• Alejandro Deustua

Brexit: Hora de la Verdad

La integración europea no se organizó para construir una unión política. Sin embargo, la compleja evolución del mercado común, las sucesivas expansiones y las crisis económicas y políticas (la reunificación alemana fue la mayor) de la Comunidad y Unión Europea reclamaron de sus Estados una creciente cesión de soberanía.


A ello contribuyeron las élites europeas, la burocracia de Bruselas y buena parte de la opinión pública exigiendo, frente a cada dificultad significativa, “más Europa”. En el proceso olvidaron que los Estados nacionales son el activo cultural y político principal del corazón de Occidente. Y que el éxito de la integración no se mide por su artificial disposición federativa sino por el cese de la discriminación económica y el bienestar social que genera. Hasta que el Primer Ministro británico planteó una recuperación parcial de competencias soberanas.


Éstas concernían a asuntos bien concretos: la opción de no participar de un proceso inercial hacia la unión política, garantías para la libra esterlina en relación a la eurozona, obligaciones menos onerosas en el la concesión de beneficios a migrantes, aliviar el exceso de regulación para ganar competitividad.


Pero el Primer Ministro cometió el error de ofrecer un referéndum que, en relación a lo que obtuviera, permitiera optar por la permanencia o el retiro de la UE. Esa posición de todo o nada, que Cameron hoy día quizás lamenta, puede costarle al Reino Unido la erosión de su principal mercado y a la UE la pérdida de un pilar estratégico para la estabilidad y el progreso europeos.


Mientras tanto el mundo ya padece los efectos de la incertidumbre generada por uno de sus principales centros financieros. En efecto, la satisfacción del interés nacional británico ha motivado advertencias contractivas del FMI, postergación de decisiones por la FED, coordinaciones preventivas en el G7, disposición a establecer medidas correctivas en el Banco Internacional de Pagos, avisos de reuniones entre los principales bancos centrales y gran incertidumbre y volatilidad general.


Así, mientras el dólar se apreciaba y el precio de oro subía como activo de refugio, en América Latina el riesgo regional aumentó. Y en el Perú los índices de la Bolsa de Valores de Lima descendían a pesar del incremento de los precios del cobre.


Aunque no sabemos cuánto de ese impacto negativo se debe a expectativas y maniobras especulativas, es evidente que asistimos a una demostración vigorosa y negativa del proceso de globalización cuando éste tendía a la fragmentación (p.e. el Medio Oriente) y a la revaluación del protagonismo de los Estados (que nunca se esfumó). Si la reemergencia nacionalista en Estados Unidos (el efecto Trump) y en Europa es prueba de ello, la reivindicación soberana británica se lleva hoy el premio mayor.


En esta contienda entre lo global, las fallas de la integración regional y la potenciación del interés nacional países como el nuestro deberán calibrar mejor su vulnerabilidad a ese fenómeno para gestionarlo y no sólo prevenirlo.


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