• Alejandro Deustua

Venezuela en Pie de Guerra Económica

Venezuela ha apurado el rumbo de colisión con el sistema internacional. Hoy su situación es de confrontación abierta. El súbito anuncio del retiro venezolano de las instituciones de Breton Woods y su amenaza de proceder de la misma manera con la OEA no deja dudas sobre esa disposición chavista. A la luz de las circunstancias, ésta podría escalarse aún más.


Decidido el gobierno de Venezuela a desempeñar un rol contencioso a escala global, la decisión de desafiliarse del FMI y del Banco Mundial ciertamente no parece súbita. En la percepción venezolana ésta ocurre desde una posición de fuerza en los ámbitos político, económico y hasta el militar.


Este escenario se ha desarrollado en tres fases. La primera se origina en el incontestado desafío que Venezuela ha planteado a la primera potencia (incluyendo el desvío de parte de aprovisionamiento petrolero a China), en el establecimiento de alianzas y asociaciones antisistémicas extra-regionales (Irán, Corea del Norte), en la fricción constante con países de la región de manera paralela al establecimiento de núcleos de influencia (Bolivia), en el copamiento del poder intento y en políticas nacionales específicas (p.e. las de nacionalizaciones cuya última referencia incluye a todas las empresas que trabajan en la faja del Orinoco).


La segunda ocurre en el ámbito regional. Además de la consolidación de un núcleo de irradiante poder venezolano, ella incluye la alteración de los términos de la integración latinoamericana procurando el reemplazo del libre comercio por la transacción política. La consolidación del núcleo ALBA (Venezuela, Cuba, Bolivia, Nicaragua y, posiblemente, Haití) en la quinta cumbre del grupo (Barquisimeto) es muestra de ello. Como también lo es la reciente transmutación de la incipiente Comunidad Suramericana de Naciones en la irracional Organización de Naciones sudamericanas por influencia chavista.


Y la tercera fase se origina en el anticipo de desacoplamiento sistémico: la cancelación de las deudas pendiente con el FMI y el Banco Mundial no para reducir la deuda externa sino para inducir la desafiliación venezolana de estas organizaciones como la ha anunciado el propio Chávez.


En ese marco, parece claro que ese gobernante percibe que su creciente poder, en tanto incontestado, es realizable en el conjunto del sistema internacional sin mesura alguna. De allí que en lugar de participar en el rediseño de los regímenes internacionales, como lo hacen la mayoría de países latinoamericanos, haya evolucionado de la confrontación con ellos al desacoplamiento de los mismos.


Ello ocurre en un contexto de vulnerabilidad de los organismos multilaterales. En lo que nos concierne ahora, ésta se aprecia en la crisis de liderazgo del Banco Mundial y en la incertidumbre sobre el rol del FMI que, en no pocos casos, se asocia con su ineficacia en la gestión de crisis y hasta en la articulación de reformas estructurales.


Por lo demás, ambas instituciones son motivo hoy de reclamos colectivos sobre una mejor representatividad, participación y administración.


Si ello es claro, también es cierto que el FMI y el Banco Mundial son algo más que meras agencias multilaterales de estabilización de balanza de pagos y de promoción del desarrollo. Son regímenes que forman parte del sistema internacional vigente sin los cuales la desregulación de los mercados transitaría hacia la anarquía.


En efecto, estos regímenes, aún con sus insuficiencias, contribuyen a la estabilidad de un sistema económico cada vez más tensado por las fuerzas desatadas por el proceso de globalización, facilitan a los Estados mecanismos de cobertura que atempera su vulnerabilidad, otorgan credibilidad financiera a sus miembros y legitima su inserción externa.


Si éstos requieren reforma interna, la exclusión contenciosa de sus miembros sólo incrementa el daño institucional al tiempo que agudiza para el Estado que se excluye la exposición a las fuerzas de la volatilidad y lo desfavorece como sujeto de crédito público y privado. Esos pasivos se incrementan si el retiro es motivado por un desafío al conjunto del sistema (que es el caso venezolano) perjudicando, además, a los interlocutores económicos de ese Estado al sustraerse para ellos las garantías que brinda el sistema.


Sobre e el particular debe recordarse que el fuerte incremento del riesgo-país que conllevará la medida venezolana probablemente vaya acompañado por el incremento del riesgo-región que castigará a los socios económicos de Venezuela (especialmente a los que comparten con ella acuerdos de integración).


Ciertamente no es éste un costo que los latinoamericano debamos sufragar por una decisión inconsulta y arbitraria del señor Chávez (como tampoco podemos sacrificar los esfuerzos que despliegan nuestros Estados para reformar la institucionalidad del FMI y el Banco Mundial). Lo nuestro es la participación ejerciendo influencia correctiva antes que confrontación cuyos costos ya padecimos en las décadas de los 70 y de los 80. Pero el señor Chávez no quiere tomar nota de ello.


Como tampoco desea aceptar que el esfuerzo hemisférico se orienta al fortalecimiento del sistema interamericano en un contexto de erosión de sus principios democráticos y de libre mercado. En lugar de contribuir a agregar orden a esta circunstancia crítica, Chávez sólo ofrece destrucción. Éste es el sentido de su amenaza de retiro de la OEA si la Comisión Internacional de Derechos Humanos sigue preocupándose, como debe, de la violación de libertades básicas en Venezuela.


Venezuela tiene el derecho soberano a retirarse de los organismos que le parezca. Pero ello debe hacerse de acuerdo a derecho y sin generar inestabilidad en el sistema internacional. Si lo hace explícita y sistemáticamente, debe ser por lo menos políticamente contenida y desafiada.



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