• Alejandro Deustua

El Foro Social y el Foro de Davos

Si las necesidades básicas de la persona son múltiples, lo sensato es segmentarlas para satisfacerlas mejor. Por razones exclusivamente funcionales, en consecuencia, no es un barbarismo recurrir a la metáfora del “individuo político” o del “individuo económico”.


Así, si el Estado o la sociedad colocan al “individuo político” en el centro de la preocupación estatal, esa propuesta liberal será razonables siempre que se entienda que la provisión del bien común requiere de imprescindibles instituciones que sirvan a la sociedad. Y que éstas son esencialmente estatales.


De la misma manera poner al “individuo económico” en el núcleo de las obligaciones de la organización política es acertado siempre que ésta se ocupe, especialmente en tiempos de crisis, de generar o mantener el escenario normativo apropiado para la creación de riqueza a través de la empresa cualquiera que fuera su actividad legal o dimensión. Ese escenario sólo puede llamarse “mercado”.


Pero colocar al sujeto laboral en el núcleo de la preocupación estatal de manera antagónica al sujeto capitalista es tan absurdo como creer que el fraccionamiento metafórico entre “individuo económico” e “individuo político” es real.


A ese absurdo recurre, sin embargo, el Foro Social que se desarrolla en Brasil pretendiendo contrapesar, circunstancialmente, el poder que se congrega en Foro Económico Mundial y que se realiza en Davos.


Por lo demás, no son “los pueblos” lo que se reúnen en Brasil sino particulares exégetas sociales militantes de ciertas ONG además de un puñado de Jefes de Estado que plantean algo más allá que “una globalización más justa” (el objetivo nominal del Foro que es inauguró en el 2001 también en Brasil).


Estos gobernantes usan esa plataforma para impulsar la vaga ideología del “socialismo del siglo XXI” que encabezan los señores Chávez y Morales y a la que adscriben, con alguna distancia los señores Correa, Lugo y da Silva (éste último algo más cercano al Partido de los Trabajadores del Brasil y más lejano de la que practica el presidente Lula como representante de una potencia emergente de alcance global).


La más reciente definición de ese nuevo socialismo proviene de uno de estos Jefes de Estado que, abandonando la calidad de su representación, sostuvo que aquél se basa en la gran novedad de la primacía del trabajo sobre el capital y en la denigración del esfuerzo reformista (denominado “neoliberalismo”) practicado, ciertamente con no escasos excesos, en América Latina en las últimas dos décadas.


Los que pensamos que la región debe mejorar su inserción externa y distribuir mejor su riqueza esperábamos encontrar nuevas pistas entre tanto afán de justicia. Pero he aquí que nos topamos con una definición neodecimonónica del socialismo regional contemporáneo tan insustancial como la adscripción del término “neoliberal” a toda corriente del liberalismo. . Esta definición resulta tan agreste como indiferente a la necesidad de apurar el progreso (conocido mejor como “catch-up”) en el área o a la necesidad de acumular capacidades (una de ellas es, obviamente, el capital vinculado a la innovación tecnológica), a la formación de clases medias, a organizar mejor el proceso de urbanización, a superar la pobreza y a ocupar productivamente el territorio.


Por lo demás, ese socialismo (que parece tan ligado a la teología de la liberación como al marxista clásico) es obviamente inmune al interés de procurar todo esto en apertura e interacción creativa con interlocutores extrarregionales, grandes y medianos, y plena participación multilateral sobre la base de un escenario regional mejor constituido.


A esta construcción regional no contribuye el Foro Social que se realiza en Brasil en tanto que, lejos de tender puentes con Estados que comparten realidades más o menos equivalentes, los alejan ética, ideológica y estratégicamente.


Y lo hace afirmando un espíritu gremial antagónico que se sustenta en la experiencia frustrada de la década de los 70 en el que la ideologización extrema de la política, de la economía y de las relaciones internacionales produjo un momento de prosperidad aparente en la región, sólo para pasmarse luego en la década perdida de los 80 y en una confrontación innecesaria, imprudente y esterilizadora con los países desarrollados.


Ello es tan evidente, que los mecanismos de integración regional inspirados en las corrientes ideológicas de aquella década están todos en crisis mientras que los esfuerzos que se realizan para renovarlos son insustanciales y apresurados.

En estas épocas de quiebra sistémica la región necesita reorganizarse en consonancia con nuevas realidades de interdependencia manifiesta, empezando por el sistema interamericano, la Unión Europea y ciertos países asiáticos. A ello, antes que la canción protesta del Foro Social, deberíamos dedicarnos para que el Estado participe mejor en el sistema internacional y individuo esté mejor servido.



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