• Alejandro Deustua

Siria: Un Proceso para Dar Respuesta a un Ataque de Armas Químicas

El Secretario de Estado norteamericano John Kerry acaba de reiterar ante el mudo que Siria ha empleado armas químicas contra civiles inocentes y que, en consecuencia, Estados Unidos debe considerar ya cómo responderá a ese acto de barbarie.


Coincidimos con el Secretario Kerry que los indicios son suficientes para concluir que se han usado armas químicas en Siria y que ese acto merece a respuesta de la comunidad internacional y no sólo de los Estados Unidos.


A la luz de los antecedentes (especialmente desde la Primer Guerra Mundial) y la naturaleza de este tipo de armas de destrucción masiva la comunidad internacional prohibió su uso.


En consecuencia, la Convención sobre prohibición de armas químicas de 1993 (vigente desde 1997) desautorizó también su desarrollo, producción, almacenamiento, adquisición, conservación y transferencia por ser estas armas capaces de producir efectos especialmente abominables (son por ello, una categoría proscrita desde 1925). Teniendo en cuentas esas características, el tratado multilateral negociado en el ámbito de la ONU -y que hoy cuenta con 188 suscriptores- dispuso también el compromiso de destrucción de los arsenales de ese tipo de instrumentos letales.


A pesar de ello, no sólo los no suscriptores (Siria, Egipto, Corea del Norte, Somalia, Angola) se han tomado la liberalidad de mantenerlas o adquirirlas (el caso sirio), sino que no pocas potencias (entre las que se encuentran las mayores), no sólo no las han destruido sino que han calculado qué stock desean mantener… y las mantienen. Esta es una violación del tratado que estas potencias principales prefieren omitir. Pero no es propósito de estas líneas discutir el tratado sobre armas químicas sino expresar la más alta preocupación por su uso como lo ha expresado el Secretario Kerry y castigar al ejecutor de este crimen de lesa humanidad.


Si el marco de esa preocupación es global, su punición no compete sólo a Estados Unidos ni a los miembros del Consejo de Seguridad (que, sin embargo, deberían decidir sobre el particular). Y menos cuando éstos no han producido una sóla resolución al respecto sobre el caso sirio en lo que va del año debido al veto de Rusia y China.


Por ello es importante que la misión de la ONU que opera en el terreno evacúe el informe respectivo a pesar de las limitaciones operativas a las que está expuesta. Ello es especialmente importante por dos motivos adicionales: la comprobación de que las armas químicas han sido usadas no ha podido ser seguida de la identificación del tipo de arma que se empleó. Este desconocimiento del agente químico, que el informe de la ONU develará, suscita dudas sobre quién fue el perpetrador. Especialmente hoy, cuando la producción de estas armas es muy barata y su proliferación es un hecho de la realidad más allá de que Siria las posea o las haya comercializado.


En este marco, la probabilidad de que un actor que no fuera el gobierno sirio haya intervenido y haya atacado a civiles (es decir, que la oposición siria, entre la que se halla Al Qaeda) no es baja. Especialmente, cuando éste tiene todo que ganar cuando Siria ha adquirido ventaja en el terreno.


La segunda razón deriva de que las más altas y más respetables autoridades del gobierno norteamericano ya han realizado similar afirmación en el caso de Irak. Ese error, como era natural, lo compartieron los estados que contribuyeron a la intervención militar en ese país y los que la apoyamos basados en la identificación de una amenaza inminente y las dudas razonables que mostraban, sobre la existencia en Irak de armas de destrucción masiva, no sólo los miembros del Consejo de Seguridad sino la Agencia Internacional de Energía (AIE).


La AIE presentó una larga lista de precursores de ese tipo armas cuya inexistencia Irak se negó a confirmar multilateralmente como era su deber contribuyendo a incrementar las dudas sobre la intensidad de la amenaza (aunque la responsabilidad fue de Hussein). Ese error, más allá de las consecuencias de la guerra –sobre las que todavía hay debate- se produjo en el Consejo de Seguridad ante las cámaras de televisión con explicaciones norteamericanas frente a cuyo detalle las del Secretario Kerry palidecen. Por ello es indispensable que sea la voz de la ONU y no sólo la de Estados Unidos y algunos aliados, la que pronuncie su veredicto. Sobre esa base se debe actuar colectivamente. El tipo de acción debe ser también motivo de una discusión en el Consejo de Seguridad siempre que ésta sea razonable. Dejarla librada a los sentimientos de Estados Unidos, el Reino Unido o Francia –sentimientos que compartimos- el tipo de acción que se emprendería no es hoy adecuado dado el conflicto de intereses que ha generado el escenario bélico sirio.


Sin embargo, si de esa discusión en la ONU no resultara una decisión orientada a la punición del culpable, a la interposición de la fuerza y a procurar el fin de la guerra en Siria, entonces, la acción norteamericana y la de sus aliados –entre los que debiera estar el Perú- será necesaria. Ésta se debe basar en la obligación de proteger a civiles que podrían ser nuevamente blanco de este tipo de ataques.


En ausencia de consenso, su legitimidad dependerá de superar la acción punitiva procurando una intervención que facilite la solución del conflicto. Dado que la interposición de fuerzas, que implica presencia militar externa en el terreno parece descartada, queda como alternativa el establecimiento de una zona de prohibición de vuelos. A la luz de la experiencia libia, ésta no debe servir como pretexto para acabar con el gobierno sirio sino para sentarlo a negociar el fin del conflicto. Es evidente que para este propósito tenga éxito, la participación rusa es necesaria.


Una vez que se haya determinado ese formato, se debe proceder a castigar al culpable concreto donde quiera que se encuentre. De esta manera, el marco de operaciones será funcional para unas negociaciones que alguna vez se plantearon.


Todo ello tiene un presupuesto: la no culpabilidad siria.Y una racionalidad: qué sentido tiene para el régimen de Assad lanzar una ofensiva química que lo criminaliza aún más cuando la correlación de fuerzas en la guerra le favorece por primera vez en mucho tiempo. El sentido estratégico de ese ataque químico favorece más bien a la oposición (y Al Qaeda en particular). Pero si el Assad fuera culpable, el conjunto de la comunidad internacional debería contribuir a provocar su caída.


De momento, el propio Secretario Kerry ha sugerido que habrá un compás de espera para evaluar la situación antes de una respuesta. Éste debería incluir el proceso que se ha indicado.


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