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  • Alejandro Deustua

Crisis multidimensional

La reciente crisis haitiana muestra cómo la quiebra de un Estado pequeño y sin más influencia que no sea la de su propia decadencia puede generar impactos múltiples en el ámbito regional, extraregional y global.


En primer lugar el drama haitiano nos permite observar, en nuestro propio vecindario, la materialización final de un proceso de inviabilidad estatal cuyo síndrome más de un vecino padece. Si luego de 1804, la primera república independiente de América después de Estados Unidos sólo pudo ser dirigida por la dictadura, el caudillaje y la violencia, el gobierno de Aristide ofreció la única expectativa democrática que ahora fenece. Instalado en 1994 con apoyo militar y económico norteamericano (US$ 850 millones de asistencia hasta la fecha) y, luego de un paréntesis, reelecto el 2000, Aristide no pudo evitar el fraude electoral parlamentario, el resentimiento institucional derivado de la disolución de una perversa fuerza armada, el surgimiento extraordinario de facciones político-militares, la gangrena de la corrupción ni la fuerte influencia del narcotráfico y del tráfico de armas. En este contexto, la incapacidad presidencial ­y de la oposición­ de lograr un mínimo de gobernabilidad y de aliviar los estragos de la pobreza extrema en el país más pauperizado del hemisferio sólo fue equivalente a su lentitud para aceptar un plan del CARICOM para mantenerse en el poder. Ahora, mientras Aristide se exilia, su país espera ser refundado con apoyo externo si la anarquía no sigue avanzando, el vacío de poder no es demasiado grande y si la primera potencia se abstiene de tentaciones coloniales.


Simultáneamente asistimos al incremento de la pérdida de operatividad del régimen colectivo de protección de la democracia representativa de la OEA y a la clamorosa incapacidad del sistema de seguridad colectiva hemisférico cuyo proceso regenerador ya dura demasiado. Efectivamente, la aplicación de la Carta Democrática en Haití ha sido catastrófica consolidando una tendencia que se observa desde el golpe contra Mahuad en el Ecuador. En cuanto a la OEA, su debilidad ha sido extraordinaria debido al fracaso en su intento de resolver la crisis manteniendo a Aristide en el poder (con un Primer Ministro al costado) incluso luego de haber recibido el expreso respaldo de la ONU. Para que no queden dudas sobre su incapacidad de control, la OEA tuvo que solicitar al Consejo de Seguridad su intervención cuando la crisis excedió sus posibilidades (Res 862 del Consejo Permanente).


De otro lado, la ONU, tan quebrantada por la crisis de Iraq, ha encontrado en Haití un escenario que permite recuperar su rol acudiendo a la más extrema de sus facultades: autorizar la acción de una fuerza multinacional en tanto que la situación en el país intervenido "constituye un peligro para la paz y seguridad internacionales" (Res. 1559). Es más, con el reconocimiento del gobierno provisional del presidente Alexandre, la ONU recupera capacidad de generar externamente legitimidad interna en un Estado (desautorizando, de paso, la imputación de ruptura constitucional en Haití). Bajo esta autoridad fuerzas de Estados Unidos, Canadá, Francia, Brasil y Chile, entre otros, restablecerán la seguridad necesaria para el adecuado flujo de asistencia humanitaria, el desarme de las partes, la vigencia del derecho humanitario y la restauración del proceso político y económico en ese país. El largo plazo es su horizonte.


Así mismo, la crisis haitiana permite que Estados Unidos (que niega haber solicitado la renuncia de Aristide) y Francia (que sí la pidió) restablezcan vínculos de cooperación de seguridad que la crisis iraquí cercenó. Con ello se está abriendo además la posibilidad de que países europeos miembros de la OTAN operen en nuestro hemisferio innovando el vínculo estratégico transatlántico y redefiniendo el concepto de zonas de influencia.


Ello implica que el núcleo occidental comienza a abrirse para América Latina como lo demuestra la participación de un batallón chileno entre las tropas de la fuerza multinacional que opera en Haití. Esta acción implica una mejor inserción de nuestro vecino en el sistema de seguridad colectiva de Naciones Unidas mientras el Perú, que ha ofrecido concurrencia, aún no puede hacerla efectiva.


Por razones colectivas y de interés propio, nuestro país debería participar también en el proceso de saneamiento de la crisis haitiana, cuyo drama muestra tantas facetas además de la proyección constructiva tantos intereses.

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