• Alejandro Deustua

Entre el Shock Chino y el Norteamericano

La nueva y fuerte caída de la bolsa china (el “lunes negro”) luego de tres devaluaciones seguidas ha agregado incertidumbre a la economía global y vulnerabilidad a las economías emergentes. Las pruebas de los impactos no sólo fueron claras en las bolsas norteamericanas, europeas, asiáticas y latinoamericanas sino que reiteraron lo bien articuladas que están los mecanismos de transmisión de la interdependencia financiera. Aunque estas bolsas se recuperaron luego de anuncios correctivos chinos, la devaluación adicional de los mercados emergente y la salida de capitales de los mismos ya había ocurrido.


Si bien el FMI no ha saludado este crash, sí lo presentó por anticipado (el 14 de agosto) al señalizar las correcciones chinas como parte de un proceso hacia una etapa de “más sano” pero menor crecimiento chino (entre 6.5% y 6.8% este año y entre 6% y 6.5% el próximo).


Esta reacción contrasta con la decepcionada aproximación del FMI a la nueva realidad latinoamericana cuyas vulnerabilidades se han incrementado luego de perder el impulso de una década de altos precios de materias primas. Para estas economías sólo parecen anunciarse grises horizontes que permitirán uno más luminoso sólo en tanto se continúe con reformas estructurales, el alivio de la mala distribución de la riqueza y se logre avanzar en la diversificación de la economía que se desatendió en épocas bonanza.


Esta reacción indica que la economía global ha perdido la posibilidad de un retorno a etapas de crecimiento moderadamente alto si es que se considera el rol de China, que si bien seguirá siendo una locomotora, será de menor intensidad (diagnóstico conocido que hoy es corroborado al aceptarse el modus operandi de las políticas chinas).


Ello ocurre en un contexto en que las economías desarrolladas pasan a ser nuevamente las instancias de las que depende el crecimiento (especialmente en el caso de Estados Unidos, pero a una velocidad menor), mientras las economías emergentes se ubican en un vagón de arrastre antes que en la cabina de la locomotora en donde los altos precios de los commodities las ubicó hasta hace poco.


Este diagnóstico no es sorprendente a la luz de experiencias anteriores a la crisis china en las que el rol de los economías en desarrollo (ahora las emergentes) pasó de representar un desafío o una oportunidad a una posición subordinada nuevamente. Y es aún menos sorprendente cuando el Banco Mundial ha venido recomendando a las economías latinoamericanas desde hace un tiempo la urgencia de diversificar sus economías frente al término del ciclo expansivo de los precios de los commodities.


Lo nuevo al respecto es más bien la rapidez cómo se ha alterado la estructura de la economía global que llegó a asumir el liderazgo de las economías emergentes. Si éstas, por el efecto chino, llegaron a constituirse en el primer factor de crecimiento global para luego pasar a ser un problema para la perfomance colectiva (aunque con economías mucho mejor organizadas), ello nos dice que la estructura de la economía global se ha flexibilizado fuertemente. La mejor organización de las economías emergentes indica también que éstas pueden volver a desempeñar un posicionamiento estructural superior. Mientras tanto, hemos ingresado a una etapa de peligrosa inestabilidad.


Esta flexibilidad del sistema económico global nos explica, además, por qué China puede actuar hoy tan sorpresiva y bruscamente para corregir la orientación general de su economía (pasar de una liderada por exceso de inversión a otra de mayor consumo) sin recibir el castigo de los mercados –esperado en otras circunstancias- ni mayores admoniciones del FMI.


En efecto, si China por sus dimensiones, sigue siendo un mercado indispensable, sus ineficientes gestores están recibiendo apoyo institucional (y también falta de crítica que, en cambio, sí se brinda a los latinoamericanos -que bien merecida se la tienen en todos los países del ALBA, en Brasil y Argentina y hasta en el caso de algunos de los más eficientes suramericanos).


Así se comprende que las bolsas occidentales, luego de absorber el impacto, hayan reaccionado hoy al alza a pesar de que el mercado bursátil chino siga cayendo (aunque moderadamente). Al fin y al cabo, la desaceleración china ya es un hecho de la realidad y el desborde de sus correcciones quizás sea un asunto de grado y no de orientación en la percepción de los operadores de los mercados más desarrollados (que se han conformado con unas cuantas medidas de mitigación de daños adoptadas).


Es más los operadores neoyorquinos (que han empujado al alza los índices del NYSE) parecen haber concluido, a pesar de su sensibilidad a los movimientos bursátiles asiáticos en el marco de la opacidad de la información china, que el Estado chino tiene todavía “munición abundante” para mitigar cualquier corrección adicional.


Si ésta se expresa en capacidad de intervención, ésta fue cuantitativa en la crisis cambiaria (la de mediados de agosto) y, en el caso del reciente crash, la intervención ha sido normativa (las autoridades china no soltaron liquidez para controlar la segunda caída de la bolsa pero sí medidas orientadas a disminuir la especulación e incrementar la capacidad de reacción del sistema financiero). Ello indica que a la abundancia de “municiones” se agrega la variedad de las mismas.


Por lo demás, si bien la bolsa china perdió todas las ganancias de lo que va del año, la valuación de la misma sigue siendo superior a la del año pasado. De ello se concluye que el ajuste del mercado no ha sido catastrófico.


De otro lado si el gobierno de Pekín entendiera que la devaluación del yuan aún no ha recorrido el rango esperado, las trillonarias reservas chinas permitirían solventar una corrección cambiaria adicional.


Esta argumentación dista de ser un alivio porque sus elementos y la estadística presentada no parecen conclusivos. Pero funciona en la percepción de los gestores occidentales aliviando su reacción. Y también en el caso de los operadores de bolsa latinoamericanos.


Ello, sin embargo, no resta un ápice a la realidad del incremento de la vulnerabilidad de nuestras economías. Menos aun cuando sus diferentes matrices impiden aprovechar sinergias y mercados intrarregionales que alivie la falta de demanda externa (las exportaciones peruanas a sus vecinos han registrado importantes contracciones en tanto las economías de esos vecinos sufren desaceleraciones de diversa escala y naturaleza).


De otro lado, el importante crecimiento de la economía norteamericana en el segundo trimestre (3.7% vs 0.6% en el primer semestre) indica que el incremento de la tasas de interés por el FED está más cerca. Por más que los latinoamericanos se estén preparando para esa circunstancia (que implicará más salidas de capitales –que inhiben la inversión local y encarecen el financiamiento externo- y más devaluaciones –que incrementan la competitividad externa pero de manera limitada por las devaluaciones de otras economías emergentes), ese shock negativo se va a sentir.


Obviamente, éste impactará más a las economías más vinculadas al mercado norteamericano, pero ninguno escapará a sus efectos (uno de los cuales, aunque de fuerte influencia asiática, ya se expresa en una eventual reclasificación de la bolsa peruana como propia de economía de frontera que el sector privado y público intentan detener).


En este escenario, las economías liberales latinoamericanas deben procurar mantener la estabilidad sin producir ajustes intensos que ahogarán la perfomance. Con reservas fuertes y deuda baja, hay sitio para asumir déficits fiscales moderados y no subir en exceso las tasas de interés. Se trata de un difícil equilibrio en el que nuestra inserción externa debe ser preservada al tiempo que se procuran ciertas salvaguardas negociadas si el escenario externo se torna más complicado de lo que ya es.


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