• Alejandro Deustua

WEF: Complicando la Identificación de Riesgos Globales

La Gran Transformación no es sólo un viejo programa humalista. Complementado por el objetivo de “dar forma a nuevos modelos” de desarrollo y gobernanza en un contexto en que la población mundial supera los 7 mil millones con niveles de interconexión nunca sospechados, será el leit motiv de la próxima reunión de Foro Económico Mundial (WEF) a realizarse a fines de mes en Davos.


Los cientos o miles de empresarios, políticos y personalidades que puedan sufragarse el viaje discutirán sobre un escenario emergente que procurará dar cuenta de los grandes cambios globales en un contexto de deterioro y cambio del sistema internacional.


El marco en que el WEF presenta este inmenso panorama es a la vez la vez restringido y pesimista.


Es restrictivo porque los organizadores resumen el propósito de la evaluación de estos cambios plurales a una dimensión económica: procurar que el ajuste de los países desarrollados se produzca sin recesión y que el crecimiento esperado en los países en desarrollados se realice sin inflación y evitando la emergencia de potenciales burbujas hoy previsibles.


Y es pesimista porque este planteamiento se enmarca, a su vez, en un panorama de riesgos de solución poco esperanzadora tal como lo presenta la entidad en cuestión (1).

De manera similar al escenario de riesgos discutido en el 2011, el WEF continúa optando por una aproximación multidimensional al medio centenar de amenazas identificadas. Ello complica la singularización y, por tanto, la especificidad y confrontación de cada riesgo.

En ese planteamiento hay, sin embargo, ha habido una mejora en relación al 2010: la presentación del conjunto de riesgos se ha hecho en “constelaciones” (es decir, en agrupaciones) organizadas en función de su impacto. Esa agrupación de problemas sería elogiable si no fuera por la selección poco sistemática de los mismos y por el excesivo sincretismo de su resumen económico.

Por lo demás, el pesimismo (antes que la alerta) está presente en las tres “constelaciones” que presenta el documento WEF. Este sentimiento se enmarca en una cuestionable tipología de la problemática (lo que puede llamar a error) y en una cuestionable evaluación de la interdependencia.

Así lo confirman el neologismo con que se identifica la primera “constelación” (la “distopía”), las complicaciones cuasi-insalvables de la complejidad de la interdependencia (que definen la segunda “constelación) y la dimensión “oscura” de la tecnología de la interconectividad (que, identificada antes como el factor más innovador de la última versión de la modernidad, se presenta hoy como la tercera “constelación” de riesgos). Por lo demás, esta forma de agrupación de riesgos (las “constelaciones”) parece pensada más en términos de su utilidad mediática (cómo se llega al interlocutor) antes que en su dimensión operativa (cómo se confronta el riesgo).

Tales disfunciones empiezan por la denominación de la primera “constelación”: “distopía”. Éste es un neologismo anglosajón que presenta una imagen universal (lo contrario a la utopía) pero que no tiene traducción al castellano o a otros idiomas. Ello añade problemas de comprensión a la consecuente agrupación de riesgos en tanto su identificación depende de una imagen antes que de una definición singular (que de por sí ya es complicada por la pluralidad de contenidos y factores que ésta reúne). Por lo demás, si en materia de estrategia ofensiva no se trabaja en función de utopías sino de objetivos, en estrategia defensiva no se actúa en función de elaboraciones antiutópicas sino de probabilidades concretas.

De otro lado, la “constelación” que agrupa a los riesgos generados por la interdependencia compleja definida por el WEF en torno a las insuficiencias y errores de la gobernabilidad global, pone un énfasis excesivo en los procesos y desatiende la conducta de los sujetos que deben ser gobernados. La interacción entre ambos factores (procesos sobrevalorados y actores infravaluados) impide tener un mejor panorama de la situación del sistema en tanto éste se compone de sujetos e interacciones. La WEF revela en este punto serias carencias de conocimiento de relaciones internacionales.

Finalmente, el “lado oscuro” de la interconectividad (un factor que no distingue la capacidad revolucionaria de la misma –por ejemplo en el Norte de África y el Medio Oriente- de la imprudencia de ciertas políticas de “empoderamiento” ciudadano que han puesto el acento en los derechos antes que en las obligaciones de los mismos) no se contrasta bien con el que vendría a ser “lado brillante” de la necesaria regulación de la interconectividad.

En la señalización de las deficiencias de estas “constelaciones” para singularizar problemas, actores y procesos y sistemas puede haber más mayor riqueza operativa que en la opción multidimendional que presenta el WEF. Los riesgos son singularmente identificables y, por tanto, posibles de dominar si es que no se pierde su rastro en complejidades incrementadas por su cuestionable formulación.

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