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  • Alejandro Deustua

ONU: Debate en Tiempos Críticos

20 de setiembre de 2023



Setiembre es el mes del rito multilateral por excelencia. En su transcurso decenas de jefes de Estado o sus más altos representantes llegan a Nueva York para tomar parte en el debate propio de las sesiones de la Asamblea General de la 0NU. Las particulares agendas y enfoques de los participantes hace inviables pronósticos adecuados de resultados. Salvo que se trate de los grandes temas prevalentes.


El Secretario General de ese organismo, Antonio Guterres, intentó la enumeración de esos temas antes de su participación en el debate. La guerra en Ucrania, el cambio climático, la reforma de las instituciones de la ONU (especialmente del sistema financiero multilateral, de los instrumentos de participación y la actualización de competencias técnicas), los problemas de endeudamiento de países menos adelantados, la crisis alimentaria y la desigualdad, la transición energética, los peligros de la fragmentación fueron destacados como los de mayor relevancia.


Si el contenido de ese listado es abrumador, abordarlos en tiempos de grandes cambios estructurales es aún más difícil. La multipolaridad emergente, la precariedad de gobernanza internacional, la reemergencia demandante del viejo “tercer mundo” (hoy denominado “sur global”), la revolución tecnológica, una nueva era climática (“del calentamiento a la ebullición global”) son los prismas con que se abordan los temas principales según el Secretario General.


A la complicación (o desmerecimiento) de esa enorme problemática se prestó la ausencia de los gobernantes de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad (salvo en el caso de Estados Unidos cuyo presidente reiteró su apoyo a la ampliación de ese Consejo y al incremento de capitales de la banca multilateral) y la de algunas potencias medias más relevantes (India, p.e.).


Para no ahogarse en la tormenta, el Secretario General intentó previamente establecer prioridades sin excluir ningún área (Bremmer). Por su impacto global, capacidad divisoria, la propensión antioccidental que genera, el resentimiento de los demás por la marginación de sus plurales problemáticas (manifestado por el presidente de Colombia) y su incidencia en la fragmentación internacional, esa prioridad corresponde a la guerra en Ucrania. Si ésta se resolviera, advirtió previamente Guterres, las posibilidades de afrontar el resto de la agenda mencionada ganaría en eficiencia y compromiso político.


Pero la solución bélica no está a la vista. El presidente de Ucrania, sin embargo, insistió en que su propuesta de paz se mantiene sobre los pilares de la recuperación soberana y la integridad territorial. Sin embargo, su resumen (fin de la instrumentación bélica de los alimentos y la energía, castigo de los crímenes de guerra rusos, retorno de los deportados y retirada rusa) no parece viable de momento.


¿Estamos, entonces, en un callejón sin salida en el que la capacidad de ordenamiento y de sobrevivencia depende, con renovada intensidad, de cada quien y, especialmente de las grandes potencias? Quizás no tanto si las agrupaciones regionales y las plurilaterales cumplieran mejor con sus funciones.


En Occidente, la Unión Europea quiere pensar que ese requisito se solventa con una mayor expansión de esa entidad comunitaria y el desempeño de su nuevo rol de pivote en el sistema internacional (Von der Layen). Los que deseamos que tenga éxito podríamos estar ya en minoría. Y también a la expectativa de que la agrupación de integración voluntaria más exitosa de la historia no incurra, conflictivamente, en sobre-extensiones o en pretensiones de transnacionalización excesiva.


En el lado de “los demás”, el G77 más China (integrado hoy por 134 países y que fue considerado originalmente como el instrumento económico del Movimiento de los No Alineados), acaba de protagonizar en La Habana una experiencia “retro” a caballo de muy actuales necesidades.


En efecto, el reclamo de una nueva arquitectura financiera global -cuya necesidad es ya consensual como ha quedado de manifiesto en las recientes cumbre del G20 y de los BRICS-, fue reiterado por la actual presidencia cubana del G77. Lamentablemente ésta no ha cambiado la ascendencia ideológica del castrismo que orientó su incorporación a ese grupo (el discurso del presidente Díaz-Canel en la Asamblea General, quien recordó a Guevara, fue evidente al respecto).


En consecuencia, no parece sensato afirmar que su participación (y la de sus afiliados) en la gestación de esa arquitectura haya variado hacia posiciones menos confrontacionales (éstas fueron, más bien, actualizadas). Si Cuba marca la pauta de cómo ven esa reforma un grupo de países (que pudieran tener como referencia el Nuevo Orden Económico Internacional del siglo pasado), su reclamo de reformas sistémicas dentro del marco de la ONU es cuestionable en términos de contenidos y métodos.


En este punto, los integrantes del G77 que han tejido vínculos de interdependencia con las potencias mayores tienen una gran responsabilidad moderadora. Pero de ello no se preocupó la presidenta Boluarte en Nueva York, cuyas prioridades parecieron centradas apenas en la promoción de imagen siguiendo el sesgo preferido de algunos ejecutores de política exterior.

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