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  • Alejandro Deustua

La Vía Comercial a Occidente

Es posible que los 13 años transcurridos desde que cambió el sistema internacional no constituyan aún la etapa de “larga duración” que define los puntos de inflexión histórica. Para el Perú, ése es el plazo que ha tomado gestar la decisión que cambiará las condiciones de nuestra inserción externa.


En efecto, desde que, en 1991, el presidente Bush padre anunció la Iniciativa de las Américas como parte de la conformación de un nuevo orden internacional, el Perú se ha visto envuelto en un proceso de realineamiento económico y político con Estados Unidos correspondiente a la expansión del núcleo liberal que caracteriza el cambio del sistema global.


Y si se toma en cuenta que, en 1994, la primera cumbre de las Américas compromete el ALCA en las inmediaciones de la conclusión de la ronda Uruguay (que crea la OMC) y del NAFTA (que inicia la expansión comercial hemsiférica norteamericana a través de acuerdos bilaterales), concluiremos que las negociaciones que se iniciaron en Cartagena este 18 de mayo son parte de una poderosa corriente de apertura comercial de la que el Perú forma parte. Ella empieza a concretarse en gran escala con la decisión de ir a un acuerdo con Estados Unidos adoptada el 28 de julio del 2001 cuando el Representante Comercial de ese país, el señor Zoellick, encabezó la delegación norteamericana que concurrió al cambio de mando.


Sin embargo, a lo largo de los 7 años que transcurren entre 1994 y el 2001, la organización del tipo de integración que vincularía al Perú con Estados Unidos siguió caminos variados. A pesar del afán fujimorista de quebrar la prioridad andina y promover la “integración con el mundo”, el Perú entendió su relación comercial con la gran potencia a través de la concesión norteamericana de libre acceso a su mercado (el ATPA, luego el ATPDEA) y mediante la gran negociación hemisférica que debía priorizar la convergencia entre los acuerdos subregionales existentes.


Pero el Perú quebró la propuesta de negociación en grupo al suscribir con el Brasil, el año pasado, un acuerdo de complementación económica expandido al MERCOSUR (que aún resta perfeccionar) seguido de su incorporación como miembro asociado de esa organización. La fragmentación andina estimuló esa decisión y terminó de abrir las puertas para la aproximación bilateral a la gran potencia azuzada por el eventual vencimiento, el 2006, de la apertura concesional norteamericana. Para lograr lograr la plena inserción comercial en Occidente, el Perú insistió además en la alternativa bilateral con la Unión Europea que la Comisión de la UE prefirió replantear en el marco de la Comunidad Andina.


Mientras que el Perú viraba hacia el bilateralismo –y no se preparaba internamente- en su aproximación a Occidente, desde 1991 Estados Unidos ha mantenido una política de “apertura de mercados” que emplea discrecionalmente el instrumental multilateral, plurilateral, bilateral y unilateral. Frente al empantamiento de la ronda Doha, emprendió una intensa campaña de negociación de acuerdos bilaterales de libre comercio (sólo este año ha formalizado seis que se sumarán al que, tarde o temprano, negociará con el MERCOSUR bilateral o plurilateralmente).


A través de vías y objetivos distintos (el de la inserción y diversificación en el caso peruano, el de la expansión en el caso norteamericano), Perú y Estados Unidos convergen hoy, en una marco de negociación grupal con Colombia y Ecuador, en el interés de consolidar la integración hemisférica –de la que el ALCA debe dar dudosa cuenta el 2005- y la expansión de Occidente. Los costos a pagar por ello dependerán menos de una negociación con escaso margen de acción (que, por tanto, debiera honrar el principio de equidad comprometido no en términos procesales –mayores plazos de desgravación- sino sustantivos y recordar el principio que establece que es mejor ningún acuerdo a un mal acuerdo) que por la forma cómo manejaremos el shock que producirá la concentración de los beneficios en los sectores más avanzados, cómo se fortalece a los que podrán acomodarse y cómo compensamos a los perdedores. En la misma perspectiva debemos evaluar cómo se logran las ganacias de mercado, seguridad, status y piso democrático sin pagar un alto precio en condicionamiento de la política exterior, desarticulación del mercado suramericano, desequilibrios de balanza de pagos, sacrificio de ciertos sectores e insatsifacción de necesidades básicas. El precio de la integración a Occidente no debe llevarse de encuentro a los ciudadanos que desean integrase.

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