• Alejandro Deustua

El Serio Problema de la Concentración del Financiamiento Internacional

Luego de 18 años el Perú acaba de dar por concluida una línea de crédito contingente del FMI por US$ 257 millones. Aunque los medios reportan el hecho como una señal de solidez financiera (y algunas autoridades bancarias consideran el gesto como el equivalente del grado de inversión), el hecho es que nuestro economía, a pesar de sus buenos fundamentos y alto potencial de crecimiento, no puede prescindir de financiamiento externo.


Por ello el FMI se ha apresurado a asegurar que el Estado dispondrá de crédito cuando lo necesite y la CAF ha asegurado una línea equivalente por US$ 400 millones. Ello al margen de la buena relación financiera con otras instituciones que ofrecen crédito para el caso de que socios, como el Perú, sufran problemas de balanza de pagos.


Por lo demás, el sistema financiero nacional mantiene aún niveles de liquidez que no debieran generar restricción del crédito. Sin embargo, el hecho es que los bancos privados tienden a endurecer el acceso al financiamiento tomando en cuenta no sólo la solvencia del solicitante sino el riesgo de su negocio.


Entre los más perjudicados se encuentran por ejemplo, los exportadores textiles y agropecuarios y hasta los postores a licitaciones públicas (como el caso del tren eléctrico que fue declarado desierto). Ello tiene consecuencias estratégicas pues, en el caso del comercio exterior, se ha complicado el dinamismo de las principales exportaciones no tradiciones en una economía en la que el predominio de los exportadores tradicionales bordea el 70% del total.


Aunque en términos generales, el crédito es aún fluido, este ajuste ocurre en el marco del encarecimiento del precio del dinero en el ámbito global (así lo reconoce la propia Asbanc). En ello, los banqueros locales no faltan a la verdad dada la inmensa concentración del financiamiento internacional en las economías desarrolladas ahora multiplicada por los programas de rescate y de inyección de liquidez realizados por los Estados correspondientes.


Este mayúsculo esfuerzo, que es indispensable para la recuperación de la función locomotora de la economía mundial, está sin embargo erosionando intensamente el flujo de capitales a las economías emergentes. Y está ocurriendo tanto por el empeño del sector público como por la direccionalidad del reducido financiamiento privado en momentos en que la banca tiende a acumular divisas antes que a soltarlas.


Según el International Institute of Finance ello está complicando gravemente el flujo de capitales de las casas matrices a las subsidiarias en las economías emergentes intensificando la sequía financiera en estas plazas. En efecto la proyección para el 2009 indica una gran contracción con un resultado de apenas US$ 165 mil millones cayendo de niveles de US$ 380 mil millones en el 2008 y de US$ 929 mil millones en el 2007 (IHT).


Ciertamente, éstas no son buenas noticias para América Latina por varias razones pero especialmente dos. Primero porque su participación minoritaria en la estructura del financiamiento internacional se deteriorará aún más este año. Segundo, porque la preocupación principal del IIF se centra en los serios problemas que padece Europa del Este donde el sobreendeudamiento y la carencia de inversión pueden revertir el progreso alcanzado, complicar seriamente la integración europea, la estabilidad social y la gobernabilidad en esas región.


Así, aunque Islandia es miembro del EFTA y no de la Unión Europea, el gobierno de ese país ya cayó luego de que su sistema financiero se disolviera. Por lo demás, el descontento en los países bálticos que sí pertenecen a la UE crece (especialmente en Letonia, hasta hace poco floreciente, y se extiende a otros vecinos).


Por lo demás, el serísimo problema financiero ya ha afectado a Europa Central (especialmente a Hungría que ha debido apelar al FMI a pesar de la sofisticada capacidad financiera de la UE). Si la crisis, estimulada por la sequía financiera se trasladara masivamente a otros países eurocentrales como la República Checa (que preside temporalmente la UE), su efecto sería devastador para esa organización y para el equilibrio económico y geopolítico europeo.


En consecuencia, las matrices de los grandes bancos, de acuerdo con las potencias mayores, preferirán canalizar el escaso financiamiento complementario a estos países antes que a los latinoamericanos.


De allí que la necesidad de mayor coordinación para el acceso al el financiamiento y la adopción de políticas de rescate se haya incrementado dramáticamente. Mientras ello cuaja (si cuaja), es imprescindible que, a pesar de la necesaria diferenciación que debe hacerse en la región de las economías con buenos fundamentos de las que no los tienen, los países latinoamericanos logren coordinar políticas y posiciones ad hoc con los organismos financieros regionales.


Y si el BID, la CAF y el FLAR deben contribuir a este propósito conjunto, las economías que comparten solvencia moderada en el área y reconocimiento en el mercado deben coordinar posiciones para que, antes de la próxima reunión del G 20, se reclame a los bancos que concentran las divisas, especialmente las de origen público, que, flexibilicen sus políticas crediticias en las economías centrales y en las que no lo son.


Economías como la peruana tienen el derecho y están en la obligación de emprender, a través de sus gobiernos, esta iniciativa colectiva para que la anomalía concentradora no complique más la estabilidad económica de lo que ya está.



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