• Alejandro Deustua

Implicancias del Acuerdo Nuclear con Corea del Norte

A veces la eficiencia diplomática se mide sólo por el retorno al punto de partida. Especialmente cuando problemas considerados generalmente como "intratables" por la hostilidad del actor que los provoca hace intolerable el costo de una solución que requiera el uso de la fuerza.


Sin embargo, cuando por su persistencia de largo plazo, esos problemas se escalan, el punto de partida es, en realidad, uno peor al preexistente. Frente a este escenario absurdo y debilitante la eficiencia de la gestión diplomática debe medirse por lo que ésta evita: el incremento de la hostilidad del actor hostil fortalecida ahora por una capacidad mayor. En ese caso la opción por el mal menor (el punto de partida empeorado) seguirá siendo eficiente siempre que no sea percibido sólo como "pacificador" y que las partes puedan lograr una solución final en un plazo más corto. Si esta condición no se hace efectiva, la diplomacia debe estar preparada para adoptar medias coercitivas cuya última instancia es el uso colectivo de la fuerza.


Salvando la última consideración, éste es el caso de la reciente negociación, dentro del el Grupo de los 6, entre la República de Corea (Corea del Sur), China, Japón, Rusia y Estados Unidos con la Republica Democrática de Corea (Corea del Norte). Ésta ha logrado la paralización del reactor nuclear de Yongbyon (Corea del Norte prefiere el término "suspensión") y la participación de los inspectores de la Organización Internacional de Energía Atómica en la supervisión de ese proceso a cambio de aprovisionamiento de una dotación de petróleo (50 mil toneladas) a Corea del Norte, mayor interacción externa, eventual levantamiento de sanciones económicas y reanudación, dentro de 60 días, de nuevas negociaciones. Estas deberían avanzar en el desmantelamiento de esa facilidad nuclear a cambio de 950 mil toneladas de petróleo.


Aunque el acuerdo no haya concretado el desmantelamiento del programa nuclear norcoreano, éste debe ser considerado como un avance sustantivo en esa dirección si se tiene en cuenta que esta ronda de negociaciones con Corea del Norte lleva ya cinco largos, interrumpidos y peligrosos años. Más aún, cuando en ese tiempo esa potencia devino efectivamente en nuclear luego de haber probado, con éxito, su primera arma y de haber demostrado que tiene el potencial misilero para emplearla en radios de mediano alcance que pueden evolucionar hacia el largo alcance.


Un beneficio complementario de este acuerdo consiste en las nuevas oportunidades que ofrece, aunque aún muy frágiles e inciertas, para conversaciones de la misma orientación con Irán. En esa medida, si se mira el conjunto de la conflictividad regional contemporánea, el acuerdo con Corea podría extender un sostén periférico a las posibilidades de aproximación entre Israel y la Autoridad Palestina que hoy ha ingresado a una nueva fase de unidad.


Ese avance, sin embargo, puede revertirse si Corea del Norte no se compromete a mayores reducciones en el futuro que cancelen su calidad de Estado amenazante (en la tipología norteamericana esa calidad se refiere al "eje del mal") o no se reincorpora al régimen de no proliferación que ha denunciado.


En ese caso, sólo estaremos frente al escenario de 1994 cuando Estados Unidos y Corea del Norte llegaron a un acuerdo similar al actual, pero agravado (en esa época esta potencia no había adquirido capacidad nuclear). Si ello ocurriera el chantaje nuclear coreano se incrementará facilitado por su capacidad de burlar impunemente a sus interlocutores y a su mentor (China, que, sin embargo, podrá sacra un beneficio de ese hecho), por la emergencia de nuevas potencias en un régimen de no proliferación eventualmente debilitado y por la comprobable urgencia global de recurrir a la energía nuclear como fuente alternativa a la petrolera.


Para evitar esa peligrosa regresión los países participantes del régimen de no proliferación deben empezar por intensificar su compromiso con este acuerdo y adecuarlo a los nuevos escenarios estratégicos y requerimientos energéticos.


Ello supondrá una más decidida acción colectiva frente al riesgo de que un número mayor de potencias -y de actores no estatales- deseen acceder al arma nuclear y de que otro grupo menor se oriente a revertir más decididamente sus compromisos con el desarme nuclear (tendencia que hoy tiene una dinámica inercial).


En tanto esa acción colectiva se desarrollará en un contexto que hará más difícil el acceso a la energía nuclear de uso pacífico, los países no nucleares, como el Perú, debieran promover la innovación del régimen existente para generar una sola fuente de aprovisionamiento de ese recurso supervigilada transnacionalmente.


Sin embargo, el acceso estrictamente controlado al material nuclear necesario para generar energía que beneficie a los países que, en el mediano plazo, podrían requerir de ella debe complementarse con la oposición decidida y articulada a la emergencia de potencias nucleares que cuestionen este régimen.


He allí una razón adicional para que Estados pequeños como el Perú favorezcan negociaciones exitosas con potencias hostiles como Corea del Norte y, en caso de que fracasen éstas, conformen una alianza defensiva para contrarrestar la amenaza que esas potencias plantean. Como es evidente, esa alianza requerirá la decisión de recurrir eventualmente a medidas coercitivas en toda su gama.


Si, en consecuencia, el compromiso del Perú con la seguridad colectiva en estos ámbitos, y en otros, debe ser creciente, su capacidad para sostenerlo debe incrementarse consecuente. El escenario contemporáneo, que evidencia que el problema de Corea del Norte no es uno aislado, así lo demanda.



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