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  • Alejandro Deustua

Una oportunidad más para el Medio Oriente

Si, para bien o para mal, Arafat fue el principal representante de la causa palestina, la dimensión global que se asigna a su fallecimiento es directamente proporcional a la importancia del conflicto palestino-israelí. La dimensión del líder y la magnitud de la guerra están, por tanto, íntimamente vinculados.


Como se sabe, el palestino-israelí fue casi siempre, desde 1948, el principal conflicto regional contemporáneo. Su dimensión escapó al ámbito local durante la Guerra Fría –cuando fue crudamente manipulado- y lo trasciende hoy en tanto ha contribuido desde esa época a generar amenazas globales. Las dos más violentas son el terrorismo, hoy calificado por el fundamentalismo islámico, y la involucración bélica de terceros (como lo evidencia, hoy, la primera potencia en Irak).


Aunque ambos fenómenos tienen especificidad propia, el hecho es que éstos son influidos determinantemente por el conflicto que constituye históricamente la gran fractura del Medio Oriente. Y ésta está marcada desde sus orígenes por el ejercicio del terror y la desestabilización regional como medios para dilucidar una confrontación entre un Estado y un movimiento. A diferencia del Estado israelí, que tiene su propio panteón de líderes-héroes, el movimiento palestino ha sido monopolizado por el liderazgo de Arafat.


En efecto, en ausencia de Estado al que aspiraba Arafat, éste “encarnó” la organización palestina desde el principio (Al Fatah en 1958, OLP en 1964, la Autoridad Palestina en 1994). La ausencia de institucionalidad y la abundancia de conflicto contribuyó a forjar simultáneamente el reconocimiento del líder y el arraigo de la nación palestina. Su versión contemporánea se fortaleció sobre la base de la población progresivamente afectada por las guerras árabe-israelíes de 1948, 1967 y 1973, las varias intermedias así como por la confrontación violenta permanente que no califica como guerra.


Ahora que existe un gobierno palestino –pero no un Estado- la tendencia a retribuir al líder con el reconocimiento de ese logro genera la tendencia a olvidar los métodos que éste empleó para alcanzar sus fines. Las miles de bajas y los esfuerzos diplomáticos y bélicos de otras personalidades y Estados se postergan a la hora del fallecimiento de quien, “de la nada”, llegó a establecer la Autoridad Palestina en Gaza. Más aún, en un escenario donde las políticas de poder se aplican como en ninguna parte del mundo y, por tanto, el recurso simultáneo al terror, la guerra, la diplomacia, la negociación, el engaño, el chantaje. la corrupción y la manipulación de la esperanza colectiva es la ley de la vida como lo señalan sólo algunos pocos medios. Y Arafat empleó personalmente todos y cada uno de esos métodos arriesgando, es cierto, su propia existencia. Logrado parcialmente su objetivo –no el Estado palestino, pero sí el legítimo reconocimiento de su pueblo- la épica heroica se exalta a costa del registro de las malas artes legitimando. La consecuencia es la tendencia a legitimar los medios si el objetivo se cumple allí donde no rige el Estado de Derecho.


De esa exaltación participan no sólo los palestinos sino la inmensa mayoría de los gobernantes occidentales que celebran a Arafat como el “padre de la nación palestina”, el “símbolo de la aspiración nacional” de su pueblo o una de “las figuras más relevantes del mundo árabe”. Como todo en el Medio Oriente, ello es sólo parcial y sangrientamente cierto. Ese elogio colectivo, que corresponde a la diplomacia mortuoria, apunta a un solo objetivo: tratar de consolidar la oportunidad negociadora que pueden ofrecer los herederos de Arafat ahora que Arafat ha muerto.


Tal es la situación en el Medio Oriente: a falta de democracia, salvo en Israel, se requiere la desaparición física del líder para que aparezca una oportunidad de cambio. Así como entre la calidad de liderazgo y la guerra hay una relación directa, en esa parte del mundo también la hay entre el cambio y la muerte. Si no recordemos a los que intentaron la paz en vida y fueron asesinados como respuesta. Anwar-el-Sadat, el egipcio que luego de hacer la guerra se atrevió a restablecer relaciones con Israel fue víctima de un grupo de fundamentalistas cuando celebraba el día nacional de Egipto. E Isaac Rabin, que luego de combatir a árabes y palestinos estrechó la mano de Arafat sólo para ser asesinado por una fundamentalista judío cuando celebraba las posibilidades de paz en los albores de una jornada electoral.


En ese contexto quizás la principal virtud de Arafat es haber sobrevivido luego de iniciar negociaciones con Israel (los acuerdos de Oslo y los de Camp David ) lo que le permitió constituir luego la Autoridad Palestina. Quizás pudo negociar porque podía deshacer lo avanzado luego –y salvar la vida en el proceso- cuando se negó en el 2000 a cerrar el pacto con Barack. Si bien éste acarreaba sacrificios (limitación del territorio consolidable y del retorno de los palestinos a sus sitios originales), posibilitaba la constitución de un Estado palestino con capital en Jerusalén. Arafat no encontró soporte para ello ni en una congregación palestina ya fuertemente tensionada ni en países árabes inestables.


Si ahora se abre una posibilidad de negociaciones de paz por la desaparición del líder palestino, ésta merece también el indispensable cambio de un hostil líder israelí –el señor Sharon- que encuentra, además, en la derecha religiosa una fuente de intransigencia extraordinariamente irracional. Pero aún ello no garantiza que una nueva iniciativa norteamericana o del cuarteto que organizó el frustrado “mapa de ruta” (Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y la ONU) tenga éxito.


Como el mundo no puede tolerar ad infinitum la amenaza que le impone el conflicto palestino-israelí, quizás ese esfuerzo deba ser acompañado por la coacción de una fuerza superior, como ya hemos sugerido antes. Y para ello se requiere que Estados Unidos y sus aliados culminen su tarea en Irak y que mantengan su presencia irradiadora en la zona. Arafat, que empleó todo los métodos para consolidar la nación palestina, podría no condenar esta alternativa si de ella surge un Estado palestino con capital en Jerusalén conviviendo pacíficamente con Israel.

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