• Alejandro Deustua

Diplomacia Sin Política

26 de julio de 2022


Al cabo de un año de pésima gestión presidencial, continua erosión institucional, expectativas económicas sin fondo, desconfianza generalizada e inseguridad creciente, la política exterior del Estado ha perdido considerable sustento interno y cualquier aspiración de liderazgo.


Afectado de irreversible ilegitimidad (75% de desaprobación y 65% a favor de nuevas elecciones), Castillo ha abandonado al Perú en un escenario internacional de crisis sistémica agravada por la realidad bélica y su impacto global, conflicto incremental, contracción económica y riesgo recesivo, proteccionismo al alza y fragmentación regional e intrarregional.


A falta de orientación, la gestión externa ha dependido menos de la conducción de la Cancillería que del impulso inercial de la diplomacia, de la gestión monetaria y fiscal proveniente del BCR y del MEF, de la actividad de los exportadores y la de los inversionistas que se financian en el exterior.


En el año político que culmina, la jefatura de Cancillería ha transitado, a la manera andina, por diferentes pisos ecológicos. En efecto, en este lapso un revolucionario alucinado con la relación entre la CIA y Sendero Luminoso cedió la silla torretagliana a un diplomático de carrera de verbosos objetivos y corta duración sólo para ceder la posta a un académico inexperto que prefiere el bajo perfil sobre el oropel que no desprecia ni disfruta.


En ese tránsito, la maquinaria diplomática asumió lo que debía sin mayor esfuerzo y con pocos logros. Ella pretendió brindar lucimiento al supuesto gobernante (viajes a de presentación a Washington DC, presencia en la ONU y la OEA, concurrencia a cumbres democráticas y algún contacto vecinal sin olvidar una parca y delegada representación en el Foro Económico Mundial) y una cierta agenda.


Pero, salvo por la pérdida del sombrero en Brasil, la incapacidad insuperable de Castillo le impidió obtener ventaja de esos contactos corroborando más bien que no tiene otro recurso que la victimización (la letanía del denostado profesor rural), la mentira (en nombre de un Perú libérrimo ofreció todo tipo de seguridades y beneficios a la inversión extranjera), la ignorante épica monroista (“América para los americanos” gritó en Washington) o la gentileza correligionaria con Evo Morales (su espontánea disposición a ofrecer una salida al mar a Bolivia por no mencionar el arraigo de un centro “plurinacional” en el Cusco).


Más de lo mismo podríamos tener en octubre si celebra en Lima la Asamblea General de la OEA con una excepción: la agenda sobre “desigualdad y discriminación” se prestará para todo tipo de maniqueísmo en una región bastante fragmentada y plagada de países internamente polarizados.


Quemadas esas naves (que en otros tiempos habrían sucumbido con el piloto), los logros mayores se resumen en el inicio de la adhesión a la OCDE (que proviene de un proceso iniciado hace más de una década ) y en un posicionamiento (la condena en la ONU de la agresión rusa a Ucrania y del veto de una Resolución orientada a promover el retiro de las fuerzas).

Sin embargo, con los niveles de ingobernabilidad alcanzados será difícil adoptar las normas buena gobernanza que propone esa entidad recurriendo sólo a la ficción de las cuerdas separadas entre un gobierno tribal y un moderno objetivo de política exterior. Salvo que se cambie radicalmente de curso o el gobernante renuncie.


Por lo demás, salvo por la diplomacia declarativa, será complejo superar el correcto posicionamiento sobre conflicto en Ucrania mediante políticas acordes con nuestras capacidades (p.e. el apoyo al acuerdo sobre el desbloqueo de los cereales ucranianos).


En este marco, es mucho pedir que el Perú logre hoy un rol de cohesión regional y mejore los términos de la integración subregional ahora que, por turno, preside la CAN. Castillo es un impedimento pluridimensional.


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