• Alejandro Deustua

Polarización Brasileña

Bajos condiciones de extrema polaridad este 28 de octubre los ciudadanos brasileños deberán optar entre el orden y la justicia al elegir a su nuevo presidente. Obviamente, ésta es una sobre-simplificación del escenario político del vecino y de las alternativas que se le ofrecen.


Y lo es no sólo porque la sociedad brasileña es mucho más compleja que esa dualidad sino porque el orden que propone el candidato Bolsonaro puede no ser el del Estado de Derecho y la justicia que dice representar el candidato del PT está embebida de corrupción.


En consecuencia, si a fin de mes Brasil recurrirá a un instrumento democrático para elegir a su más alta autoridad quizás la democracia no emerja plenamente triunfadora de esa justa electoral.


Al respecto, no es un consuelo constatar que tal realidad es consistente con las tendencias de fragmentación política y emergencia de alternativas excéntricas, generalmente definidas como como neo-fascistas o populistas, que hoy debilitan a la democracia en el mundo y a Occidente como su principal escenario.


Como tampoco es tranquilizador el hecho de que el probable triunfador (Bolsonaro) sostenga que no atenuará la sustancia autoritaria de su plan de recuperación del orden (que es presentado como una lucha por la supervivencia). Y que reitere que su plan económico (equilibrio fiscal, reforma tributaria y previsional, privatizaciones para atenuar el peso de la deuda y mayor impulso comercial) abreva de la escuela de Chicago. Un cierto pinochetismo emana de esa posición.


Sin embargo, esta opción parece menos mala para muchos frente a la evidencia más cercana de la extraordinaria corrupción que, durante 14 años, montó el gobierno de Lula y el PT enterrando cualquier virtud redistributiva al tiempo que se destrozaba el consenso liberal en la región.


A ello se dedicó el PT, desde Planalto, con armas tan ponzoñosas como la aniquilación de la zona de libre comercio hemisférica, el patrocinio regional del chavismo y el abrazo compadrito que paralizó al Mercosur.


Ese desequilibrio podría incrementarse hoy si la vocación militarista de Bolsonaro se la emprende con el antimilitarismo de López Obrador en México; si entusiasma, por oposición, a la militancia peronista complicando más a Macri; si se excede en la posición de fortaleza que se requiere para confrontar a Maduro; y, especialmente, si se extrema el símil trumpiano: “primero Brasil”.


Tal desequilibrio se agudizaría si el anunciado soporte a las democracias en la región es contrarrestado por un realineamiento con gobiernos occidentales intolerantes fuera de ella.


Al respecto debería poder esperarse que Itamaraty (que no es una entidad sin influencia partidaria) sirva de contrapeso a la filiación de Bolsonaro con los elementos más conservadores de la Fuerza Armada.


Pero para lograr que la integración efectiva y un sensato equilibrio regionalbalanceen el nacionalismo manifiesto en la “contra-reforma bolsonarista” se requerirá de un fuerte activismo vecinal. Y la guardia alta para evitar más anarquía.


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