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  • Alejandro Deustua

El Estado de la Unión, 2006

1 de febrero de 2006



El Estado de la Unión ciertamente es el mensaje anual más esperado en Estados Unidos y uno de los más aguardados en el mundo en tanto refleja la situación actual de la primera potencia y la proyección anual de sus principales políticas. Aunque este año no es uno de crisis internacional mayor, la creciente inestabilidad en el Medio Oriente (en un marco de avances democráticos), la desacelaración y los desbalances económicos norteamericanos (en un contexto de cambio de posta en el FED) y, especialmente, la continua erosión del consenso interno en la primera potencia, hicieron del segundo mensaje del segundo mandato del presidente Bush uno de particular importancia.


A esa situación el presidente norteamericano respondió con una de las propuestas de política más seguras: el sostenimiento del curso en todos los frentes menos en el energético. En consecuencia, por enésimo año consecutivo, América Latina puede replantear (justificadamente) su inveterada crítica: dado que hoy no tiene una prioridad relevante para la primera potencia tampoco se le ha considerado esta vez como un socio destacado. La crítica es más seria (pero menos sostenible de lo que se cree) si se tiene en cuenta la importancia explícita y excluyente concedida al Medio Oriente y al Asia en el discurso norteamericano. Con esta visión general, el señor Bush insistió, en el ámbito de la seguridad, en mantener el liderazgo internacional norteamericano, en el requerimiento vital de no retirarse de los escenarios donde está empeñado hasta que el objetivo sea logrado (Irak, especialmente) y en sostener su compromiso con la promoción democrática como responsabilidad histórica con la libertad como derecho universal (aunque respetando las especificidades locales). Aunque ello contraste con el anuncio (anticipado por otras autoridades) de que hacia finales de año la presencia de tropas aliadas disminuirá en Irak a menos de 100 mil y con la preocupación de una buena mayoría por el lento progreso de la reconstrucción y sus altos costos (WP), el Presidente insistió, correctamente, en el interés vital norteamericano de consolidar en Irak un gobierno democrático sustentable, de no ceder frente al desafío terrorista en el área (que desea convertir a ese país en una violenta base antioccidental) y en impedir el vacío de poder en el área.


Desde el punto de vista de la voluntad política y del uso de la fuerza, no quedó en este punto ninguna duda sobre la decisión norteamericana de cumplir con sus responsabilidades internacionales (o con lo que se percibe que éstas son). Dado que, al respecto, existe un mandato de la ONU concurrente con el interés norteamericano (que, lamentablemente, no fue mencionado), la comunidad internacional debe darse por bien servida con este anuncio aunque discrepe con los métodos (como discrepa la oposición norteamericana al respecto).


Especialmente cuando Estados Unidos y los otros cuatros miembros permanentes del Consejo de Seguridad parecen dispuestos a cooperar para resolver el serio problema de proliferación nuclear en el Medio Oriente que propone Irán (aunque sostengan al respecto puntos de vista distintos para llevarla a cabo). La comunidad internacional deberá felicitarse también del espíritu de cooperación del “Cuarteto” (Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y la ONU) destacado en función del problema que presenta el nuevo gobierno palestino: el Hamas debe reconocer la existencia de Israel, renunciar al terrorismo, desarmarse y disponerse a negociar de acuerdo a la Hoja de Ruta y los acuerdos de Oslo.


En esta perspectiva puede decirse que este mensaje ha puesto en evidencia implícitamente que el parcial unilateralismo norteamericano está cediendo paso a una aproximación más cooperativa en el trato de fundamentales problemas de seguridad sin renunciar a su propia iniciativa.


Al respecto una nueva discusión puede plantearse: aunque estos problemas de seguridad tienen implicancias globales, su formato es regional y siguen siendo dominantes sobre el resto de la agenda norteamericana. Si ello es complementado por otra aseveración innovadora del presidente norteamericano –que el sostenimiento de la posición en Irak tiene menos connotaciones idealistas y más realistas-, cabe preguntar cuál será, en el futuro, la relación cooperación/confrontación en la aproximación de Estados Unido a la región (una de las respuestas se encuentra, como se verá, en el acápite económico).


En el acápite económico el enfoque estratégico también dominó el discurso: la emergencia de competidores asiático (China e India) requiere una respuesta norteamericana para mantener la primacía, la dependencia petrolera de fuentes inseguras debe atenuarse radicalmente y la calidad de primera potencia económica reclama la consolidación de las actuales políticas económicas.


Si las políticas de largo plazo planteadas en relación al primer y tercer tema fueron más bien de carácter doméstico (incrementar la competitividad mejorando la educación en ciencias y matemáticas, en un caso, y consolidar –controversialmente- la rebajas tributarias de principios del gobierno, en el otro), para el segundo acápite el presidente Bush planteó un desafío de jerarquía geopolítica: disminuir en 75% la dependencia del petróleo del Medio Oriente para el 2025. Si la alternativa de la energía renovable (p.e. etanol, gas) y la que pueda derivarse de nueva tecnología (p.e.hidrógeno para automóviles.) puede considerarse como un propuesta adecuada a una economía moderna, la respuesta de los países de la OPEP y de las empresas petroleras no se hizo esperar: el planteamiento no es realista, inhibirá la inversión en el desarrollo de nuevas fuentes y creará problemas potenciales de satisfacción de una demanda creciente. Pero en, tanto Estados Unidos compra a los exportadores del 40% de la producción mundial el 20% de las importaciones norteamericanas, la demanda potencial de ese país sobre los que le venden el 30% de sus compras (Canadá, México y Venezuela) se fortalece potencialmente con un añadido: la interdependencia energética del hemisferio americano se incrementará y la del Medio Oriente podría orientarse más a Europa, China e India. Una nueva división internacional del trabajo en materia energética orientada regionalmente estaría por emerger. Y en ella el rol latinoamericano tendería a vigorizarse sustantivamente. En consecuencia las filiaciones pro (México, Canadá) y antinorteamericanas (Venezuela) adquirirán en esta materia nuevas connotaciones ofreciendo oportunidades a otros productores como Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia e innovarán escenario como el ALCA. De acuerdo a estos anuncios América Latina sabe a qué atenerse aunque no se haya dicho nada concreto sobre ella: la región será un socio económico de importancia creciente y su dimensión estratégica y de seguridad tenderá a colocarse cada vez más cerca del foco norteamericano. Especialmente si la región se mantiene fiel a los principios políticos del liberalismo político y económico y consolida su inserción occidental sobre esa base. El discurso sobre el Estado de la Unión puede no haber dicho nada concreto al respecto pero esa es la tendencia.

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