• Alejandro Deustua

Requerimientos Reguladores Generados por una Desregulación Anárquica

Entre los menos sofisticados "productos derivados" del sistema financiero se encuentran los "papeles basura". Como su nombre indica, estos papeles están constituidos por aquellos valores degradados (p.e. deudas) de activos superiores cuyo mayor riesgo es inversamente proporcional a su precio. Dentro de esa categoría quizás pueda clasificarse a las hipotecas "subprime" y a su "securitización" estimulada por la incremental desregulación de los mercados y por la abundante liquidez de los mismos. De ellos se han beneficiado los consumidores (es decir, los compradores de bienes raíces norteamericanos) y los agentes financieros que han sobrecargado irresponsablemente el mercado con esos valores sin mayor respaldo económico ni garantías suficientes. La emergencia que hoy causa esa práctica era sin embargo bien conocida desde hace un tiempo. En efecto, la buena perfomance de la economía norteamericana estimulada por tasas de interés extremadamente bajas hasta que la presión inflacionaria obligó a su incremento y el extraordinario dinamismo de los mercados hipotecarios formaron una "burbuja" identificada como un riesgo para las economía norteamericana y global por lo menos desde hace año y medio. Sin embargo, el mercado siguió aceptando estos papeles mientras que el consumidor de la primera potencia, que ahorraba muy poco, incrementaba la demanda y, por tanto, las importaciones de cuya provisión dependían grandes economías exportadoras. Todos nos beneficiamos de la anomalía subyacente al tiempo que dábamos cuenta de otros desequilibrios globales (p.e. los déficits norteamericanos y los superávits asiáticos o los altos precios del petróleo, entre otros).


En efecto, ese fenómeno, que articula la economía financiera y una de sus características universales (la especulación) con la economía real, fue considerado como uno de los factores desequilibrantes de la economía global por analistas, instituciones financieras y organismos multilaterales en documentos abiertos. A pesar de las advertencias, sin embargo, casi nada se hizo para atajar el problema hasta que la burbuja reventó con la quiebra de agentes hipotecarios mayores y la creciente incapacidad de pago de los "beneficiados".


El monto de esos pasivos llegó a 15% del mercado hipotecario en el 2006 según el FMI (las hipotecas subprime de ese año alcanzaron un valor de US$ 600 mil millones). Hoy el problema ha contagiado ya al mercado crediticio, generado altísima volatilidad financiera y amenazando con aumentar el ritmo de la desaceleración norteamericana mientras se erosiona la confianza de sus vitales consumidores. A pesar de los buenos fundamentos de la economía global -y de una buena mayoría de las economías de países en desarrollo- y del incremento de la oferta monetaria en Estados Unidos y la Unión Europea, la volatilidad financiera global no ha cesado.


Mientras la FED y el Banco Central Europeo deciden qué hacer al respecto con las tasas de interés (el dilema entre bajarlos y mantener la inflación a raya, he ahí la cuestión), el FMI sugiere distribuir el costo entre los inversionistas antes que entre los consumidores, mantener la securitización, regular mejor los mercados hipotecarios y no "rescatar" a los "causantes del problema".


El problema es que el FMI no desea distinguir entre las necesidades de los "causantes del problema" y los requerimientos de mantener el ciclo expansivo de la economía mundial hasta que ésta complete su curso "natural" (el "aterrizaje suave"). Mientras tanto el Fondo -y no pocos analistas- confían en que los motores alternativos del crecimiento (China, India) cumplan con su rol en un escenario de dinamismo económico mejor distribuido.


Ello no parece suficiente para los países en desarrollo y, en consecuencia, tampoco para sus inversionistas. Si los bancos centrales ejercen el rol de custodios de la estabilidad económica, la responsabilidad de esos bancos en las potencias mayores es también superior. Especialmente cuando éstos se definen como "prestamistas de última instancia". Y si la responsabilidad de FMI no se aleja demasiado de esos parámetros, su obligación es la de hacer todos los esfuerzos por mantener la estabilidad global en el marco del crecimiento y no confundir el remedio con el premio indebido a los "causantes del problema". Al respecto, una disminución mesurada y oportuna en las economías mayores de las tasas de interés avaladas multilateralmente sería un buen ejemplo de responsabilidad Y si ésta es la obligación de corto plazo de bancos centrales y del Fondo, la de largo plazo es la de asegurar la buena marcha de los mercados (especialmente de los relativamente nuevos, como los de "derivados") mediante la corrección de los desequilibrios globales y una adecuada regulación de los mercados financieros. Esa regulación es hoy claramente insuficiente. Y tampoco ha cubierto los espacios de riesgo abiertos por la explosión de la desregulación global de las últimas dos décadas del siglo pasado.


Mientras aquellas responsabilidades son satisfechas, la participación de las economías de potencias emergentes en el gobierno de los mercados financieros globales debe incrementarse. Para cumplir con esa obligación no basta el ofrecimiento político del futuro liderazgo del FMI a los países en desarrollo a cambio de otra contrapartida del mismo género (en este caso, la aceptación del candidato europeo al más alto cargo de esa institución). Los cambios reguladores deben empezar ahora mismo con la cooperación de todos de acuerdo a la responsabilidad de cada uno.



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