• Alejandro Deustua

La Crisis del Comercio Intrasuramericano

La próxima cumbre de Unasur en Quito podría estar sensatamente dominada por una evaluación conjunta de la crisis económica y de las medidas necesarias para afrontar un proceso larga recuperación. Aún considerando la escasa coordinación de políticas nacionales al respecto (aunque la mayoría de los suramericanos ha empleado políticas fiscales y monetarias anticíclicas) ello sería razonable frente a la considerable disminución del crecimiento, el incremento del malestar social emergente y la erosión consecuente de la gobernabilidad en el área.


Sin embargo, es posible que el regionalismo cerrado que algunos Estados promueven sobredimensione la discusión política a propósito de dos escenarios perfectos para ello: el golpe de Estado en Honduras (tan conmovedoramente explotado por los miembros del ALBA) y la apertura de bases colombianas a personal militar norteamericano (tan beligerantemente cuestionado por quienes minimizan la amenaza narcoterrorista y maximizan las “imperiales”). Si la confrontación ideológica y estratégica sobre este acápite fuera inevitable, los presidentes suramericanos habrán perdido una oportunidad para tratar asuntos tan importantes para sus gobiernos como las consecuencias políticas de la sustancial reducción de ingresos por exportaciones en economías que dependen vitalmente de éstos.


Especialmente cuando la contracción exportadora es mayúscula (26% en promedio) y está referida exclusivamente a la crisis. Frente a este gravísimo shock externo, que ha motivado recientemente la preocupación del Club de Madrid, los presidentes suramericanos deberían concentrarse en evaluar la vulnerabilidad del sector externo, su impacto de largo plazo y lo que harán al respecto. Si, para empezar, las economías más “antiimperialistas” del área están entre las que más dependen de los precios de los commodities (Venezuela, Ecuador y Bolivia), bien harían sus presidentes en discutir con sus colegas también primario-exportadores sobre cómo acceder mejor a los mercados y diversificar sus exportaciones en un contexto de globalización que, aún disminuido, no desaparecerá. Al respecto podrían empezar discutiendo, por ejemplo, el dinamismo que debería registrar el comercio intrarregional para compensar la contracción del intercambio extrarregional. A la luz de las tendencias de fuerte crecimiento de los flujos intrarregionales pre-crisis registrados por la OMC, éstos merecen, claramente, el concepto de “estratégicos”. Pero esa tendencia parece haberse interrumpido en la región. En efecto, según ALADI la participación del comercio intrarregional entre sus diez principales miembros ha descendido en el primer trimestre del año de 17.5% a 16.4% del total. Ello ha implicado una caída de las exportaciones e importaciones intrarregionales de 27.2% y 25.1%, respectivamente. Tal reducción está fuertemente marcada por una contracción de 36% en el comercio entre Brasil y Argentina, el núcleo comercial del MERCOSUR y de Suramérica (a cuya dinámica debilitante se ha sumado Chile en menor proporción).


Así, lejos de compensar la reducción del comercio extrarregional, el intrarregional se ha reducido proporcionalmente más que aquél. Aunque la ALADI no lo explica, ello se debe sin duda al deterioro de la capacidad de compra de nuestros agentes económicos afectados por la falta de ingresos extrarregionales. Pero una explicación tan o más poderosa es el extraordinario peso que siguen teniendo las materias primas y de commodities con escaso valor agregado en los intercambios intrasuramericanos.


Si en medio siglo de esfuerzos nuestras economías no han logrado sustituir de importaciones para generar industrialización y mayor creación de comercio regional es evidente que la integración no está funcionando. Y ello no se debe sólo a causas estructurales concentradas en el “centro” sino a pésimas políticas nacionales. Para superar esta grave situación, que incrementa la desventaja estratégica de la región frente a Asia, un comercio compensado y sin inversión (como el que desean los miembros del ALBA) ciertamente resulta letal.


Si ello es peor que concentrar el esfuerzo de promoción del comercio sólo en la generación de infraestructura (que, sin embargo, es indispensable), el desafío a los presidentes en la cumbre de Unasur consiste en promover un comercio menos dependiente de productos básicos y articular mercados de escala de una manera satisfactoria para la mayoría.


Sin embargo, la hostilidad política y estratégica de los miembros del ALBA en materia de seguridad es tal que es posible que el Unasur pierda una oportunidad más.



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