• Alejandro Deustua

Siria: Un Escenario de Geopolítica Marítima

Como si la crisis siria no fuera ya suficientemente compleja en el ámbito continental, ésta se ha escalado al ámbito marítimo con el envío de una flotilla de barcos de guerra rusos al puerto sirio de Tartus.


Esta muestra de poder ruso coincide en el tiempo con el reforzamiento de la presencia norteamericana en Bahrein con el envío de buques multipropósito para incrementar la capacidad de vigilancia estadounidense en el estrecho de Hormuz en previsión de algún intento iraní de bloquearlo.


En un escenario de transición hacia la multipolaridad, la heredera de la Unión Soviética y Estados Unidos se movilizan, “como antes” para influir militarmente en zonas de influencia y en respaldo de aliados evidenciado con ello que la crisis siria no se resolverá mediante simples llamados de la ONU al alto al fuego sino a través del control de la alianza sirio-iraní por potencias superiores.


El escenario geopolítico en que se desarrolla este escalamiento es clásico. En el caso ruso, el desplazamiento de buques desde sus bases en el Mar del Norte y en el Mar Negro hacia su única base en el Mediterráneo muestra la vigencia de un viejo teatro de conflicto: la resistencia rusa al control occidental del mar que enlaza el sur de Europa, el norte de África y el ingreso a Eurasia.


Lo novedoso acá es que Rusia haya considerado necesario desplazar buques desde Murmansk cuando esa base tiene por fin el control y proyección de poder rusos en el Mar del Norte. El hecho de que buques de ese origen se destinen ahora al Mediterráneo evidencia la importancia que Rusia otorga no sólo a ese mar sino a su única base en ese escenario (Tartus). Ese desplazamiento potencia aún más la dimensión estratégica que Rusia atribuye a Siria como aliado al tiempo que muestra su renovada condición de proyectar poder a lo largo de la ruta que conecta el Mar del Norte con el Báltico y el estrecho de Gibraltar. El segundo pilar de la demostración de poder ruso se asienta en la activación de la base de Sebastopol. Ello es indicativo de varias realidades. Primero indica que Rusia desea expresar que no tiene inconvenientes en proyectar poder desde ese puerto ucraniano que alberga la flota del Mar Negro y que Ucrania complicó hasta hace poco con dilatadas negociaciones sobre un acuerdo establecido en la era soviética.


En segundo lugar, Rusia indica que los conflictos del Cáucaso, no plenamente superados, tendrán en el futuro que atender actividad naval en el mar Caspio frente a la que Estados como Azerbaiján y su vecino Georgia no tienen mucho qué hacer. En tercer lugar, la compleja realidad geopolítica del Mar Negro, ligada estrechamente al transporte de hidrocarburos vitales para la seguridad energética de Europa Central y del Este, tendrá que lidiar también con esta variable.


En cuarto lugar, el despliegue militar ruso de los estrechos turcos (el Bósforo y los Dardanelos) y del mar de Másmara innova, en el escenario de post-Guerra fría, la dimensión estratégica de los mismos como vínculo entre Europa y Asia.


En quinto lugar, Rusia muestra que una base menor como Tartus, cuya función es sólo la de aprovisionamiento de combustibles, tiene una dimensión mayor vinculada a la presencia rusa en la zona. El hecho de que la flotilla rusa lleve consigo un contingente de infantes de marina revela la intención rusa de ejercer también influencia en tierra a partir de Tartus. El pretexto esgrimido (recoger o proteger a ciudadanos rusos en Siria) es sólo la fachada de la intención rusa: ejercer un rol mayor en Siria. Para ello requiere una posición de fuerza en el sitio que la negociación desde Moscú no proporciona.


La consecuencia de estas lecciones muestra que la crisis Siria no se resolverá sólo mediante la diplomacia pura, ni vía la intermediación, ni mediante ortodoxas operaciones de establecimiento de la paz. Y también enseña que la OTAN encontrará una dificultad más en su propósito expansivo y de libre actividad extra-zona.


El caso del reforzamiento norteamericano de sus capacidades de control y vigilancia sobre el estrecho de Ormuz revela también varias lecciones.


Primero, muestra que la amenaza iraní de cerrar el estrecho por el que transita el 35% del petróleo que se transporta por vía marítima y el 20% del total global según la Agencia Internacional de Energía (1) es tan real como a principios de año y que esta disposición está ligada a su rebeldía frente al mandato del Consejo de Seguridad de la ONU que ordena prevenir la adquisición iraní de armamento nuclear.


Segundo, que Estados Unidos mantiene o incrementa la alerta sobe este escenario aún en momentos de vulnerabilidad económica y de refocalización de su estrategia de seguridad hacia el Pacífico.


Tercero, que a pesar de esa refocalización, Estados Unidos mantiene la prioridad estratégica del Medio Oriente a la luz de las consecuencias conflictivas que proyecta el cambio de orden en el Norte de África.


Cuarto, que la presencia norteamericana en Bahrein, albergue de la 5ª flota, parece estar lejos de ser sustancialmente afectada por eventuales recortes presupuestales que deberá afrontar el próximo gobierno norteamericano.


Quinto, que Estados Unidos sigue considerando como nefasta la fuerte influencia de Irán en Siria al punto de que quizás la crisis en ese país no puede resolverse sin una mayor coacción sobre Irán.


Con estas acciones Estados Unidos y Rusia confirman que en pleno siglo XXI, en el que predominan conflictos complejos con fuerte presencia de actores no estatales (en este caso, los rebeldes sirios), la geopolítica marítima está plenamente vigente en el escenario global. Ésta es igual de importante si, mediante algún entendimiento que no conocemos, Rusia y Estados Unidos decidan cooperar para poner fin a la tragedia siria.


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