• Alejandro Deustua

Turquía: Una Peligrosa Crisis Política

Turquía es Estado cuya estabilidad y adecuada vinculación con Occidente tiene un valor estratégico superior.


Esta república parlamentaria no es sólo heredera del imperio turco que, hasta la Primera Guerra Mundial, dominó el Medio Oriente y se proyectó sobre Europa Central sino que forma parte, con Grecia, del origen geográfico de la Guerra Fría que se inició en 1947. Siendo el punto donde Asia se encuentra con Europa en los Dardanelos, la vía de paso entre el mar Negro y el Mediterráneo y el escenario donde, sobre la herencia de Bizancio, se yuxtaponen la tradiciones cristiana y musulmana, su calidad geopolítica es vital para la estabilidad de Eurasia.


Ésta ha sido garantizada hasta hoy por un régimen político laico (que sin embargo no ha acabado su tránsito hacia una democracia liberal), por su vínculo con la OTAN (de la que es miembro pleno) desde 1952 y por una progresiva relación con la Unión Europea (con la que, luego de formalizar una unión aduanera y un vínculo de asociación, ha iniciado un complejo y polémico proceso de accesión que algún día debiera culminar éxito).


El buen fin de ese proceso tendría aún mayor valor en tanto extendería la influencia estabilizadora de Occidente sobre el corazón del Medio Oriente si es que la discusión europea sobre la diferencia civilizatoria con Turquía logra establecer el consenso sobre si un Estado laico esencialmente musulmán puede o no ser parte del organismo de integración occidental y judeocristiano por excelencia.


Para que ello ocurra la democracia turca debe aún perfeccionar la calidad de su Estado de Derecho (incluyendo el derecho humanitario cuya vigencia no es plena para las minorías no musulmanas), el control civil de las fuerzas armadas (que debería haber quedado resuelto desde su acceso a la OTAN) y la convivencia de fuerzas políticas opositoras sin la amenaza del fundamentalismo sea éste secular o religioso.


Pero son justo estas calidades las que están en juego hoy en Turquía a la luz de manifestaciones de intolerancia contra minorías cristianas en el interior del país (cuya zona más conflictiva es el sureste y el área kurda que aspira a la autonomía) y del reciente pronunciamiento de las fuerzas armadas recordando la característica laica de esa República (pronunciamiento que mereció una fuerte crítica de la Unión Europea). Ello ha ocurrido en el contexto de una contienda interpartidaria que, por la exacerbación de su militancia, ha devenido en culturalmente excluyente.


En efecto, el proceso a través del que se debe elegir al próximo presidente de la República ha salido del marco de la contienda partidaria entre el gobernante Partido de la Justicia Social y el Desarrollo (AK) y el opositor Partido de la República del Pueblo (CHP) e incurrido en el ámbito de la confrontación entre "laicos" y "religiosos" cuyas referencias fundamentales son el orden político establecido por Mustafá Kemal Ataturk y el que quisiera recuperar el Islam.


Esta polarización fundamentalista entre quienes se consideran herederos del orden republicano (el CHP) y los abanderados del Islam (el AK) es producto de una extrapolación de las prácticas relativamente moderadas de los partidos en cuestión. En efecto, los representantes del AK (el Primer Ministro Erdogan y el Canciller Gul) son interlocutores legítimos que, al margen de su islamismo moderado, han sido reconocidos por la comunidad internacional (y, especialmente, la Unión Europea) como gobernantes responsables y democráticos reemplazantes del laicismo opositor.


Pero el hecho de que el señor Erdogan haya postulado a la presidencia y que luego éste haya delegado en el señor Gul esa aspiración a la representación del Estado ha activado la irracionalidad inducida indirectamente por dos factores principales.


El primero, es la creciente influencia de factores religiosos o culturales que, luego de haber incrementado su rol (al punto de haber sustituido a las ideologías en la post- Guerra Fría en ciertas regiones), se han agudizado al calor de de la guerra (en este caso, la de Irak) y de la contienda generada por el terrorismo islámico.


El segundo pudiera ser el resultado indeseado de una negociación de acceso a la Unión Europea que se dilata indefinidamente por responsabilidad turca (su indisposición a apurar las reformas liberales o a solucionar el problema turco-chipriota cuando parte de Chipre ya es miembro de la UE) o europea (la indisposición de algunas grandes potencias a admitir en la Unión Europea a una potencia musulmana como miembro pleno).


Estos factores concurrentes a la crisis de estabilidad turca deben ser corregidos a la brevedad si no se desea que aquélla se desborde hacia Europa (a través del inconformismo de los migrantes y de los problemas de seguridad que planean los de origen musulmán) y hacia el Medio Oriente retroalimentando el conflicto regional (especialmente en Irak, donde el sector kurdo aspira a un Estado soberano).


La convocatoria adelantada de elecciones parlamentarias para junio próximo es una oportunidad de solución que los europeos, sin intervenir en los asuntos internos turcos, deben saber aprovechar. La oferta de una mayor flexibilidad en el proceso de accesión como contraparte del establecimiento de un mejor orden iliberal en Turquía puede ser una alternativa al respecto.


i ello ocurre, los países latinoamericanos con vínculos con Occidente debieran incrementar su relación con la república parlamentaria en cuestión especialmente ahora que los andinos negocian un acuerdo de asociación con la Unión Europea. En el caso del Perú, el beneficio político, económico y estratégico que puede obtenerse de ello puede ser por lo menos equivalente al que hoy ofrecen Egipto, Argelia y Túnez donde el Perú sí hay Embajadas residentes. La importancia de Turquía merece un estudio más interesado en el caso.



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