• Alejandro Deustua

El Fin de la Era Blair

En medio de aplausos del oficialismo laborista y de la oposición conservadora y liberal, el Primer Ministro británico Tony Blair se retiró hoy de su última presentación ante la Cámara de los Comunes. Así, en 30 minutos concluían 10 años de gestión de un gobernante "odiado" por sus ciudadanos tanto por su responsabilidad en la guerra de Irak como por las características maniqueas del parlamento británico según un articulista del International Herald Tribune.


Ese maniqueísmo congresal, sin embargo, es hoy considerablemente menor que el generada por el radicalismo conservador que imperó en el Reino Unido durante 18 años bajo la sombra persistente de Margareth Thatcher.


Por lo demás, un crecimiento promedio en torno al 2.5% en la última década, un mercado de capitales boyante, un desempleo excepcionalmente bajo (4.6%) y una inflación controlada (2.8%) abrieron paso a la honorable partida del Primer Ministro.


A hacer su salida incómoda contribuyeron, sin embargo, la inequidad social antes que la pobreza a pesar del incremento del gasto, los problemas de descohesión que el multiculturalismo no pudo resolver y la frustración remanente en materia de orden público a pesar del esfuerzo desplegado contra la criminalidad.


Pero para tornar esa incomodidad en rechazo mayoritario no hubo fenómeno más influyente que el cuestionable manejo de la guerra de Irak y lo que, erradamente, sus ciudadanos percibieron como una extrema dependencia de los intereses estratégicos norteamericanos. Ni la intervención estabilizadora en Kosovo, ni el humanitario despliegue en Sierra Leona ni el logro extraordinario de la paz en Irlanda del Norte parecen haber aplacado el inconformismo popular con la razón de Estado que explicó mal el compromiso británico en la guerra de Irak ni con el manejo de la misma.


Al respecto se puede decir que, en efecto, los motivos iniciales del conflicto fueron sustancialmente afectados por las extraordinarias fallas de inteligencia sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak y por la infraestimación del adversario y del escenario del conflicto.


Pero lo que no puede aludirse sin faltar a la verdad es que la amenaza que motivó la guerra fue constatada colectivamente a través de diversas resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y del abierto desafío a las mismas que, en términos de vida o muerte, planteó un régimen que ya había comprobado su voluntad belicista, represora y genocida.


A ello el señor Blair ha añadido una racionalidad idealista derivada de las lecciones aprendidas en el conflicto iraquí publicadas en The Economist. Entre ellas sobresale la que revalúa la importancia de una política exterior sostenida en valores y no sólo en intereses en tantos son aquéllos los desafiados por las grandes amenazas contemporáneas: el terrorismo islámico que pervierte al Islam y los regímenes genocidas y opresores. Para la versión extrema de éstos, el señor Blair tiene una respuesta: la intervención.


Esta propuesta antirealista no sólo no parece tener en cuenta la relación entre fines y medios disponibles sino que, bajo otras consideraciones, tampoco evita ningún escenario en el que el Reino Unido debe ser un actor antes que un espectador. Para operar en ellos y para la defensa de los valores comunes, el fortalecimiento de la alianza transatlántica es tan vital como lo debe ser el reconocimiento de que la amenaza terrorista es una realidad para Occidente y que ésta se basa, a su vez, en creencias que no por radicales están menos arraigadas. Por ello deben ser combatidas políticamente sin que Occidente deba dejarse confundir por la victimización de la causa terrorista manipulada por sus agentes a través de los medios globales de comunicación.


Este legado, que bien podría denominarse la "doctrina Blair", se basa en el requerimiento indispensable de sociedades política y económicamente abiertas, convencidas de la fortaleza de sus valores desafiados y de que el vínculo con Estados Unidos es una bienvenida necesidad.


De ello podrá discreparse. pero es en ese convencimiento que el señor Blair ha sido nombrado mediador del Cuarteto (Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y la ONU) para el Medio Oriente.


Y aunque su preocupación por el mundo en desarrollo ha estado regionalmente sesgada (África), esa distorsión ha sido compensada, de alguna manera, por su preocupación por los problemas globales de la pobreza y del medio ambiente.


Aunque América Latina no ha sido un escenario de mayor atención para el ex-Primer Ministro, la influencia ideológica y de gestión del "nuevo laborismo" (que el señor Blair contribuyó a crear) en los partidos socialdemócratas de la región ha dejado una huella visible aunque dispareja. Por ello será recordado en la América hispanoparlante.



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