• Alejandro Deustua

Tiananmen y la Podrida Razón de Estado

El Partido Comunista chino, cuyos líderes históricos y reformistas (incluyendo a Den Xiao Ping), es una de las pocas instituciones que han sobrevivido a la Guerra Fría luego de haber contribuido a dar muerte a millones de sus ciudadanos.


Esta aberración debe ser para el PC chino, responsable del asesinato de decenas de miles de manifestantes en la plaza de Tianamen hace un cuarto de siglo, una gota de agua en el mar de su experiencia represiva a gran escala. Sin ésta, y las reformas que inició el muy loado Deng Xiao Ping, el PC chino quizás hoy estaría sepultado.


Pero, más allá de la atrocidad humanitaria, a la luz de los resultados reformistas y la emergencia económica, social y militar china, ¿era éste recurso inevitable o excusable en la tradición política asiática? Sí si el rasero es, digamos, Corea del Norte.


Pero ciertamente no si la referencia en 1989 es la de los países del sudeste asiático, la India o inclusive Pakistán cuyos sistemas multipartidarios e imperfectamente democráticos hubieran sido incapaces de atrocidad semejante y de sobrevivir a la experiencia.


De otro lado, si las tropas soviéticas aplastaron a sangre y fuego la reforma socialista checoeslavaca de 1968 sin llegar a los increíbles extremos chinos (aunque Stalin fuera antes responsable de un fervor genocida chino antes del sacrificio que involucró para su población la Segunda Guerra Mundial), ese Partido Comunista fue arrasado por la caída de la Unión Soviética pagando con la desaparición o la insignificancia la impunidad (aunque hoy tiene herederos en un sistema aún autoritario).


En otra escala, lo mismo se puede decir del PRI mexicano que arrasó en la Plaza de la Tres Culturas del Distrito Federal un movimiento estudiantil que, en el peor de los casos, iba a entorpecer las Olimpiadas de 1968. El PRI de ese entonces no sólo fue derrotado por el PAN en el 2000 luego de la forzada apertura que produjo la crisis económica de 1982 para luego retornar al poder con la intención de construir una historia más limpia.


Y cuando el gran Charle De Gaulle fue confrontado por los estudiantes y sindicalistas en mayo de 1968 y perdiera un referéndum posterior simplemente renunció antes de que la represión letal se instalara en Francia (que, sin embargo, sí se apoderó de su excolonia, Argelia). Queremos creer que la inhibición racional es, en esta materia, una característica del Occidente contemporáneo.


Sin embargo, el Partido Comunista chino sigue en el poder y, a la luz de la leyenda de los largos plazos asiáticos, de la eficacia en la conducción de las reformas económicas y de la práctica de alguna higiene política (en materia de corrupción, pe.) a ningún Estado se le ha recurrido impugnarlo como interlocutor.


Es más, que se sepa ese PC no ha sido llevado a los tribunales internacionales como debiera por responsabilidad, si no genocida, si por violación sistemática de derechos humanos.


No nos atrevemos a buscar una explicación rápida para semejante injusticia y contradicción. Sólo diremos que el doble rasero y la razón de Estado siguen siendo propios del juego político contemporáneo y que aún en los casos más chocantes, como el de Tiananmen, a veces no se distingue la represión letal masiva de la necesidad de la decente supervivencia del Estado.


Si los estados totalitarios cayeran o se abrieran quizás podríamos disminuir el carácter atroz de este doble estándar en las relaciones internacionales. Aún estamos lejos de lograrlo.


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