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  • Alejandro Deustua

Una Política Exterior Antisistémica en Ciernes

24 de marzo de 2006



El cambio de los lineamientos básicos de la política exterior de un Estado requiere de un cambio sustantivo del sistema internacional, de una fuerte alteración de su contexto inmediato o de una extraordinaria alteración del orden interno generador de una nueva legitimidad. En ausencia de estas condiciones, un presidente electo en segunda vuelta sin mayoría parlamentaria no queda autorizado para emprender estas variaciones de la proyección del interés nacional. Y, sin embargo, uno de los candidatos con posibilidades de llegar al poder intentaría esta mutación. Desde el cambio del sistema internacional en 1991 y de la naturaleza del gobierno en el 2001, la política exterior peruana ha transitado hacia la adopción de principios liberales como orientadores de la misma. Así, las prioridades del individuo (los regímenes de libertades y de derechos humanos) y de la sociedad (los temas del desarrollo y de la superación de la pobreza) han alcanzado una nueva jerarquía y otorgado nueva dimensión a los intereses del Estado.


La vocación estatista, el origen fascista y el carácter militarista del hipotético futuro conductor de nuestra política exterior, el comandante Humala, tratará de alterar ese tránsito. Para empezar, sus principios, inspirados inmatizadamente en el poder, tenderían a replantear nuestra política exterior en el ámbito del realismo clásico. Si, luego, el cambio de los patrones de inserción y de mecanismos para lograrlo sigue el mismo rumbo –como, efectivamente ocurrirá, si ese candidato llega al gobierno-, los elementos de continuidad y de estabilidad de nuestra proyección externa se habrán debilitado o comprometido seriamente.


En efecto, en tanto los principios liberales que fundamentan hoy esta política nos afilian a Occidente y al ámbito de su expansión, al cambiar éstos por los que sobrestiman al Estado, un gobierno del señor Humala tenderá a extraer al Perú de ese ámbito civilizatorio. Y al hacerlo debilitará nuestro rol en la corriente dominante de la comunidad internacional para incorporarnos a la contrapuesta. De otro lado, al redefinir el interés nacional en términos de poder, un gobierno del señor Humala cambiará las asociaciones principales del Estado. Así, la filiación con Venezuela y con Cuba –la principal alianza antisistémica de la región- reemplazará a la vinculación con Estados Unidos alterando radicalmente los términos de nuestra pertenencia al sistema interamericano y redefiniendo, además, las calidades de la integración regional. Por lo demás, en tanto la inspiración inmediata del señor Humala es en esta materia (y en la económica) la ideología del gobierno del General Velasco Alvarado, su política exterior querrá tener también vocación “planetaria”. Como esta eventualidad se encontrará ausente del sustento multilateral propio de la década de los 70 del siglo pasado, entonces tenderá a afiliarse, con mayor intensidad, a la dinámica del cambio del balance de poder que patrocinan, universal y regionalmente, Cuba y Venezuela. Considerando que estos Estados son radicalmente antisistémicos y privilegian la asociación con potencias similares (como Irán en el caso venezolano), el Perú adquiriría entonces un status estratégico contestario y antioccidental de gran vulnerabilidad. Dado que el Perú carece de capacidad política, económica o militar suficiente para emprender esa ruta, el fracaso en el intento sería su destino y la reafiliación posterior a las asociaciones tradicionales sería más costosa. El impacto de esa mutación en nuestra inserción continental sería aún mayor. Si se considera que la estructura de valores y de regímenes del sistema interamericano es liberal, una política exterior redefinida por el señor Humala generaría fricciones mayores en el ámbito de la OEA. Como consecuencia, a través del Perú se complicarían aún más los problemas de seguridad colectiva hemisférica y se fortalecería la tendencia a neutralizar su principales regímenes políticos (la “cláusula democrática” representativa que da sustento a la Carta Democrática) y económicos (los términos del libre comercio en el incluyente ámbito interamericano). El debilitamiento de la inserción del Perú en el sistema hemisférico reforzaría entonces el privilegio del ámbito suramericano de integración que es resaltado por el plan de gobierno del Comandante. Pero ello no es garantía de éxito regional. Al contrario, la integración en este ámbito será aún más costosa en tanto el Perú se asociaría a los países revisionistas de la subregión andina (Venezuela y Bolivia) generando mayores fricciones dentro de la CAN y con el Cono Sur, especialmente con Chile. Ello repercutiría en el Mercosur (a pesar de que estos países no han suscrito acuerdos de comercio preferencial con Estados Unidos) y en los parámetros actuales de la convergencia suramericana. Por lo demás, la inspiración desequilibradamente “realista” de una eventual política exterior conducida por el señor Humala acarrearía mayores problemas de seguridad y defensa. Así, el intento de lograr una rápida paridad militar con Chile desconociendo los términos del equilibrio posible complicaría la relación vecinal general (peor aún si intenta una solución heterodoxa del problema de la mediterraneidad boliviana). Y la redifinición de la naturaleza de las amenazas trasnacionales (p.e. del narcotráfico) en afinidad con los planteamientos “coca sí, narcotráfico no” abriría al Perú un frente global éticamente indefendible y políticamente insolventable.


Es probable que el diseño básico y la consistencia de la política exterior peruana deba aún perfeccionarse. En consecuencia a ello debería dedicar un candidato responsable sus mayores esfuerzos. Los del comandante Humala no irían exactamente en esa dirección.

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