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  • Alejandro Deustua

Rusia: Una Elección Precocida

19 de marzo de 2024



Putin acaba de asegurarse un quinto período presidencial que pudiera superar los seis años de ley. Este resultado deriva de un fuerte control interno y de un apoyo ciudadano condicionado por falta de alternativas viables y ansias  de estabilidad en tiempos de guerra. Y también prolonga veinte años de putinesco ejercicio presidencial (desde el 2000) o veinticuatro si se considera su rol de Primer Ministro durante el gobierno de Dimitri Medvedev.


A falta de monarquías absolutas tal hazaña sólo puede lograrse bajo dictaduras, gobiernos fuertemente autoritarios (término que emplea EIU) o “no libres” (Freedom House). Suprimidos los opositores de mayor renombre (Alexei Navalni hoy, Boris Nemtsov en 2015), las elecciones rusas debieron llevarse a cabo con adecuada supervisión (p.e. de la Organización para la Seguridad y Cooperación Europea -OSCE- a la que Rusia pertenece desde la reformulación, en 1990,  de la CSCE en la que la URSS participó desde 1973) y respetando las libertades políticas que aquélla promueve. Ello no ocurrió.


Los países europeos y Estados Unidos procedieron, en diferentes niveles, a la descalificación de la elección rusa mientras la presidencia del Consejo Europeo estimó que sin prensa libre, sociedad civil activa y sin independencia ciudadana la elección no puede ser legítima. Sin embargo, la Unión Europea no ha “condenado” la elección en los términos que lo han hecho más de medio centenar de países en la ONU -entre los que no está el Perú- en relación al proceso realizado en los territorios ucranianos ocupados.


Según la Comisión Electoral Central rusa, la participación electoral registró un récord  de 87.1 millones (77.44% sobre el total de votantes hábiles) y Putin se impuso con 87.28% de los votos efectivos (Moscow Times) superando, como se había planteado por anticipado, los logros de 2012 (63.6%) y 2018 (76.7%). Los “competidores” del Partido Comunista, Nuevo Pueblo y el ultranacionalismo no alcanzaron en ningún caso el 5%.


Si aquéllas extraordinarias mayorías preceden a la invasión de 2014 (Crimea) y a la de Ucrania (2022) no se puede afirmar que las aplastantes victorias de Putin se deban sólo a la represión reciente o a la cohesión nacional emergente en tiempos de guerra. Su explicación se  relaciona también con tres factores  adicionales.  


Primero, a la progresión autocrática de imposición del orden interno post-2000 con sacrificio de libertades; y a la cooptación de la oligarquía establecida por las jóvenes élites rusas (el Komsomol) que reemplazaron, de manera corrupta, a la burocracia del caduco Partido Comunista (luego refundado) para tomar control de sectores de la economía rusa.


Segundo, al proceso de reconstrucción de largo plazo de las capacidades e identidad histórica rusas iniciada por Putin luego del cuestionado gobierno de Yeltsin, tras afirmar que la destrucción de la URSS había sido la “peor catástrofe geopolítica del siglo XX” (2005).


Tercero, el creciente malestar ruso con la expansión económica y militar de Occidente sobre  Europa del Este (buscada también por esos países) hasta llegar a las fronteras rusas (Ucrania).


Las causas estructurales y circunstanciales de la elección rusa y de sus abrumadores resultados agregarán tensión, y quizás cambios, a la actual relación entre Rusia y Occidente.


Ese efecto se trasladará al escenario global. La más evidente y reciente seña de ello ha sido el entusiasta reconocimiento de los resultados de la elección rusa no sólo por socios rusos (China, Corea del Norte, Irán, Venezuela, Bolivia) sino también el que proviene, entre otros “no alineados”, de la India en contraste con Occidente.


En efecto, el Primer Ministro Modi no se ha limitado a saludar calurosamente la reelección de Putin. También ha reiterado su interés por consolidar, en el cercano futuro, una “asociación estratégica”. Ello ocurre luego de que, en junio pasado, Modi y el presidente Biden se comprometieran también a establecer una “asociación estratégica” basada en una vinculación democrática, de progreso y confianza mutua (India es el país democrático más grande del mundo y es miembro de un régimen de cooperación de seguridad con Estados Unidos y otros en el Pacífico).  


Si ello es indicativo del rumbo de los BRICS (aunque no hay reacciones conocidas de Brasil y Suráfrica) también lo es del Medio Oriente, donde Rusia influye, teniendo en cuenta que socios como Arabia Saudita, los países del Golfo, Egipto, Argelia, entre otros, también han felicitado entusiastamente a Putin.


En no poca medida, la elección rusa ha cumplido con agregar fragmentación a un sistema internacional en evolución.


Ello quizás influirá en la guerra de Ucrania. Especialmente, si Estados Unidos insiste en definir la guerra como un enfrentamiento entre democracias y autarquías. Tal definición idealista tiende no sólo a incrementar la confrontación entre países liberales y los que no lo son sino a agudizar su dimensión geopolítica.


En efecto, desde inicios de la post-Guerra Fría Estados Unidos desconoció las zonas de influencia de los estados al margen de su existencia de facto (el antecedente remoto es 1919). En ese marco Ucrania no es reconocida como zona de influencia rusa desprendida de apetencias coloniales (como el mar de Azov debiera serlo para Ucrania) ni como “zona de amortiguación”. Como ese desconocimiento no tiene asidero en la realidad geopolítica, el conflicto entre países liberales y no liberales agrega un elemento de combustión


Rusia ha intentado reducir esa fricción ideológica y cautelar su inserción global al reconocerse a sí misma como una democracia sui generis. El camuflaje de su semi-totalitarismo (Carnegie) ha sido resumido por algunos en el concepto de “democracia soberana” (usado también  como propaganda),  que contrasta con la democracia liberal. Así, los valores rusos, la idea de comunidad y la prevalencia del poder presidencial se sobreponen a los valores del liberalismo. Es en esa perspectiva que Rusia debiera ser reconocida, se dice, y la confrontación con las democracias occidentales debería amortiguarse por tanto.


En una época en que la realidad se “construye” (como la “post-verdad”, otro nombre para la mentira) o convive con realidad virtual (el engañoso mundo de la inteligencia artificial) el concepto de “democracia soberana” adquiere utilidad estratégica antes que las calidades del valor político. Y en consecuencia se ha empleado (como ocurre en Venezuela, en Nicaragua y en Bolivia). He allí otro desafío a la proyección universal de los valores liberales de Occidente.


Siendo el desafío electoral ruso (como el de la guerra de Ucrania) de largo plazo, los modos de entendimiento de la Guerra Fría quizás cobren nueva actualidad tanto como nuevos esquemas de balance de poder. Occidente deberá encontrar nuevas formas de enfrentar ese reto.

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