• Alejandro Deustua

Venezuela en el Consejo de Seguridad: Una Votación Rancia

En momentos de transición sistémica impulsada por la emergencia de nuevas potencias y por el incremento de la conflictividad e inestabilidad globales, es de esperarse que los actores más revolucionarios del sistema dinamicen la voluntad de cambio. Pero también que la comunidad internacional afectada desescale tensiones y resuelva crisis.


En apariencia ésta última ha realizado todo lo contrario con la elección de Venezuela al Consejo de Seguridad por 181 a favor votos cuando el mínimo requerido era de 129. Esta estadística inicial indicaría que en la comunidad internacional ha prendido el fervor revolucionario si el referente fuera sólo Venezuela y no España, Nueva Zelandia, Angola y Malasia que también han sido elegidos como miembros no permanentes del Consejo por un período de dos años.


Si bien es claro que para el conjunto de los miembros de la ONU, de sus instituciones y del Secretario General, una reforma progresiva del máximo organismo internacional es necesaria (incluyendo la del Consejo de Seguridad y de las entidades vinculadas a la ONU –como el FMI-), también parece claro que nadie (salvo los miembros más confrontacionales -los que han llegado al uso o a la amenaza del uso de la fuerza revisionista, por ejemplo-) desea una revolución regimental que implique mayor conflicto (e incluso guerra, que es hoy moneda corriente).


Entonces ¿cómo es que 181 Estados han votado por el representante Latinoamericano más violento, divisivo e irresponsable después de Cuba entre todos los integrantes hemisféricos?.


¿Es que hemos regresado a las épocas en que hippies y defensores de los derechos humanos creían –luego de haber consumido algún producto verde o leído un libro rojo- que América Latina se dividía entre dictadores y guerrilleros o entre burgueses y guevaristas de paredón? ¿O que hemos retornado a aquellos momentos en que los países asiáticos en guerra veían en nuestra región un socio incondicional contra el imperialismo o al copartícipe en el intento de imponer un nuevo orden económico internacional mediante una confrontación Norte-Sur?.


Sin perjuicio del ánimo de cambio, ninguna de estas preguntas se responde afirmativamente. Es más, es posible decir que el voto por Venezuela tiene un origen menos heroico que burocrático.

En efecto, para evitar votaciones inacabables entre rivales de una misma región que desean pertenecer al Consejo de Seguridad, la organización estableció hace años un modus operandi simplificado. Sobre la premisa de que las distintas regiones deben tener una representación proporcional en el Consejo, se les exhortó a que eligieran ellas a su candidato y que luego éstas lo presentaran a la Asamblea General para la aprobación o el rechazo de todos los miembros de la ONU.


Esta división del trabajo tiende a ser diligentemente respetada porque, de no serlo, la región que padeciera la reprobación de su candidato podría ser objeto de una represalia similar por la región afectada.


En efecto, si el voto es secreto en la Asamblea General, también hay formas de averiguar quién votó cómo. Entonces es fácil concluir que en la siguiente votación la región que no obedeció el procedimiento podría ver también derrotado a su candidato (las regiones tienen dos representantes en el Consejo que son elegidos sucesivamente todos los años).


Ello generaría la destrucción del régimen de votación actual devolviendo a la Asamblea General a la anarquía en la cada Estado podría decidir por el candidato de qué país vota al margen de la procedencia regional.


En el mecanismo existente los grupos regionales son, entonces, poderosísimos en tanto colocan a todas las demás agrupaciones en el predicamento de votar a favor del Estado pre-elegido, en este caso Venezuela, si quieren ser tratadas por las otras regiones de la misma manera. En otras palabras, los 181 votos que ha recibido Venezuela son esencialmente el resultado de un manojo de regiones cuyos integrantes han tendido a votar en bloque.


La responsabilidad principal es entonces de la región o bloque. Y en el caso de la elección de Venezuela la responsabilidad es esencialmente latinoamericana. Ello dice mucho menos del poder venezolano (que sí lo tiene) que del apego a las reglas de juego de la ONU (que en este caso ha producido un resultado perverso) y de la protección del interés de cada Estado regional para cuando “le toque” postular con éxito.


Tal resultado y el proceso seguido muestra también que el idealismo de la ONU es mucho más crudo de lo que se piensa. Más allá de los principios (que sí rigen) cada Estado o agrupación subregional de Estados defiende su interés. En este caso ha ganado el ALBA al amparo de Brasil y Cuba mientras que los miembros liberales de la Alianza del Pacífico (que dicen tener una misma visión del mundo) han preferido mirar para otro lado.


Y al hacerlo no parecen haber tenido idea de lo que está en juego en tanto Venezuela votará contra los miembros permanentes occidentales (especialmente contra Estados Unidos) cada vez que pueda y se asociará con Rusia y China en toda votación estratégica en un contexto de cambio sistémico mientras pretende representarnos.


Por lo demás a la Venezuela chavista no le interesa otra cosa. Ni siquiera el bienestar de sus ciudadanos (y, por tanto, tampoco el de los ciudadanos latinoamericanos). Así lo ha confirmado su Canciller Rafael Ramírez al autocongratularse no por el triunfo de su Estado ni por el de los venezolanos sino por el de la “revolución” y el del gobierno chavista.


Así, mientras el autoritarismo chavista se legitima internacionalmente contra la voluntad de la mitad de los ciudadanos venezolanos, América Latina ayuda abiertamente en el empeño. Esta actitud es propia del peor de los realismos y de la turbia exaltación de una forma descompuesta de entender el interés nacional. Esto tendrá que cambiar.


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