• Alejandro Deustua

TLC: Un Protocolo Compensatorio

La formalización del Protocolo de Enmienda del Acuerdo de Promoción Comercial entre Estados Unidos y el Perú muestra algo más que la culminación del proceso de negociación del TLC bilateral y la aproximación a su ratificación por el Congreso norteamericano. Si el acuerdo mejorará nuestra inserción externa y tendrá un impacto económico neto beneficioso para el Perú, el Protocolo indica también que la negociación original no logró beneficios que pueden definirse como naturales.


En efecto, el Protocolo de Enmienda ha realizado mejoras sustantivas al TLC en diversos sectores que éste debería haber logrado. Así lo revela el nuevo compromiso de no otorgar un mejor trato a la inversión extranjera en relación a la nacional, la obligación de respetar los derechos laborales fundamentales, el requerimiento de no obstaculizar el acceso de medicamentos a todos (en especial los que combaten pandemias o epidemias) o la fuerte atención prestada a la aplicación de normas y acuerdos de protección ambiental (especialmente en materia de control forestal pero también en relación a la capa de ozono, humedales, recursos antárticos o protección ballenera).


Aunque estas mejoras son insuficientes (bien pudieron negociarse beneficios en el capítulo de compras estatales o en el agropecuario teniendo en cuenta el estancamiento de la Ronda Doha), se trata de mejoras fundamentales en relación al acuerdo original.


Éstas son además extraordinarias por provenir más de la contienda política interna norteamericana que del celo negociador peruano. Quizás otra hubiera sido el resultado de no mediar en Estados Unidos un proceso electoral que, según es de dominio público, ha promovido un sesgo más proteccionista y de menor apertura política entre los miembros del Partido Demócrata.


La experiencia debe servir de lección a los negociadores peruanos que, por ideología o debilidad, no entendieron bien el nivel de la asimetría entre las partes, el significado real del trato diferencial, la dimensión política del acuerdo (que fue sacrificada a su dimensión "técnica") o el antecedente de seguridad que fundamentó el ATPA y el ATPDEA (que debió estar presente en cada mesa y ronda negociadora).


Y la lección debe ser especialmente aprovechada cuando, a pesar de las mejoras aludidas, el Protocolo carga la mano a las obligaciones hacia el lado peruano y establece condicionalidades relativas a modificaciones en la normativa peruana antes que en la norteamericana. Por lo demás, no es un dato menor que un acuerdo de libre comercio "OMC plus" tan esforzadamente alcanzado se denomine "acuerdo de promoción comercial" connotando, nuevamente, una disposición concesional.


Si ello es producto de los costos de negociar con la primera potencia, las futuras negociaciones debieran procesar mejor ese hecho para gestionar mejor un par de consecuencias: la estrecha correlación entre la fuerza de una potencia superior y su oferta (es decir, su "plantilla") negociadora y la que existe entre la debilidad de una posición negociadora condescendiente y la escasa masa crítica de la economía nacional.


Del conjunto de estas consideraciones no se concluye, sin embargo, que el resultado sea malo sino que sus beneficios pudieron ser mayores. Aunque el Mincetur los mida sólo en términos económicos (US$ 6 mil millones de exportaciones adicionales y 860 mil empleos hacia el 2014 calificados por el acceso contractual al primer mercado nacional del mundo y un significativo incremento potencial de inversión nacional y extranjera), el acuerdo tiene otros méritos insuficientemente destacados.


El más evidente es el estratégico. El mejoramiento de la relación política del Perú con Estados Unidos que acompañará al TLC vendrá acompañado del mayor arraigo económico del Estado en la economía de mercado y en los valores liberales. Y dado que los TLC son concebidos por el gobierno norteamericano también como un instrumento de seguridad, es esperable que el vínculo correspondiente con la primera potencia se incremente.


La consecuencia inmediata será la mejor disposición de otros interlocutores a negociar (p.e. el caso de Canadá). Si de ello deriva un mejor posicionamiento hemisférico en un contexto de creciente comercio intraregional, el perfeccionamiento del vínculo del Perú con Occidente mejorará notablemente a través del convenio de asociación con la Unión Europea.


Sobre esas bases, el Perú podrá realizar mejores esfuerzos para orientar la integración latinoamericana (hoy fragmentada por la influencia venezolana) y para negociar acuerdos extraregionales (especialmente con el Asia). Para que ello tenga un mejor sustento, será necesario apoyar la aprobación del TLC de Colombia con Estados Unidos (cuya frustración sería un grave error estratégico norteamericano) y promover activamente la asociación con Centroamérica. El arco latinoamericano del Pacífico sería entonces una realidad. EL TLC es un primer paso es esa dirección que implica la mejora sustancial de nuestra inserción externa.



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