• Alejandro Deustua

G7: Nuevo Derrotero o Nuevos “Compromiso“

El consenso entre los países desarrollados para cooperar en el enfrentamiento global del COVID-19 y en la aceleración del proceso de la reconstrucción de la economía mundial parece intensificarse.


Así lo indican las conclusiones de la reciente cumbre del G7 realizada en Cornwall (Inglaterra) entre el 11 y 13 de este mes. Ese resultado es convergente con los compromisos del FMI y el Banco Mundial para seguir impulsando las economías nacionales con financiamiento extraordinario e incrementar el aprovisionamiento de vacunas para concluir con la pandemia.


Sin embargo, el G7 no acompaña el grado de cooperación comprometida con disposiciones específicas y cuantificables. En efecto, los principios y normas que debe regir esa asociación se ha reiterado y clarificado. Pero las reglas y procedimientos con los que deberían éstos implementarse no aparecen aún en los libros de contabilidad.


Sin embargo, es imposible desconocer el efecto multiplicador global que tendría, de realizarse, el compromiso de esa agrupación para su propia reconstrucción económica. Para empezar, ésta implica mayor convergencia con las políticas de los organismos financieros multilaterales orientadas a favorecer, de la manera que reclama la urgencia, la asistencia del Estado en economías abiertas.


En ese marco, el valor excedentario de la cooperación al interior de la agrupación de mayor poder económico de Occidente, podría orientarse, de manera operativa, a través el FMI y el Banco Mundial aunque esa opción no esté recogida en los comunicados o declaraciones finales.


La fuerza de ese “derrame”, que se debiera expresar por lo menos en mayor demanda de los países desarrollados, se grafica en la potencia de los US$ 12 trillones (millones de millones) ya colocados en el proceso de recuperación de esas economías y en la que sumará a ese stock según lo acordado en Cornwall.


Tal erogación, equivalente grosso modo a algo menos del 50% del PBI estadounidense, va potencialmente acompañado de una dimensión asistencial no vista desde la época de Franklin Roosevelt y de un cambio de objetivos. Estos últimos debieran transitar del simple apoyo a las economías a la promoción activa de su crecimiento. Ello debiera involucrar un mayor rol del Estado en la promoción multidimensional del empleo, la inversión en infraestructura e innovación y en prácticas inclusivas (“no dejar a nadie atrás”).


Si ese compromiso se realiza, se estaría confirmando el abandono del liberalismo laissez faire en Occidente y su tránsito a una aproximación más vinculada al espíritu reconstructor del Plan Marshall y a responsabilidades más keynesianas en las economías mayores.


Este cambio fundamental de enfoque económico no es minimizado por la ausencia de Rusia (que, aunque no pertenece al G7, fue excluida del G8 en 2014, a raíz de su ilegal anexión de Crimea) ni el de China (que sólo se reúne con el G7 en el ámbito del G20 a pesar de que alcanzará la magnitud económica de Estados Unidos próximamente y practica como es conocido un capitalismo de Estado renovadamente intervencionista).


Al respecto de recordarse que el núcleo económico de Occidente presenta intensa fricción estratégica con ambas potencias. Si el conflicto estratégico merma la eficiencia de la cooperación económica global, ésta quisiera fortalecerse desde el centro de Occidente.


Pero al margen de estas consideraciones, la importancia global de ese cambio de políticas en el núcleo de la economía del Occidente desarrollado consiste en el señalamiento de un posible nuevo derrotero para los países en desarrollo (que, sin embargo, no formaron parte explícita de la agenda de Cornwall).


Ese derrotero se debiera reflejar en estos países al menos en dos maneras. La primera, consiste en que los países en desarrollo encuentren una nueva legitimidad en la práctica de políticas de intervención emergente en los ámbitos social y de promoción del crecimiento. Especialmente si, en el proceso, estos países obtienen el apoyo del FMI y del Banco Mundial.


Como resultado colateral, se estaría removiendo de la actitud externa de las economías pequeñas, como la peruana, el peso de las imputaciones al “imperialismo” y al “neoliberalismo” de las inequidades y defectos que justifican la existencia de ciertos partidos que aspiran al poder entre nosotros. En el Perú sería deseable que Perú Libre lo entendiera y que viera en ello una oportunidad de provecho nacional y un freno a su ánimo de desinserción externa.


La segunda manera de entender el nuevo derrotero que emprende el G7 es evaluar la oportunidad que presenta a las economías pequeñas, el compromiso para el fortalecimiento y expansión de las asociaciones de esa agrupación en el mundo en desarrollo (especialmente con África). Si bien el G7 es un régimen informal y, por tanto, su capacidad de asociación corporativa es menor, ello no ocurre con sus integrantes que son quienes adquieren los compromisos. Para que éstos cuajen, en lo que nos toca, se requerirá que las pequeñas economías (como la peruana) se mantengan abiertas.


De otro lado, los ámbitos del medio ambiente y de la expansión de los valores liberales son escenarios que no por estar en la agenda reciente del G7 deben dejarse de lado. En lo que toca a Perú Libre, que quiere llegar al poder aprovechando uno de esos valores –el democrático- pero no los demás, se requiere que es partido evalúe nuevamente la inconveniencia de abandonarlos a pesar de la naturaleza marxista del partido.


Finalmente, el G7 se ha comprometido a ayudar a “vacunar al mundo”. Al respecto, la agrupación recuerda que ya ha dispensado 2 mil millones de dosis. Pero no ha fijado un mayor y concreto horizonte de aprovisionamiento concreto.


Esto es preocupante porque, sólo para el programa COVAX (que ya ha distribuido 70 millones de dosis), se requiere mucho más. Al respecto, la promesa de Estados Unidos de proveer, en cantidades distintas a 100 países con 500 millones de dosis (y 100 millones en el caso de la Unión Europea) son ostensiblemente insuficiente si lo que se requiere, para el total mundial, son aproximadamente 10 mil millones de dosis.


Al respecto, el G7 debe repensar su predisposición a no levantar temporalmente las licencias para la producción de vacunas en el resto del mundo bajo la supervisión de las empresas involucradas. Y/o simplemente producir más y más eficientemente con cooperación de los países en desarrollo.


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