• Alejandro Deustua

El Mito del Desacoplamiento

Desde que el formidable Peter Drucker identificara como una de las características de la globalización económica, la del desacoplamiento progresivo entre los factores de capital y trabajo, el "desacoplamiento" ha evolucionado como factor de diagnóstico y hasta como guía política pero jamás como teoría.


Aunque Drucker se refería inicialmente a la relación entre factores de producción cuya proporción de uso eficiente era alterado por la innovación tecnológica, su referencia extendida a la evaluación del desempeño económico en general no se ha probado aún correcto ni útil.


En efecto, hoy sigue siendo incuestionable que uno de los factores que determinan el tránsito de una desaceleración económica a una recesión sigue siendo el nivel de desempleo que la insuficiencia de inversión o de demanda producen. Es más, el desempleo que desborda en magnitudes no demasiado altas el desempleo natural (5%) en economías grandes y en mercado laborales ajustados como los norteamericanos sigue siendo causa de alarma.


Ello refleja que el adecuado acoplamiento entre el capital y trabajo como determinante de buena perfomance económica sigue siendo fundamental para el equilibrio del mercado más allá de lo que las innovaciones de la globalización sugieran.


Pero además el indefinido concepto de descapolamiento ha sido empleado en la década pasada también como sugerencia normativa a propósito de la innovación económica implícita en la observación de Drucker: el divorcio entre la economía real de la financiera (o meramente especulativa y virtual). En efecto, a la luz de la marginación de las economías pequeñas de los beneficios generados por las nuevas formas de generar riqueza, no pocos propusieron en los 90 políticas de fragmentación o separación entre los países desarrollados y los en desarrollo. En buena medida es esta la alternativa por la que han optado gobiernos como el boliviano (el más claro al respecto) o el venezolano. Su escaso éxito material, que complementa su capacidad regionalmente desintegradora, está a la vista.


Y ahora, en la primera década del siglo XXI el periodismo económico -y economistas de nota- han recogido, como forma de diagnóstico preferido (que es una vertiente de wishfull thinking) el desacoplamiento de las economías emergentes de las mayores como forma de generar expectativa de crecimiento permanente esta vez impulsado por esas economías intermedias. Esta visión fragmentada de la globalización (que tiene además el interés cognitivo de pretender obviar la responsabilidad locomotriz de las economías mayores, la miopía de cancelar la realidad aún presente de los ciclos económicos y de otorgar, de manera singular, a potencias como la China la calidad de "motores de crecimiento alternativo"), se ha probado completamente errada con la crisis financiera y bursátil que padece la economía global.


En efecto, la caída de la bolsa norteamericana no sólo acaba de corroborar su lamentable alcance universal sino que ha causado mayor impacto precisamente en las bolsas de las economías intermedias y menores. Si ello es muestra de la volatilidad general del mercado, indica también fuertes grados de sensibilidad y de vulnerabilidad a choques externos de estas economías.


Ello es obvia consecuencia de la asimetría presente en un sistema económico crecientemente interdependiente y también de la alarmante insuficiencia de los regímenes financieros que debieran gobernarlo.


Aunque en América Latina la vulnerabilidad económica es ciertamente menor que en las décadas pasadas, ésta sigue siendo considerable. A diferencia de la incapacidad de acumulación y de creación de demanda interna producto de términos de intercambio sistemáticamente negativos, de balanzas de pagos deficitarias, de insuficiencia de inversión y de indisciplina en el manejo económico de la década de los 60, la vulnerabilidad comercial devino en financiera a finales de los 70 y 80 (el problema de la deuda y la década perdida). Hoy esa vulnerabilidad se ha reducido a través de buenos precios exportadores, mejores términos de intercambio, solvencia financiera y mayor demanda nacional y de oferta inversión en varios de los países de la región.


Sin embargo, la composición de la balanza comercial (cuyo componente de materias primas bordea en el Perú el 70%) y la debilidad de los mercados de capitales y de las instituciones financieras en un contexto de apertura entre otros factores agregan a la economía todavía fuerte vulnerabilidad.


A ella se agrega una alta sensibilidad a los choques externos financieros como acaba de mostrar la muy fuerte caída de los mercados bursátiles en la región y la volatilidad subsistente. Es evidente que esa rapidez de impacto (que depende de las debilidades estructurales e institucionales señaladas arriba) no desmerece la mayor resistencia mostrada frente a crisis financieras anteriores. Pero ello no es alivio si esa resistencia es sólo muestra escasez de mecanismos trasmisores y, por tanto, menor calidad de inserción externa.


A agravar la vulnerabilidad contribuye, de otro lado, la ausencia de regímenes globales y regionales capaces ya no de prevenir la crisis (la información es hoy abundante aunque insuficiente) sino de controlarla colectiva y globalmente.


En efecto, si el mecanismo de control más relevante frente a una crisis como la presente es el FED, la Secretaría del Tesoro y el Congreso norteamericanos, el sistema económico internacional está en serios problemas y las economías en desarrollo aún más (para empezar, el cumplimiento de los Objetivos del Milenio ha quedado en cuestión como se ha reportado en Davos).


Particularmente alarmante es la reiterada impotencia del FMI y la indisposición del G7 y de otras agrupaciones plurilaterales a coordinar políticas que minimicen el riesgo de una evolución recesiva y que contribuyan a restablecer la estabilidad indispensable para que el sistema internacional y las economías en transición o de reciente apertura puedan consolidare.


rente a ello la diversificación de exportaciones, la generación de nuevos mercados de escala hemisférica (que optimizarían la creciente tendencia a la regionalización del comercio) y la promoción de nuevos regímenes que patrocinen la estabilidad monetaria y económica globales deben ser una prioridad de nuestra política exteriores. Si no deseamos que el "desacoplamiento" se produzca en el futuro por debilidad externamente inducida y si no queremos que los esfuerzos de reinserción se vean frustrados, éstas son tareas inmediatas que deben realizarse independientemente de que la estructura del sistema internacional esté apurando -o no- un proceso de cambio.



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