• Alejandro Deustua

Sistema en Transición

El aumento del riesgo sistémico en la economía global ha incrementado la búsqueda de un nuevo equilibro en el conjunto del sistema internacional. Aunque sin cuestionar las jerarquías básicas del poder, la crisis de los mayores mercados globales –Estados Unidos y la Unión Europea- implica un cambio de roles en esas potencias aunque su status internacional se mantenga.


En efecto, la incertidumbre generada por la combinación de ajuste económico y de intentos de reducción de la deuda externa en ambos escenarios occidentales tiende a retroalimentar la tendencia al desorden internacional cuya manifestación más reciente (la crisis del 2008-2009) se había dado por superada. La implicancia inmediata de esa fenomenología radica no sólo en la pérdida de capacidad ordenadora de ambas potencias (aunque la UE no lo sea en términos clásicos) sino en su capacidad de generar desequilibrios adicionales cuando intentan ajustar sus economías.


El lado optimista de esta situación radica en la conciencia colectiva sobre el valor que ha adquirido el mercado global para la mayoría de sus participantes y, por tanto, la disposición de éstos a estabilizarlo. Esa reacción está condicionada, en buena medida, por el comportamiento de las economías emergentes y de los países en desarrollo (que ya supera el 50% del PBI global). Un buen número de esos Estados expresan justificada indisposición a la inercia económica (p.e. Brasil lidera un movimiento contra la pérdida de competitividad monetaria e industrial y China es renuente a apreciar su moneda) al tiempo que es dudosa la capacidad de éstos de establecer, por sí solos, un nuevo orden económico viable sea por la vía del predominio económico o de la imposición normativa.


A esta transición sistémica está contribuyendo la clase política norteamericana (mediante la radicalización de la confrontación ideológica en momentos en que Estados Unidos procura redefinir sus capacidades), la prescindencia en la mayoría de sus actores de preocupación por el efecto externo de su modus operandi, el extraordinario rol de cuestionables instituciones privadas (las calificadoras de riesgo) y el frenesí especulador que invade los mercados.


De otro lado, la erosión de la unión monetaria europea ha jaqueado el mayor espacio económico regional devaluando allí los méritos de la integración y desprestigiando, por exceso de ambición inclusiva, el respeto por las reglas de juego (el incumplimiento del Pacto de Estabilidad y Crecimiento de 1997). Si la dinámica de estos desequilibrios está ligada al intento de Estados Unidos y de la Unión Europea de disciplinar sus economías sería un error concluir de ello que estos puntales del sistema internacional son demasiado grandes para intentarlo. Lo que se espera es que tengan éxito en el menor plazo y que incorporen la variable “resto del mundo” en el correspondiente proceso de toma de decisiones. Si no lo hacen, su posición de largo plazo será afectada cuando el cambio del sistema se muestre con mayor evidencia.


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