• Alejandro Deustua

Bolivia: No Es Una Crisis Más

En los últimos cuatro años Bolivia ha producido crisis como modus vivendi. Si hoy la región sólo se pregunta cuál es su nivel de gravedad sin hacer nada al respecto es posible considerar el escenario de un colapso estatal en ese país. Especialmente cuando Bolivia se desgarra entre las fuerzas contrarias del autoritarismo gubernamental, el racismo oficialista, la anarquía regional, la fragmentación política y el conflicto civil que acumula extraordinaria violencia potencial.

Sin embargo, los países vecinos y la entidad hemisférica encargada de promover el orden constitucional democrático siguen actuando como si poco ocurriera. En efecto, el presidente Morales sigue siendo recibido por sus pares con ánimo muy parecido a la incondicionalidad y en La Paz se realizan cumbres de integración física cuya intencionalidad política no parecen medir adecuadamente la intensidad de las fuerzas de fragmentación presentes en ese vecino.

En efecto, mientras que la mayoría de las regiones bolivianas desconocen una desarticuladora Constitución aprobada sin debate y sin oposición, Santa Cruz adopta ante sí un proyecto de estatuto autonómico (y por lo menos tres regiones harán lo mismo), al señor Morales se lo elogia en Buenos Aires y éste renueva relaciones económicas como si Bolivia pudiera asegurarlas.

Este débil sustento externo de un Estado que se fractura y de un gobierno que ha hecho de la imprudencia una guía política pude ser, sin embargo, más eficaz que la timidez asistencialista de la Secretaría General de la OEA. A mayor abundamiento, ésta, contrariando su mandato, ha condicionado esa disposición a que su aporte sea solicitado por el mismo gobierno que ha contribuido sistemáticamente a quebrantar el orden interno.

En ese marco, las tendencias que sugerían que Brasil y Argentina se disputaban la influencia en el corazón suramericano no han sido remplazadas por fuerzas más eficientes que contribuyan a la estabilidad en ese centro geopolítico. Es más, éstas han admitido el libre ejercicio de la fuerza desestabilizadora venezolana.

Mientras ello ocurre, el Perú se muestra cada vez más débil de ese escenario. Ello acaba de mostrarse en su ausencia, por desinterés boliviano (y quizás por influencia venezolana) de la reunión de los presidentes de Bolivia y Chile en La Paz. Ello es más notorio en tanto la agenda oficial correspondiente incluía el corredor interoceánico IIRSA que vincula la costa del sur del Perú y el norte de Chile con el puerto de Santos.

En este escenario de vacío de poder, de insuficiente influencia externa que retraiga la presencia venezolana y de desorden centrífugo, el Perú debe reconsiderar su política ad hoc. La concentración en su nueva inserción extraregional no debe olvidar las muy deterioradas condiciones de su inserción altiplánica y el efecto negativo que ello puede producir en la relación con los demás vecinos.

Para ello debe emplear la denominada "alianza estratégica" con el Brasil. Ésta no debe limitarse a la cooperación en el ámbito bilateral o extraregional. Para contribuir a estabilizar a Bolivia y restablecer allí el Estado de Derecho se debe partir de una acción conjunta peruano-brasileña coordinada con Argentina y Chile. Para ello se debe tomar en cuenta que la pérdida de influencia del Perú en Bolivia es proporcional a la influencia venezolana pero también al avance chileno en ese país. Sobre esa base, el Perú debe contribuir a solicitar la convocatoria de una Asamblea Extraordinaria de la OEA para contribuir a resolver la crisis constitucional y ayudar a la viabilidad del vecino. De no procederse ahora con sentido de responsabilidad y urgencia se generarán muy serias consecuencias para los vecinos de Bolivia pero especialmente para el Perú en los ámbitos político y de seguridad.



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