• Alejandro Deustua

América Latina: Mayor Crecimiento Y Menor Inserción

Al amparo del ciclo expansivo de la economía mundial, América Latina ha extendido su crecimiento por quinto año consecutivo calificado por altas tasas a partir del 2004. Aunque asimétrico entre Suramérica (la región que más crece) y Centroamérica, escasamente redistributivo y aún dependiente de los altos precios de las exportaciones, la perfomance regional se sustenta en general en adecuados fundamentos.


Sin embargo, ese desempeño sigue siendo menor que el registrado en un período más amplio en Asia y es inferior al dinamismo conseguido por Europa del Este. La dimensión sistémica de esta diferencia consiste en la ampliación de la brecha económica con la región transpacífica y la pérdida de posibilidades de competencia por recursos con Europa Oriental.


Esta realidad tiene consecuencias estratégicas mayores. Una de ellas es la persistente postergación de la región como destino de flujos de capitales externos y como origen exportador. Otra consiste en la erosión de la competitividad relativa latinoamericana. Esta situación se traduce tanto en pérdida de relevancia económica como de influencia política extraregional.


En efecto, mientras el año pasado América Latina captó 1.5% más inversión extranjera directa que en el 2005, ésta perdió 8% en relación con el mundo sólo ese año (CEPAL). De otro lado, mientras la participación de las exportaciones latinoamericanas en las globales perdió sitio pasando de 3.1% en 1990 a 2.8% en el 2005, las ventas externas de origen asiático aumentaron de 21.8% a 27.4% del total en ese mismo período según la OMC (como referencia adicional diremos que la Unión Europea fue origen en el 2005 del 43% de las exportaciones mundiales). Como se ve, la ampliación de la brecha comercial entre ambas regiones sigue empujada por tendencias que configuran una alarmante dimensión estructural.


Es más, si comparamos los índices de competitividad regional con Asia y Europa del Este, se concluye que las capacidades latinoamericanas parecen aún más reducidas que los flujos financieros y comerciales señalados. Al respecto, el índice del World Economic Forum establece que mientras ningún país latinoamericano (salvo Chile) se encuentra entre los primeros 50 que registra esa institución, un buen número de países de países de Europa Central y del Báltico se encuentran entre los puestos 25 (Estonia) y 41 (Hungría). Lo mismo ocurre con los países asiáticos menos desarrollados (desde Corea del Sur en el puesto 26 hasta Indonesia en el 50).


Estos indicadores muestran que la inserción regional en el mundo ciertamente no es la mejor a pesar de la solidez de su crecimiento, que ésta sigue empeorando y que su capacidad económica continúa todavía por debajo de sus posibilidades reales.


Es más, de la comparación que permite el índice WEF, puede concluirse que el mayor crecimiento suramericano en relación a Centro América y México pudiera estar siendo compensado por el mejor desarrollo competitivo de las economías de esas regiones. En efecto, mientras México (58), los centroamericanos y algunos caribeños se ubican entre los puestos 54 (Costra Rica) y 60 (Jamaica) del índice del World Economic Forum, los suramericanos mejor colocadas (salvo Chile) se ubican entre los puestos 65 (Colombia) y 75 (Perú parece rankeado en la posición 74).


Ese mal posicionamiento es calificado por la erosión de los factores de competitividad de las mayores economías regionales (Brasil y Argentina que ocupan los puestos 66 y 69, respectivamente). Como se sabe, el desempeño de esas economías condiciona el rumbo económico suramericano.


De otro lado, si ello es indicativo de que en Suramérica el crecimiento no contribuye suficientemente al desarrollo entendido como el marco en que se desenvuelve la competitividad, su retraso colectivo es incrementado por el de las economías menos abiertas del área: Venezuela, Ecuador y Bolivia.


Así, debido a las políticas autárquicas de estos países, Venezuela tuvo desinversión externa -US$ 200 millones aproximadamente según CEPAL- en el 2006 y Bolivia recuperó una porción mínima del flujo perdido en el 2005. Ello se ha reflejado en una pérdida de competitividad significativa: Venezuela y Ecuador continúan descendiendo (ubicándose en el puesto 88 y 90, respectivamente) y Bolivia mejora, aunque aún en el ámbito de la autopostergación, al puesto 92).


En la medida en que, por razones estratégicas, la economía suramericana, a pesar de sus especificidades, no deja de ser vista como un conjunto, la regular perfomance y la escasa competitividad de las economías mayores y de las que exportan productos básicos vitales (p.e. el petróleo venezolano) afectan el posicionamiento del conjunto. Si ello amplía la brecha económica con Asia y con Europa del Este, los términos de la inserción regional ciertamente son afectados por estas economías.


El impacto estratégico que ello produce en la región se resume en incremento de su vulnerabilidad, en menor influencia global y en falta de progreso colectivo medido en términos de menor acumulación de capital, de tecnología aplicada y de bienestar.


En este marco, la fragmentación que Venezuela, Bolivia y, potencialmente, Ecuador, generan en la región tiene un significado mayor que la simple afectación de una zona de libre comercio. Si es imprescindible que América Latina - y especialmente Suramérica- debe hacer un serio esfuerzo por mejor su inserción externa, los gobiernos de la región deben llamar la atención de Venezuela y de sus socios por el agravamiento de la postergación regional en la economía mundial y por la pérdida de competitividad con el Asia incrementadas por las políticas y disposición fragmentadota de esos países.



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