• Alejandro Deustua

El Perú y Europa: Más Allá de la Agenda de la Unión Europea

La vitalidad de la relación del Perú con Europa se define en términos civilizatorios. Aunque el debate sobre los métodos y propósitos con que un imperio sometió a otro en el siglo XVI proseguirá, el hecho concreto es que el Perú se incorporó progresivamente a Occidente a través de Europa (y de España en particular) con los matices enriquecedores del mestizaje. Esta realidad tuvo un impulso adicional: el encuentro entre un universo cerrado (América) y la Europa expansiva definió uno de los hitos de lo que hoy de denomina “globalización”.

La modernidad, por tanto, originó el vínculo euro-americano impulsado por el espíritu creativo del Renacimiento, la génesis del mercado capitalista, los rigores de la emergencia de un sistema interestatal (siglo XVII) y, luego, por los valores liberales que promovieron la independencia. En esa evolución la significación estratégica del Perú para Occidente no puede ser minimizada.

Y tampoco puede serlo hoy cuando nuestro país, como no pocos en la región, busca una mejor inserción en el sistema internacional mientras que Europa consolida el sistema de integración más avanzado y pretende un rol de potencia mundial. Aunque la agenda prioritaria de una relación tan dispar se organiza ahora inter-regionalmente y se focaliza en el desarrollo sostenible (incluyendo el cambio climático y la energía) y en los problemas de la pobreza, la desigualdad y la exclusión, su responsable preocupación social no corresponde plenamente a los requerimientos de extraordinaria innovación cultural, económica y política que viven hoy Occidente y el mundo.

Es evidente que para aprovechar adecuadamente la innovación el Perú requiere mejorar considerablemente su infraestructura social. Pero primero debe tener acceso a aquélla en un escenario crecientemente competitivo. Para lograrlo necesita potenciar el status de la relación con la Unión Europea en toda su gama.

Si, en el ámbito económico, ésta es nuestro primer inversionista (55% del total), el Perú necesita por lo menos duplicar los US$ 8500 millones del stock de ese origen en menos de una década y orientar el flujo a sectores modernos de la economía (hoy concentrados en los sectores financieros y de comunicaciones). Y si la UE es el tercer destino de nuestras exportaciones una mejor asociación podría ayudar a que la concentración en cuatro países compradores se diversifique incrementando la demanda que el creciente poder del euro permite a los demás miembros de la Unión.

Por lo demás, si somos “socios naturales”, una mejorar organización del mercado laboral podría mejorar las condiciones de acceso de nuestros migrantes mientras que un sustantivo incremento del turismo europeo (que hoy representa apenas el 19% del total nacional) es perfectamente posible. Y a la luz de las amenazas globales y el requerimiento de misiones de paz es evidente que el campo de la seguridad reclama una más dedicada cooperación entre el Perú y la UE.

En la satisfacción de estos intereses coincidentes radica el sentido de una asociación estratégica. Y ello requiere intensificar los vínculos bilaterales (hoy en retroceso diplomático) y no sólo los multilaterales (los privilegiados por la agenda burocrática). A ese punto, sin embargo, no ha llegado aún el proceso de cumbres eurolantinoamericanas iniciado en 1999 aunque el Perú comparte plenamente la preocupación europea por la cohesión social, la integración y el multilateralismo.

En efecto, mientras que la preocupación peruana por el multilateralismo es un lugar común, antes del Tratado de Maastricht nuestra prioridad por la integración determinó la prioridad del empleo de la CAN en la relación con la Comunidad Europea. Sin embargo, las constantes crisis de esta entidad, el desaprovechamiento por sus miembros del SGP y el infatigable proceso de ampliación europea (que modificó las prioridades de sus miembros) no permitió obtener mayores réditos al respecto. Ello indica que la negociación de acuerdos de asociación y de libre comercio debe enfatizar el recurso a la arquitectura variable haciendo sitio a los requerimientos bilaterales.

De otro lado, el Perú debe llamar la atención de la Unión Europea sobre la necesidad de mejorar el posicionamiento latinoamericano frente a la brecha estratégica que beneficia crecientemente al Asia. Para hacerlo, el Perú debe emplear mejor la disposición jerarquizadora de la UE que, aunque reconozca a América Latina como región, la segmenta en bloques y jerarquías. Entre las primera la CAN no ocupa el primer lugar (éste corresponde al MERCOSUR) y entre las segundas es claro que la UE tiene un trato diferencial económico con México y Chile (reflejado en TLC bilaterales) y con Brasil (que recibe la atención de la potencia emergente que es).

En el siglo XXI los requerimientos estratégicos del Perú reclaman un mejoramiento en la escala de prioridades regionales de la UE, una revaluación de la agenda bilateral y un mejor acceso a las fuentes de la innovación que complementen mejor la atención social de la población. Ello mejorará la puesta en valor de los principios occidentales que el Perú comparte con la Unión.



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