• Alejandro Deustua

Riesgos de la Ausencia de Cooperación Económica

Cuando los miembros del G -20 y de la APEC, que representan en total 80% del PBI mundial, instaron en Washington y Lima a una ambiciosa culminación de la Ronda Doha, nadie esperaba que esas negociaciones comerciales culminaran este diciembre liberalizando aún más el comercio mundial.


Los suscriptores de ese compromiso, en cambio, sí tenían en mente atenuar el clima de incertidumbre global, asegurarse de que las reglas del comercio mundial no involucionaran y evitar el proteccionismo teniendo como referencia el que propulsó, en gran medida, la Gran Depresión de los años 30 del siglo pasado.


Esa señal se ha debilitado ahora que, según Reuters, los participantes de la Ronda no han logrado ponerse de acuerdo para convocar a una reunión de nivel ministerial antes que termine el año. En términos técnicos ello implica que la Ronda sólo dejará de tratar el capítulo de modalidades (la aspiración minimalista del fracaso de la reunión anterior).

En términos políticos, sin embargo, ello implica algo bastante menos prudente que esperar a que la nueva administración norteamericana asuma el 20 de enero próximo: si bajo condiciones de contracción del comercio en el 2009 (la proyección del Banco Mundial es negativa en 2 puntos) el ánimo aperturista ha decaído globalmente, el tránsito del statu quo razonable al proteccionismo efectivo puede estar golpeando la puerta de la comunidad internacional. Especialmente si la Ronda colapsa definitivamente.


La tentación proteccionista se incrementará si se profundiza y amplía la crisis (algo que ya ocurre en tanto los países desarrollados esperan impactos mayores y los países en desarrollo ya no sienten que su vulnerabilidad sea menor) y se generalizan los programas nacionales o semiregionales de rescate.


En efecto, la Unión Europea acaba de oficializar, a pesar de ciertas disidencias (como la alemana), un plan de US$ 254 mil millones, Japón ha agregado US$ 130 mil millones para el sector bancario a los US$ 295 mil millones comprometidos previamente (Reuters), China tendrá que hacer algo más que sacar de partidas existentes los US$ 586 mil millones de estímulo anunciados mientras que Estados Unidos espera que, apenas asuma el señor Obama, los millones de empleos que se desea generar sean respaldados por mucho más que los US$ 700 mil millones ya comprometidos.


Todo esto al margen de los miles de millones de liquidez ya inyectada en las economías mayores y menores y de esfuerzos como el peruano (US$ 3 mil millones en una primera instancia) o el más reciente plan brasileño (exoneraciones tributarias por US$ 3500-US$ 3900 millones para el próximo año).


Cada uno de estos esfuerzos es nacional (el europeo tiene un componente minoritario proveniente de la Comisión), aunque se cobijan en los presupuestos del G-20 (hacer todo lo necesario para estimular las economías con el objetivo de restituir el crecimiento bajo condiciones de libre mercado).


El problema que presentan estos esfuerzos necesarios no es sólo la inadecuada implementación interna sino la escasa coordinación internacional. Ello puede concluir en complicaciones económicas concretas (en el caso monetario, que es por naturaleza el de más rápido impacto, se pueden generar mayores desequilibrios de tipo de cambio en el corto plazo, entre otras consecuencias) pero también políticos: las señas de escasa cooperación internacional luego de su compromiso puede devaluar las expectativas del espíritu colectivo en torno a la superación de la crisis. Ello, a su vez, puede derivar en fricción incremental.

Ese síntoma ya se hizo presente en Doha. Para que no prolifere resulta indispensable que los Estados que toman acciones, las instituciones responsables en el ámbito externo (además del G-20, el FMI o el Foro de Estabilización Financiera que deben reportar sobre lo actuado en marzo del 2009, mejorar su representatividad y promover mayor activismo a partir de esa fecha) y los gobiernos que comparten principios económicos, procuren evitar la siembra de una crisis futura generada por mayores desbalances y la realización de la fricción potencial.


De lo contrario el espíritu y la orientación colectivos del G-20 y de la APEC puede ceder a las crecientes tendencias fragmentadoras que impulsa la crisis. Las consecuencias políticas de ello ciertamente no serían insignificantes.



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