• Alejandro Deustua

Si la Crisis Empeora las Soluciones No Deben Ser Sólo Coyunturales

El drama de la economía mundial se desarrolla con no escasa dimensión de humor negro. Según el FMI no es el precipicio lo que tenemos al frente, pero sí su borde. El escenario más optimista parece consistir en que el desbarrancamiento no es inminente sino procesal: el mundo ha ingresado a una nueva fase peligrosa de la crisis calificada esta vez por la interacción del debilitamiento de la perfomance general, la desconfianza de los mercados y el importante incremento de los riesgos según ese organismo multilateral (1).


Aunque centrada en la responsabilidad de Estados Unidos y de la eurozona (es decir, de Occidente), la salida implica la cooperación global tanto porque la diversificación del poder económico se ha incrementado (acelerándose quizás con la crisis) cuanto porque nadie quedará intacto si el rumbo al despeñadero se apura (aunque algunos, como los latinoamericanos, sólo se asomarán a él y hasta podrían salir mejor posicionados si no se tuviera al Asia al frente).


Por lo pronto, el camino abismal se ha acortado si los parámetros de la desaceleración global dicen algo al respecto. En efecto, el crecimiento global ha sido corregido hacia abajo a 4% este año y el próximo (cuando en el 2010 se creció a 5%) mientras los principales motores de la economía se siguen enfriando dramáticamente.


Según la última proyección del FMI esa corrección implica una mayor disminución de la perfomance norteamericana en alrededor de un punto porcentual para este año y el próximo (más del doble del promedio global) y de la zona del euro en medio punto porcentual (pero también por encima del promedio internacional). Así, mientras Estados Unidos no llegará al 2% en ambos años (1.5% y 1.8%) la eurozona estará más cerca del 1% (1.6% y 1.1%, respectivamente).


Con esas cifras, una pequeña brisa de desentendimiento colectivo adicional activada por las múltiples fuentes de vulnerabilidad (indisposición a cooperar, incremento de tendencias proteccionistas, un mayor desfase entre el estímulo norteamericano y el ajuste europeo) puede someter a las economías occidentales a una agravada década perdida. No deja de ser irónico que para denominar esa perspectiva el eslogan de la CEPAL de los años 80 de “ajuste con crecimiento” (que fuera, en su momento, denunciado por torpe e impráctico) sea justamente lo que el FMI propone hoy día.


En ese escenario el empuje de los países emergentes se concentra en Asia que aún desacelerándose no sacrifican aún, felizmente, tasas superiores al 8%. Pero ello es insuficiente para jalar la economía mientras que América Latina sirve menos de impulso que de factor estabilizador (con un crecimiento de 4.5% y 4% para este año y el próximo está por debajo de su capacidad de generar desarrollo efectivo).


A pesar de ello, las economías emergentes han adquirido una posición estratégica como nunca tuvieron. Pero ésta puede terminar siendo lo que no se desea (una ilusión sin fundamento) y consolidando desbalances adicionales (la creciente asimetría entre Asia y América Latina) si Asia no incrementa su demanda y promueve la inversión.


Estas potenciales consecuencias están a la vista. El deterioro del comercio global (que cae este año a 7% luego de registrar 10% el año pasado con una tendencia al mayor deterioro: 5.8% el 2012) es un indicador elocuente al respecto.


Si parece claro que éste debe ser reactivado mediante el incremento de la demanda global también es claro que, bajo los actuales términos la relación Sur-Sur esta deviniendo en un nuevo e indeseado escenario Norte-Sur.


Si de lo que se trata es mantener la cabeza por encima del agua, salir de la crisis es todo lo que importa. Pero si deseamos salir de ella mejor posicionados, América Latina debe incrementar los esfuerzos para no consolidar una emergente estructura económica que no le es favorable. Si la crisis es sistémica, quizás la solución también debiera serlo. Y ello implica variar el patrón de relación con el Asia.


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