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  • Alejandro Deustua

Crisis Gubernamental y Política Exterior

17 de agosto de 2005



Con la toma de posesión del Primer Ministro Pablo Kuczynski, el gobierno ya promedia algo más de un gabinete por año. Teniendo en cuenta que el peso específico de cada uno de los anteriores titulares (los señores, Dañino, Solari, Merino y Ferrero) se estará de acuerdo que la causa de esta rápida sucesión es muchos menos responsabilidad de aquellos que de las circunstancias políticas generadas por el gobierno, su entorno y por el Jefe de Estado.


El punto se confirma si se tiene en cuenta que el período que se inició el 2001 ha estado relativamente liberado de grandes presiones de seguridad –que no sean las propias de la denominada “seguridad ciudadana”- y que, en la perspectiva económica, las condiciones favorables del contexto externo ha permitido un crecimiento sostenido de la economía (el propio Presidente asegura que concluirá su período con un incremento acumulado de 25% del PBI y más que una duplicación de exportaciones). Es más, para este año, el crecimiento proyectado por las encuestas mensuales del sector privado realizadas por el Banco Central convergen en una perfomance de 5.5% aun considerando factores exógenos negativos como el extraordinario incremento del precio del petróleo (el Primer Ministro se entusiasma, sin embargo, con un 7%).


Y aunque la insatisfacción social derivada a una inequitativa distribución de la riqueza y de la concentración de los beneficios del aumento del producto es evidente, no se puede argumentar que el gobierno ha soportado un intratable acecho comunitario (menos aún, cuando el propio Presidente anunció que el “chorreo” ya se expresaba en incremento de empleo, de ingreso disponible y de reducción de la pobreza).


Frente a estos hechos, el constante cambio de gabinetes confirma ser el reflejo de una cuestionable conducción gubernamental (los bajos niveles de aprobación mostrado por las encuestas lo reitera), de unas lamentables relaciones interpartidarias (que ni el Acuerdo Nacional ha solventado), posiblemente de una sobrereacción ciudadana contra los defectos del liderazgo presidencial y del descontento general con las condiciones institucionales de la democracia en la región (ver Latinbarómetro).


Entonces ¿qué novedad muestra la crisis que se empieza a superar? Pues la incorporación del sector Relaciones Exteriores a las causas de desastabilización gubernamental. Esto no había ocurrido en los últimos 50 años incluido el turbio ciclo fujimorista.


La nueva causal –que compromete a la jefatura de una institución tradicionalmente a cargo de la proyección del interés nacional- no puede ser atribuida a un súbito incremento del nivel de alerta ciudadana sobre las incidencias de nuestra política exterior (ello ocurre desde hace tiempo) sino a la explícita formulación de la política exterior como una variable de la política interna y a la práctica consecuente por el responsable de su conducción: el Canciller. Este error deviene de una deficiente comprensión de esa variable propia de la denominada globalización y de la incapacidad de trazar una necesaria frontera referencial bajo estas circunstancias.


El nombramiento del señor Olivera a la Cancillería por razones de puro cálculo partidario ante que de articulada evaluación del interés nacional es la muestra más palpable y reciente de ese error y de sus graves consecuencias. Sin embargo, antes de que ello ocurriera, la equivocada comprensión de la relación entre política interna y externa establecida a principios de la gestión del último canciller (“la política exterior es una función de la política interna”) ya se habían manifestado en tres dimensiones adicionales por los menos.


En efecto, acciones de política intrahemisférica, regional y bilateral tuvieron mal resultado debido a ese error original. Así, el mal manejo de la candidatura peruana a la Secretaría General de la OEA (que complicó a un respetado candidato presidencial), de la irresponsable promoción del señor Kuczynski a la presidencia del BID (que obtuvo sólo un voto) y de la apresurada configuración de la Comunidad Suramericana de Naciones (que ahora se define como un proceso, como lo sostuvimos algunos, antes que como un hecho fundador) parecieron sustentados en razones de política interna. Y aunque ello no ocurrió de manera plena en la última crisis con Chile, ciertamente a ella concurrieron serios desentendimientos locales a propósito de un hecho ocurrido hace una década.


Otras tres características de nuestra política exterior derivadas de malinterpretar la relación entre política interna y externa están contribuyendo a generar errores adicionales. La primera es el presidencialismo que, siendo un requerimiento de los más rápidos tiempos políticos que nos toca vivir, obliga a adoptar compromisos con mayor celeridad. El riesgo acá, como lo comprueba la experiencia fujimorista, consiste en un excesivo protagonismo presidencial que induce a la manipulación de la decisión para fines propios, lo que incrementa su margen de error.


La segunda característica es la intensa concentración del proceso de toma de decisiones en la Alta Dirección de Cancillería. Al impulso de la celeridad de los acontecimientos y de la predisposición mediática del Canciller (propensión confundida con las denominadas “políticas públicas”) el titular de la cartera tiende a delegar menos y a descartar un más racional empleo de las diferentes instancias del proceso de toma de decisiones en Relaciones Exteriores. En este caso, la excesiva concertación decisoria conduce eventualmente al autoencapsulamiento y, por ende, a la equivocación.


La tercera característica es el populismo incorporado a la política exterior (“llevar la política exterior a la gente”). En este punto, el Canciller no sólo confunde la promoción de la cooperación internacional y la redefinición administrativa de los consulados con una denominada “política social” sino que distorsiona su función yuxtaponiéndola a la que corresponde a otras reparticiones públicas. El protagonismo reclamado para estos menesteres induce eventualmente al Canciller a comportarse como un político partidario y a favorecer el acceso de los correligionarios de turno.


Si el resultado de este conjunto de interacciones conduce a la indeseable conclusión de que el Ministerio de Relaciones Exteriores aparezca en el centro de una crisis de gobierno, la causa que la produce debe ser corregida o eliminada.

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