• Alejandro Deustua

Perú-Bolivia: Una Oportunidad Perdida

Como es obvio, la visita del Presidente de Bolivia Evo Morales debió ser un acontecimiento de Estado. Pero si su calidad oficial podía reducirse a una de trabajo, el presidente boliviano se esmeró en desmerecerla aún más hasta convertirla en una contienda ideológica cuya informalidad derivó en el maltrato a las autoridades e instituciones que lo recibieron.


A la luz de la exuberancia ideológica del Presidente Morales, era previsible que la visita no enrumbara adecuadamente y que, eventualmente, no ayudara a devolver a la relación peruano-boliviana el nivel que tuvo hasta hace tres o cuatro de años. En anticipación de ello algunos sugerimos, por anticipado, que se conviniera con el Presidente boliviano una agenda estricta regida por un protocolo rígido que impidiera desbordes retóricos y el sacrifico de la agenda de trabajo. Pero el Presidente Morales se esmeró en que ello no ocurriera y apelara, en cambio, a su reconocida beligerancia irredentista.


En efecto, luego de ser condecorado con la más alta distinción del Estado peruano, de entrevistarse con el Presidente García (que, esperamos, le haya recordad la importancia de la relación bilateral), de dirigirse al Congreso y de ser honrado por el Alcalde de Lima, el presidente Morales se refirió peyorativamente al Presidente del Perú, agravió a los congresistas que lo habían recibido (aludiendo, en Villa El Salvador, a mafias legislativas de ámbito regional), despotricó contra las políticas "neoliberales" (que a su juicio el Perú también practica) e impuso la presencia de sus aliados del ALBA (sus representantes diplomáticos, algunos de los cuales también vulneran las normas de conducta propias del cargo que ejercen). En menos de doce horas el Presidente Morales hizo lo posible para que la relación peruano-boliviana no superara el rango deteriorado que precedió su visita.


Aunque la peculiaridad del comportamiento del Presidente boliviano es bien conocida en el exterior luego de más de un año de gobierno, algunos hubiéramos esperado que el intenso empleo de los foros internacionales (que contrastan con su proclamada austeridad) le hubieran reportado alguna circunspección. Ello no sólo no ha ocurrido sino que el Presidente parece haber evolucionado de la confusión de la política interna con la externa a la certeza de que no existe ninguna diferencia entre ellas.


Ello nos lleva a preguntarnos si el Presidente Morales confunde también los requerimientos de un Jefe de Estado con sus antecedentes sindicalistas.


Si se trata del Jefe de Estado boliviano, es evidente que para él la relación con el Perú tiene menos valor que la que sostiene con Venezuela y Cuba. En consecuencia actúa aplicando políticas que ni siquiera hacen sitio al viejo balance de poder promocionando, en cambio, un nuevo predominio suramericano en un estilo bastante futbolero. Ello explica que, el día anterior a su visita, reiterara a Clarín que la correlación de fuerzas en la Comunidad Andina estaba emparejada entre los "neoliberales" García y Uribe (cuyos nombres empleó) y los demás. Para romper ese empate, el presidente Morales convocaba a su aliado venezolano a reintegrarse a la CAN. Para él el predominio antes que la integración (que, por cierto, no es la de los mercados ni la de los valores, sino la de los pueblos) es la orden del día.


Si en el Presidente Morales prevalece, en cambio el sindicalista que sigue siendo, éste parece privilegiar la ideología de su militancia antes que el interés de su Estado. De ello, por reiteración y estridencia, dejó en Lima pocas dudas. Incluyendo aquel patrón de conducta de los dirigentes gremiales que buscan la comprensión del interlocutor agredido para afianzar su autoridad y la cohesión de su sindicato en momentos de apremio. El presidente García pareció comprender ese síndrome cuando prefirió no responder a las provocaciones "antiimperialistas" que le dedicó su colega.


A la luz de la importancia que el Perú sí otorga a su relación con Bolivia cabe preguntarse seriamente entonces cómo tratar con el Presidente de ese país. Quizás la respuesta sea la del funcionalismo de una buena agenda de trabajo. La declaración conjunta suscrita por ambos mandatarios listó una buena cantidad de temas y ámbitos a este respecto. Pero, al margen de la constitución de la reunión de cancilleres y de ministros de Defensa (el 2+2) que homologa ese instrumento de fomento de la confianza con todos nuestros vecinos no hubo grandes novedades.


En lugar de ello, surgieron fuertes preocupaciones sobre la disposición boliviana a negociar con la Unión Europea un acuerdo de libre comercio en el marco de un acuerdo de asociación política. Estas preocupaciones están más que legitimadas por el aborrecimiento del gobierno boliviano a los acuerdos de libre comercio y se incrementan hoy en tanto la mención a ese acuerdo económico no aparece en la declaración peruano-boliviana.


El resto -incluyendo el tratado de general de integración- forma parte de una vieja agenda cuya maduración parece acorde con el largo plazo de ejecución que caracteriza a los acuerdos peruano-bolivianos (el CEBAF, el ALT, la integración fronteriza, la cooperación contra el narcotráfico y el contrabando, etc.). Con un agravante: el contenido de la relación especial establecido por los acuerdo de Ilo de 1992 (una combinación de integración física, zonas francas y convergencia integracionista como núcleo de una relación con Suramérica) ha confirmado su desaparición.


Ello es aún más grave en tanto que los principios que ambos Estados declaran como compartidos en realidad presentan serias divergencias en ámbitos fundamentales: la democracia representativa y el libre mercado. La posibilidad de una relación verdaderamente comunitaria parece, entonces, bastante disminuida.


Esta situación quiso ser compensada con una redundante declaración sobre la hipotética solución al problema de la mediterraneidad boliviana (la posición peruana es conocida desde hace décadas). Ello puede servir para reiterar un mecanismo de seguridad externa al intenso y polarizado debate interno boliviano (y también para que los líderes políticos peruanos de estreno reciente realicen un nuevo descubrimiento), pero, por el momento, para nada más.


i la agenda reiterada ciertamente ocupará la atención peruano-boliviana de corto y mediano plazo, su redundancia regresiva ciertamente es disfuncional a una relación estratégica adecuada y a los requerimientos históricos de ambos Estados. Para recuperarlos con seriedad no bastará indagar sobre, digamos, las posibilidades de integración energética o de la reconquista de la soberanía de los pueblos. El gobierno y la oposición bolivianos tienen que darse cuenta de ello.



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