• Alejandro Deustua

El Acuerdo del P5+1 e Irán

Los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad y Alemania (P5+1), la Unión Europea e Irán acaban de suscribir el acuerdo más importante del Medio Oriente en muchos años al punto de que, si se ejecuta, es capaz de inaugurar efectivamente una nueva era en esa conflictiva región.


Su trascendencia se deriva tanto de sustancia como de sus efectos. En relación a lo primero, el acuerdo trata de una materia específica de las relaciones internacionales (el control de armas y la no proliferación), no incluye preocupaciones territoriales ni de identidades nacionales (tan dominantes en el área) y es suscrito entre el núcleo duro de la comunidad internacional, de un lado, y un Estado constituido (Irán), del otro.


La relevancia de ese punto, que se refiere a la calidad del sujeto, es especialmente virtuosa en contraste con un escenario donde proliferan los Estados fallidos (aunque el Estado en cuestión –Irán- haya tenido un rol desestabilizador como agente beligerante a la busca un nuevo un nuevo orden regional desde finales de la década de los 70 del siglo pasado).


De otro lado, la trascendencia de este acuerdo básico consiste en que, a pesar de que se trata de un entendimiento preliminar para lograr un tratado final que se negocia desde ahora hasta el 30 de junio en el que nada está acordado hasta que todo esté acordado, aquél contiene los parámetros fundamentales de ese futuro tratado. Estos parámetros han sido de tal importancia que se han formalizado cuando los plazos ya estaban vencidos manteniendo al núcleo duro de la comunidad internacional en la mesa de negociaciones con el propósito de evitar que un Estado –Irán- adquiera la capacidad de desarrollar, de momento, el arma nuclear.


Sin embargo, el acuerdo presenta problemas de una triple condición por lo menos. Primero, los “parámetros abarcadores para un plan de acción conjunta”, siendo preliminares, no aseguran que sus contenidos vayan a poder desarrollarse efectivamente. Segundo, los parámetros se refieren sólo a la suspensión iraní de actividades nucleares no pacíficas por un determinado plazo (10,15 y 25 años dependiendo del compromiso) y no a su cancelación. Y tercero, Israel ha reaccionado contra el acuerdo de manera radical al punto de que el recientemente reelecto Primer Ministro Benjamín Netanyahu no sólo lo ha calificado como un “mal acuerdo” sino como uno que pone en riesgo la seguridad de su Estado.


Esta última no es, obviamente, la opinión de Estados Unidos, China, Rusia, Francia, el Reino Unido ni la de Alemania que han suscrito el acuerdo fungiendo, en conjunto, como la contraparte principal de Irán (la gran asimetría de poder no ha buscado una imposición que hubiera impedido el trato).


Y no lo es porque el acuerdo apunta a disminuir sustantivamente las capacidades nucleares iraníes reduciendo centrífugas, limitando sus capacidades de enriquecimiento de uranio por debajo de un límite crítico (y aumentando el tiempo necesario que dispondría Irán para lograr material para construir un arma nuclear de 2 meses a un año), empequeñeciendo durante un plazo largo las vinculadas al enriquecimiento de plutonio, procurando la supervigilancia obligatoria por el Organismo Internacional de Energía Atómica de los sitios y cadenas de aprovisionamiento nuclear iraní, de sus lugares de almacenamiento y de sus plantas de enriquecimiento y obligando a Irán a desmontar su planta de generación de plutonio enriquecido. Finalmente, Irán se mantendría dentro del tratado de no proliferación nuclear.


A cambio de ello, las sanciones norteamericanas, europeas y las del Consejo de Seguridad vinculadas a la amenaza nuclear iraní serían levantadas progresivamente permitiendo a esa potencia mejorar sustancialmente su potencial de desarrollo. Esas medidas, sin embargo, podrán ser repuestas si Irán incumple mientras los Estados Unidos mantiene su “arquitectura” coactiva para reimponer sanciones sobre la marcha mientras reitera la defensa de sus aliados en el área (especialmente a Israel).


Sin embargo, son obvias las razones para desconfiar de Irán a la luz de su trayectoria revisionista, beligerante y de proliferación nuclear (asistida por científicos paquistaníes). Más aún cuando Irán desempeña un rol de apoyo a agrupaciones terroristas (el Hezbollah, entre otros) y es el núcleo del enfrentamiento con los Estados sunitas (o lo que queda de ellos) en el Medio Oriente y el Golfo Pérsico.


De allí que Israel muestre una oposición radical al acuerdo (que ha incluido la afectación israelí del liderazgo de la Casa Blanca en la conducción de la política exterior de la primera potencia al aceptar el Primer Ministro Netanyahu, contra la voluntad del Ejecutivo norteamericano, una invitación del sector republicano del Congreso para tratar la materia) en el supuesto de que Irán incumplirá mientras gana tiempo para desarrollar el arma nuclear que pondrá en mayor peligro la capacidad de supervivencia israelí.


Sin embargo, las autoridades de Israel no parecen cerrarse a todo trato. Así, el Ministro de Inteligencia y de Asuntos Estratégicos israelí, Yuval Steinitz, ha propuesto cambios en el acuerdo para asegurarse de que Irán no explotará sus vacíos. Estos se refieren a terminar con las centrífugas más sofisticadas iraníes, a una reducción significativa de las centrífugas que podrían retornar nuevamente a un status operativo, al cierre de las facilidades de enriquecimiento del centro nuclear subterráneo de Fordo, al incremento de la transparencia iraní sobre sus desarrollos nucleares de objetivos militares, al compromiso del traslado al exterior del stock de uranio enriquecido iraní y a la capacidad de los inspectores de acceder a cualquier sitio en cualquier momento (NYT).


Un buen número de estas iniciativas ya forman parte embrionaria del acuerdo sobre parámetros o están mencionadas en él aunque con menor intensidad de propósito. En consecuencia, las negociaciones que se llevarán a cabo hasta el 30 de junio bien podrían considerarlas.


De otro lado, al tanto de que un acuerdo con Irán puede alterar para mal la red de socios y aliados árabes de Estados Unidos, el Presidente Obama ha invitado a varios de los líderes del Golfo Pérsico para reasegurar su respaldo y, probablemente, para discutir los cambios de balance que ocurrirán en el Medio Oriente y el Golfo en el contexto de enfrentamientos religiosos extrapolados que han rigidizado los alineamientos chitas y sunitas.


Si el acuerdo nuclear con Irán llega a buen puerto y se cumplen sus previsiones el escenario rediseñado reclamará un acuerdo palestino-israelí con mayor urgencia. Lamentablemente, este requerimiento se dará en el marco de divisiones ciudadanas mayores en el propio Israel con el potencial de desandar lo andado si es que el acuerdo de Lausana efectivamente da sus primeros pasos.


En América latina debemos estar al tanto y, en la medida de lo posible, prestar nuestra colaboración como miembros del tratado de no proliferación en vez de instigar la confrontación como hoy hace Venezuela y algunos de sus socios.


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