayores principios compartidos de la región.


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