• Alejandro Deustua

Elecciones, Crisis y Reordenamiento Regional

A un mes de la imponderable elección presidencial peruana, Suramérica mantiene un curso inestable halado por los efectos de la creciente autocracia venezolana y del probable desafuero de la presidenta Rousseff. Además, así como los costos propios del ajuste argentino empiezan a expresarse temporalmente en el recorte del poder adquisitivo ciudadano y en la protesta sindical, el mantenimiento del curso económico en el Perú (con las modificaciones del caso) será quizás acompañado con un incremento de la inestabilidad social debido a la quiebra del débil consenso político interno.


En este escenario regional (que incluye la fuerte caída de credibilidad del presidente Santos en Colombia en momentos de fuerte cambio estratégico -la fase final de las negociaciones con las FARC-, una nueva fricción interna ecuatoriana que afecta al sistema financiero y los efectos ciudadanos de la desaceleración chilena), parece claro el ingreso suramericano a un período de desequilibrio adicional al marcado por la crisis global del 2008. El nuevo balance depende de potencias que no pueden establecerlo solas, menos cuando las políticas exteriores del conjunto deberán ser revisadas sin ayuda del contexto internacional.


Aunque el escenario más contencioso corresponde a Venezuela (su rebeldía frente a la eventual aplicación de la Carta Democrática es una factor desestabilizador adicional), el creciente riesgo económico que degrada el mercado brasileño y la incertidumbre política que proviene de la inconsistencia de las autoridades que sustituyan eventualmente a la presidenta Rousseff definen a la mayor potencia suramericana como el mayor generador de desequilibrios regionales.


En efecto, la masa crítica de los problemas que la afectan (economía fuertemente recesada y desequilibrios macroeconómicos crecientes, instituciones cuestionadas –salvo parte del Poder Judicial-, corrupción intensa y generalizada en el ámbito microeconómico, desconfianza ciudadana al alza, fragmentación política descontrolada) es tan intensa que es difícil que ese shock interno no afecte a su política exterior.


La perspectiva optimista de esta crisis radica, como se sabe, en la gran oportunidad de corrección que se le ofrece a esa mediana potencia. Si ello implica un cambio de rumbo con repercusión en el sector externo, un nuevo escenario estratégico se consolidará en Suramérica siguiendo la tendencia de pérdida de fundamentos del grupo subregional que quebró el consenso suramericano de finales del siglo XX (tan favorecido por el gobierno del presidente Lula). Pero si la realidad del cambio de orden interno en la región es que éste traerá costos, cabe preguntar cuánto tiempo pasará antes de que un nuevo orden subregional se arraigue en el área.


Tal interrogante no tiene respuesta fácil. Especialmente si el Brasil verá limitada su capacidad ordenadora mientras su política exterior es replanteada en objetivos y gestión.


Tal incertidumbre se fundamenta en el argumento de que un conjunto sustantivo de variables de política exterior brasileña ha sido mellado por la crisis. Ellas no se limitan a los efectos negativos de flujos comerciales y financieros con serio impacto global (p.e. incremento de la fragmentación del grupo BRICS -cuyo deterioro es anterior- y parálisis del IBSA) y con efecto regional (p.e. la seria afectación de la integración –y especialmente al MERCOSUR-). Ese conjunto incluye también la fuerte erosión de credibilidad de agentes públicos y privados de relacionamiento externo (p.e. PETROBRAS y BNDES entre los públicos y casi todas las grandes empresas constructoras y de energía de fuerte arraigo entre los vecinos y con clara proyección global).


La política exterior brasileña se refleja además, como lo sostiene Tullo Vigevani, en pérdida de capacidades intangibles. Es decir en importante erosión de prestigio, de influencia (Vigevani insiste en llamarla soft-power) y de capacidad de negociación. No siendo Brasil una potencia militar comparable a China o India entre los BRICS, estos pasivos son extremadamente dañinos.


Su recuperación indispensable no será asunto de corto plazo. Como no lo será el establecimiento de un nuevo orden estable en Suramérica. El nuevo gobierno peruana debe estar alerta al respecto.


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